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NACIONALES
La crisis del campo analizada a fondoLa actualidad política desde la óptica de los expertos
Tras una semana agitada en el panorama político y social de la Argentina, los analistas de los principales medios porteños realizan un balance de todo lo ocurrido, tomando como punto referencial una crisis del campo que lejos de solucionarse, se agudiza.
Un ciclo de la política parece haber terminado
Por Joaquín Morales Solá para La Nación Nunca se derrochó tanto capital político en tan poco tiempo. Nunca, al menos, de manera tan innecesaria. Están sucediendo días que pudieron evitarse. Fueron una pérdida irremediable de tiempo las 48 horas que pasaron entre el martes y el jueves, entre el discurso de la soberbia y el de la convocatoria al diálogo con los productores sublevados. La misma etapa que incluyó el feudo violento y el reino mediático de Luis D´Elía, que abrió la hemorragia política más grave que tuvo en su historia, tanto dentro como fuera del país, el gobierno de los Kirchner. El problema es que las rectificaciones a veces sirven y otras veces son tardías. Sin una sola propuesta novedosa y abarcativa de parte del Gobierno, los sectores agropecuarios decidieron ayer volver al paro. El levantamiento de la medida duró menos de 24 horas. Los dirigentes del sector están mordidos por una tenaza: el Gobierno no les da nada que sirva y los productores los empujan a la protesta. La sociedad argentina podría sufrir en pocos días más las consecuencias del desabastecimiento de productos indispensables para vivir. Trabajadores de pequeñas y medianas empresas vinculadas con la agroindustria comenzarían a ser suspendidos desde mañana mismo. Quedaron como profetas solitarios y extraviados los dirigentes que habían propuesto un levantamiento de todas las decisiones, las del Gobierno y las de los ruralistas, mientras se negociara. La negociación se cayó ayer de hecho, pero los dirigentes agropecuarios preferían guardar la esperanza de que siguiera algún diálogo, aunque fuera bajo la mesa y lejos de los periodistas. Un período de la política argentina ha terminado. ¿Qué es lo que ha terminado? Una etapa marcada por el predominio casi excluyente de una persona en la conducción de la República, una contradicción institucional en sí misma. Un espacio de tiempo en el que el diálogo estuvo vedado y, más aún, prohibido desde el único vértice donde se manda. Un período notable también por el extendido temor entre vastos exponentes de la dirigencia política y social. Misiones fue, en otros tiempos, la advertencia de la falibilidad electoral. La revuelta campesina y urbana de los últimos días fue, en cambio, el aviso de que la voluntad social le ha puesto límites definitivos al poder. Cristina Kirchner no podrá, en síntesis, gobernar como gobernó su esposo. Hubo sólo pequeños bosquejos de que el Gobierno aceptó la irrupción de esos cambios. Imperceptibles bocetos. Tampoco los dinosaurios se notificaron del día en que cambió el ecosistema que los condenó a la extinción. D´Elía sigue con su diatriba de odio social ante todos los micrófonos. La experiencia negociadora del viernes entre el Gobierno y las entidades rurales fracasó porque los funcionarios sólo aceptaban hacerles algunos retoques a decisiones que consideran inamovibles. Todos dieron vueltas en una noria estática y estéril. En la extenuante noche del viernes, los dirigentes agropecuarios les insistieron a los funcionarios que ellos no tienen márgenes para levantar definitivamente el paro si el Gobierno no cambiaba sus resoluciones. Esas resoluciones se refieren a las retenciones móviles a las exportaciones de soja. La insistencia agropecuaria sólo logró que en un momento los funcionarios pidieran un cuarto intermedio para debatir a solas entre ellos; hicieron también consultas telefónicas con la residencia de Olivos. Volvieron luego con la respuesta: no , no habría cambios a las retenciones móviles, consideradas por los ruralistas como un virtual sistema de precios máximos. ¿Era la expresión de un gobierno convencido de sus aciertos o era la necesidad política de torcerles el brazo a los dirigentes del campo, de mostrar una victoria cuando había sucedido un serio traspié del oficialismo? Los funcionarios intentaron dividir a las organizaciones prometiendo hacer diferencias entre grandes y pequeños productores. Entonces