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Jueves 11 de Marzo de 2010 Santiago del Estero, Argentina
ESPECIAL MALVINAS   Santiagueños en la guerra
"La guerra nos marcó para toda la vida"
Unos 180 santiagueños participaron hace 25 años de la guerra de Malvinas. Catorce de ellos quedaron en las islas. Ex combatientes y una madre de un caído en guerra comparten sus recuerdos y visiones de aquellos días que dejaron heridas profundas que aún no cierran. Nuestro homenaje en este Especial: 25 años de Malvinas
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Delfor Bravo perteneció al Batallón de Infantería Nº 1 de Marina con base en Puerto Belgrano. Le tocó desembarcar en las Islas Georgias el 3 de abril. Tenía 22 años cuando tuvo que aprender de morteros, pozos, metralla y muerte. Pasó semanas encerrado en la bodega de un buque, prisionero de los ingleses. El recuerdo de lo que pareció pasar sólo ayer.

Cuando