el rotundo no vino de los ruralistas. La continuidad del paro estaba ya a la vuelta de la esquina y la esquina apareció ayer. Si fue difícil convencer a los productores de que debían suspender brevemente la huelga para negociar, mucho más difícil será sacarlos de las rutas a cambio de nada. Una cosa es el paro y otra son los bloqueos de las rutas. Esta situación puede ser explicada, pero de ninguna manera se puede justificar. Muchos dirigentes agropecuarios están, directamente, rebasados. Ellos mismos lo aceptan. Una objeción más profunda debió existir en la sociedad, además, para que vastos sectores de ella terminaran apoyando la protesta de los productores. No les cambió la opinión la probable intuición de que el paro provocará, más pronto que tarde, serios desabastecimientos de productos básicos. El problema de Cristina Kirchner no es su condición de mujer, sino las modificaciones objetivas y sustanciales que se registraron en el país, en la sociedad que le toca gobernar y en el propio mundo del que la Argentina forma parte. Los métodos de Néstor Kirchner eran posibles con una sociedad satisfecha y con una economía ciertamente generosa y estable. Ya no existe ni lo uno ni lo otro en los términos que se conocieron, al menos. Los métodos. Una parte importante de la bronca de los sectores agropecuarios se funda en los métodos de Guillermo Moreno, porque el secretario de Comercio los ofendió cada vez que los tuvo cerca. El viernes, Moreno no cejaba: recorrió los supermercados a los gritos ordenando bajar los precios. Será difícil para el Gobierno justificar en adelante la presencia de Moreno y de su estilo. Después de lo que sucedió en los días recientes, y de lo que está sucediendo ahora, correrá el riesgo de crear graves y permanentes conflictos con esos modos de gobernar. Un límite ha sido traspuesto. D´Elía es como Moreno, pero más tosco, más expuesto y más peligroso. Funcionarios nacionales se ocuparon de distanciarse de él en conversaciones reservadas. Pero, ¿cómo diferenciar al Gobierno de D´Elía si éste terminó convertido en el responsable del orden público con palabras y actos de insoportable agresión? ¿Cómo, cuando fue el primero en entrar al palco de los influyentes privilegiados en el acto de la Presidenta, el jueves? ¿Podría ser casual, acaso, que la Policía Federal haya desaparecido de la Plaza de Mayo en los momentos en que D´Elía entraba? D´Elía significó también un abundante derrame de prestigio para el gobierno de Cristina Kirchner en el exterior. Ejemplos: los diarios españoles El País y ABC hicieron durísimas crónicas de su condición de jefe de una salvaje fuerza de choque del Gobierno. La cadena internacional de televisión CNN describió desde su sede central, en Atlanta, el discurso de D´Elía como el más peligroso que se haya escuchado en los últimos años . Los medios del exterior mostraron también las peores imágenes del ex funcionario de Kirchner y estrecho aliado actual del Gobierno. El mundo de las comunicaciones es imparable e incontrolable ahora. Ese es un cambio sustancial entre la Santa Cruz del gobernador Kirchner, donde también se recurría a estos métodos, y el actual gobierno nacional que conduce el matrimonio presidencial. El ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, le debe una explicación a la sociedad por la ausencia de la fuerzas de seguridad. Se debe una explicación a sí mismo. Fue el mismo ministro que hizo una profesión de fe pública en la libertad de tránsito cuando los productores cortaron las rutas. Bien dicho. Pero ese acertado concepto se convirtió en una sátira en boca de un Gobierno que permitió corte de calles y de rutas durante cinco años interminables. D´Elía, Moreno, piqueteros a favor y en contra del Gobierno, violencia y sangre en las calles, palabras de rencor social que no se escucharon ni durante las tempestades de fines de 2001. El Gobierno decidió, consciente o inconsciente, romper lazos, quizá definitivos, con los sectores medios urbanos. Ya los había roto con los sectores rurales que lo votaron o se ilusionaron con el gobierno de Cristina Kirchner. Los propios dirigentes del sector rural, muchos de los cuales seguramente no votaron a la Presidenta, se manifestaban sorprendidos ayer por el grado de agitación de los productores que sí habían creído en el nuevo gobierno de los Kirchner. Los funcionarios se preocupaban el viernes por conversar con los ruralistas sobre un plan para el campo, mientras mantenían, intransigentes, las decisiones sobre las retenciones. Aquel plan integral debió ser el principio de todo, pero prefirieron dar un fuerte golpe primero y negociar después. Es el eterno método de Kirchner. Es el método que, con avances y retrocesos, y también con contradicciones, ha llegado a su fin. Diálogo, pero sin negociación Por Cristian Mira de la Redacción de La Nación “Se les acabó la cuenta corriente.” Así, directo, Ulises Forte, uno de los dirigentes más combativos de Federación Agraria, se plantó ante el jefe de Gabinete, Alberto Fernández; el ministro de Economía, Martín Lousteau, y el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno. El dirigente, un fornido productor de La Pampa que ya se había enfrentado con Moreno, resumió así el sentimiento de miles de productores agropecuarios que volvieron ayer a las rutas para expresar su rechazo al cansancio de las promesas oficiales incumplidas. Es que el Gobierno no aceptó moverse de lo que constituye hoy el núcleo duro del conflicto: las retenciones móviles y crecientes sobre la soja, el maíz, el trigo y el girasol. Los ruralistas les propusieron a los funcionarios una fórmula de transición para que el Gobierno no aparezca cediendo en el conflicto. "Se mantienen sin aplicación las retenciones móviles", les dijeron a Fernández, Lousteau (que habló poco en la reunión), Moreno y el secretario de Agricultura, Javier de Urquiza. Fernández fue a consultar a la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner. El jefe de Gabinete regresó y les dijo que con las retenciones móviles no habría cambios. A partir de allí, los dirigentes rurales se dieron cuenta de que iban a volver a las concentraciones en las rutas con las manos vacías. Había diálogo, pero no negociación. El resto de los temas que el Gobierno quería poner sobre la mesa formaba parte de una larga lista de conversaciones anteriores que nunca habían tenido un final o de las promesas incumplidas. La apertura del mercado de trigo, que Fernández prometió anteanoche, ya había sido anunciada hace un mes. Y la creación de una secretaría de Desarrollo Rural para los pequeños productores era una vieja idea propuesta hace tres años. Ni siquiera se llegó a discutir sobre el levantamiento de las restricciones al comercio de carnes y lácteos. No es que los dirigentes rurales no hayan hablado con el Gobierno en estos cuatro años y medio de administración Kirchner. De hecho, muchas veces algunas entidades estuvieron más cerca o más lejos de los despachos oficiales según los temas tratados. Hasta antes del 11 de marzo, la Sociedad Rural Argentina tenía una postura más dialoguista que el resto. Se había recompuesto la relación con el Gobierno luego de las fuertes críticas que había formulado su presidente, Luciano Miguens, en el acto inaugural de la Exposición Rural en julio pasado. La Federación Agraria, que fue la única en apoyar a Néstor Kirchner en la campaña presidencial de 2003, nunca tuvo eco a sus propuestas. Recién el jueves, cuando la Presidenta reinvindicó el Grito de Alcorta, la gesta de los arrendatarios contra los terratenientes en 1912, se sintieron reconocidos. El discurso oficial los desconcierta. El Gobierno dice que quiere alentar políticas para los pequeños productores, pero en la prolongada discusión del viernes a la noche ni siquiera se sabía qué era un pequeño productor. Ahora, los ruralistas se están esforzando por mantenerse unidos. Crearon una comisión de enlace para que las decisiones sean conjuntas. Aunque ha surgido un nuevo protagonista en la escena: los autoconvocados. Son los miles de productores que se organizan en la vera de las rutas para expresar su descontento con la política oficial. En esas concentraciones las decisiones se toman de forma horizontal, aunque tienen vasos comunicantes con las decisiones que toman las cuatro entidades madre. Ayer apareció la primera diferencia importante entre las asambleas y las entidades de cúpula. En la provincia de Buenos Aires se decidió que si hoy no hay una respuesta favorable al reclamo de tratar la cuestión de las retenciones y políticas para la carne, la leche y las economías regionales, entre otros puntos, el corte de rutas será total a partir de mañana. "Sólo se dejará pasar a las ambulancias", dijeron. Los ruralistas están desaconsejando esa metodología porque saben que corren el riesgo de perder uno de los principales sostenes de la protesta: la adhesión de los habitantes de la ciudad. Si además de los faltantes de alimentos hay desabastecimiento, temen que la gente común se les vuelva en contra. Si el conflicto se prolonga, apuestan a que el paro tenga un efecto económico directo sobre el comercio de granos. Si no sale un sólo barco cargado con soja, los dólares del principal producto de exportación del país no entran. Y el tipo de cambio alto "competitivo" que el Gobierno enarbola como bandera, entrará en crisis. Esperan que ese escenario extremo no llegue a cumplirse y que antes se abra una verdadera negociación. ¿Otra oportunidad perdida? Por Ricardo Kirschbaum para Clarín Si en el 2001, el cacerolazo fue urbano y de la clase media despojada por el corralito, en 2008 el cacerolazo fue del campo. Ese tránsito, dramático, de siete años obliga a preguntarnos con inquietud: si ocurre en la abundancia ¿qué pasará cuando lleguen, si llegan, los tiempos de estrechez económica? Todavía se puede evitar perder una nueva oportunidad. Una oportunidad de ser, finalmente, un país normal como el que se prometía en 2003. Un país que haya aprendido de sus propios errores. Un país que deje de atrasar y de morderse la cola con una tenacidad y una necedad sorprendentes. Ya no importa la anécdota, aunque sea relevante. Lo verdaderamente trascendente es que sigue la crisis de representatividad y que el estilo de conducción está cuestionado. De la crisis de representatividad hay tantos ejemplos cotidianos que es una redundancia decir que la mediación política e institucional prácticamente no existe. Ni las organizaciones rurales, en este caso, ni los estamentos del sistema político, están teniendo la capacidad ni la inteligencia ni la generosidad para resolver el más grave conflicto desde 2003. Unos, porque han sido desbordados por sus bases y porque el protagonismo en los cortes, más la notoriedad mediática que hoy fabrica un líder y mañana lo sepulta, han desnudado una situación que ni el más febril agitador revolucionario podía imaginar en la Argentina: las bases del campo, alzadas, intransigentes y sin conducción. En ese grueso caldo, se cocinan otros ingredientes típicos de la inestabilidad argentina: intenciones políticas, querellas ideológicas, y de cualquier tipo. Allí, también, se montan conspiraciones. Muchas tragedias se cocinaron con la misma receta. Y los que fracasaron apenas ayer, se sienten hoy autorizados a tomar las mismas cacerolas que los echaron a ellos, en una puerta giratoria fatal ya no para la política, sino para toda la sociedad. Los chacareros se sienten despojados por una política agraria que ha sido equivocada. Cristina sostiene que quiere redistribuir el ingreso y que eso no es indoloro. Debería mostrar resultados pronto para que esto no sea presentado como voracidad fiscal. El Gobierno debe escuchar, debe saber escuchar. Y admitir que hay disidentes y sectores que no están —y no estarán nunca— de acuerdo con la política oficial. Así es la democracia. Si se denuncia las provocaciones, también tiene que evitar las propias, como las patotas. El vaciamiento de los estratos intermedios —el Congreso, salvo una forzada declaración, ha estado ausente— ha convertido este conflicto en una puja entre ruralistas sin conducción y la Presidenta. Un disparate político.¿Por qué ocurre esto? Sería bueno revisar el estilo de gobierno hiperconcentrado y sin debate alguno. ¿No hay otra idea que no sea la de confrontar? Una negociación es excelente cuando las partes sienten que han ganado algo y que han cedido una parte para que el otro se sienta satisfecho. Ese es el mejor resultado. Una negociación, en democracia, no juega con las instituciones. Las respeta desde el poder y desde el llano. Debería saberlo el campo y también el Gobierno. Hay una oportunidad, todavía. Sería lamentable volver a perderla. Un conflicto agravado y sin norte Por Eduardo van der Kooy para Clarín La desconfianza entre el Gobierno y los dirigentes rurales echó por tierra el diálogo al que había llamado Cristina. El fracaso abre una enorme incertidumbre política. Kirchner comanda un operativo para un acto en Plaza de Mayo de respaldo a la Presidenta. Gobernadores del PJ están incómodos. El horizonte de un acuerdo de nuevo se alejó. El Gobierno de Cristina Fernández y la dirigencia rural parecen metidos en una pelea a matar o morir, mientras una sociedad observa angustiada un destino que no tiene ningún norte. Resulta difícil de entender que esta crisis suceda cuando la economía argentina ofrece para todos, quizá, una oportunidad excepcional. La invocación al diálogo que hizo Cristina, acertada pero tardía, no alcanzó a tener siquiera el efecto de un sedante. Nunca el diálogo puede ser el problema: ocurre que entre el poder y el campo se abrió un abismo de desconfianza y de recelos. Quedó en evidencia en la primera rueda de negociación que desembocó al final en la continuidad del paro. Los dirigentes rurales fueron porque no podían desairar el llamado de la Presidenta. Pero fueron convencidos de que el Gobierno sólo buscaba ganar tiempo y desarticular los bloqueos en las rutas. Un gesto oficial alimentó esa duda: ¿Por qué, en una situación de emergencia, se resolvió cortar las conversaciones el fin de semana? Los ruralistas fueron a pedir, sin rodeos, la eliminación de las retenciones móviles que azuzó este conflicto. Los negociadores del Gobierno, que encabezó Alberto Fernández, el jefe de Gabinete, pero que mechó también, entre otros, Guillermo Moreno, el secretario de Comercio, esperaron sabiendo que lo único que no estaban dispuestos a conceder era justamente ese reclamo. "Si dábamos marcha atrás en la primera reunión, el país se hubiera reído de nuestra debilidad", dijo uno de los ministros. El Gobierno ofertó medidas compensatorias para pequeños y medianos productores, pero el paliativo no sirvió. Hay una razón: esas compensaciones, por razones burocráticas, muchas veces se demoran o nunca llegan a los productores. Hay otra razón: el nudo del conflicto es, para la dirigencia rural que negoció, el plan de retenciones. Los ruralistas, para rastrear alguna salida, pidieron al Gobierno una suspensión de ese plan por 90 días. ¿Por qué ese plazo? Para permitir una discusión que envuelva a todos los temas que preocupan al campo. El Gobierno sospecha, en cambio, que obedece a que ahora mismo se está por liquidar la renta de la última cosecha El Estado quiere meter mano en esa renta. El campo lo vive como una verdadera confiscación. La angustia para unos y para otros —en realidad para el país— será a partir de mañana. De nuevo se sentirán los bloqueos, la posibilidad de choques y violencia. Los síntomas de desabastecimiento irán en aumento, hay actividades industriales que comenzarían a cesar por falta de insumos, llegaría la suspensión de los trabajadores. Tres alimenticias de Entro Rios ya lo anunciaron ayer. El Gobierno alista, como toda respuesta, su artillería. Más que el Gobierno, el kirchnerismo. Hugo Moyano y el piquetero Luis D`Elia están a la cabeza de la organización de un acto para el martes en Plaza de Mayo en apoyo a Cristina. Néstor Kirchner estuvo en las últimas horas convocando a intendentes bonaerenses y gobernadores. Pero muchos gobernadores están atrapados en sus provincias por las consecuencias del pleito. Al menos una intendencia de Santa Fe y otra de Buenos Aires fueron apedreadas por campesinos rebeldes. El conflicto será una trampa para el Gobierno y para el campo si lo único que prevalece en estas horas es el ardor. Aquel conflicto, según se lo desmenuce, podría dejar múltiples lecciones políticas. Para el Gobierno, en especial, pero además para la dirigencia social y los emergentes de la oposición. Cristina se quejó por la virulencia del paro agrario cuando recién acaba de pasar la barrera de los cien días en el poder. Vale su queja, pero entendería quizá de modo cabal la dimensión de lo ocurrido si hiciera una mirada introspectiva: la sociedad, en general, no percibe a su administración como una novedad sino como una continuidad, casi sin matices, de la de su antecesor. Ella misma, con un papel discreto e inteligente, estuvo los cuatro años últimos en la cocina del poder. El conflicto con el campo no escaló, entonces, como sostuvo en Parque Norte, por su condición de mujer. Cristina cosechó en octubre cientos de miles de votos en zonas rurales de provincias que la resistieron. Sirven como ejemplo los casos de Córdoba, donde perdió, y de Santa Fe, donde ganó por casi nada, justamente con los votos del interior. El conflicto se fue incubando durante el gobierno de Kirchner que no tuvo, más allá de la percepción fiscalista, un plan estratégico y diferenciador para el agro. De otro modo resultaría difícil explicar algunas situaciones que se vieron. Si la rebelión del campo fue detonada sólo por el plan de retenciones móviles que impactó en la soja y el girasol, ¿cómo se entendería el respaldo masivo a la medida de los tamberos o de los productores de carne? En esos sectores se hicieron estragos en los últimos años. Esos sectores tienen una enorme influencia en el consumo interno —que no posee la soja— e inciden sobre la inflación. Esas políticas fueron manejadas, en especial desde el despido de Roberto Lavagna, por Moreno. En el peronismo se descubrieron corcoveos cuando debió poner la cara para respaldar el plan de acción oficial hacia el campo. Esos corcoveos fueron patentes en el Senado. Hubo senadores que votaron a regañadientes el apoyo al plan y que lo criticaron con severidad en privado. Hubo senadores que prefirieron ausentarse o que se retiraron del recinto, como los de Santa Fe, Salta y Chaco. Hubo gobernadores que se vieron en figurillas, como Jorge Capitanich, del Chaco, y Juan Schiaretti, de Córdoba, para quedar bien con Dios y con el diablo. Pero hubo también algo que, en la instancia cumbre, los volvió incondicionales a Cristina y a Kirchner: no fue la queja del campo sino el repiqueteo de caceloras en algunas grandes ciudades. Ante el riesgo, el peronismo se abroquela. Cristina brindó el jueves a la noche una señal nueva, inédita en la era kirchnerista. La señal fue moderada pero pareció agigantarse, en su valor político, frente a la tierra yerma que la precedió. Convocar al diálogo, referir a la humildad, hablar de puertas abiertas de la Casa Rosada, deberían ser tópicos comunes en democracia. Pero no lo son hoy en la Argentina. El interrogante es descubrir si aquel giro de Cristina fue movido sólo por el conflicto con el campo o si empezó a permear la idea de que los tiempos han cambiado. La primera conjetura auguraría problemas futuros. Problemas que se sumarían a otros existentes ligados a la resolución de cuestiones económicas pendientes y echarían dudas sobre el proyecto político que está pergeñando Kirchner. Ese proyecto requiere de un año sereno y positivo para la gestión de Cristina. Si esas condiciones no se dan, le resultará difícil al ex presidente contener al peronismo y matizarlo con otras expresiones partidarias. Será un enigma entonces el poder y el sistema de que dispondrá el kirchnerismo para enfrentar las cruciales elecciones parlamentarias del 2009. La segunda posibilidad ayudaría tal vez a despejar, en gran medida, esas dudas. Y le abriría al matrimonio presidencial horizontes políticos impensados. Cristina y Kirchner rezongan por la hostilidad de algunas capas sociales de las grandes urbes. Se conformaron con calcular que las cacerolas sonaron noches pasadas casi en los mismos lugares donde la votación les resultó adversa en octubre. Es cierto que algunas de aquellas capas nunca comulgarán con ellos por motivos políticos o ideológicos. Pero hay infinidad de ciudadanos que se acercan o se alejan de un Gobierno por cuestiones más sencillas y cotidianas. ¿Qué hizo el kirchnerismo para seducirlos estos años? ¿Qué estrategia planeó, amén del afán de mejorarles el bolsillo? Si alguna estrategia había en ciernes, acaba de incinerarla dándole a D`Elia el protagonismo que le dio. Lanzó al ex piquetero y funcionario a la calle para perseguir y silenciar la disidencia. Luego lo sentó a las espaldas de Cristina, en Parque Norte, mientras la Presidenta invocaba al diálogo, a la convivencia y al orden institucional. Tanta contradicción es indigerible para muchos argentinos. Esas imágenes y las de las rutas bloqueadas por los campesinos recorrieron el mundo. Al mundo le sigue costando comprender a un país que se sume, por ciclos, en crisis tremendas o que se enmaraña en peleas encarnizadas cuando asoma la prosperidad. Cuesta entender, en realidad, muchas cosas más: un Gobierno que llama a una negociación y que hace un paréntesis largo; una dirigencia rural que nunca supo garantizar del todo el levantamiento del paro; una oposición que se limita a opinar sobre las palabras y actos del Gobierno, como si en lugar de opositores fueran periodistas. Ni la bonanza económica de estos años alcanza a ocultar la crisis política y dirigencial que persiste en la Argentina y que el conflicto con el campo volvió a desplegar como un tapiz. |
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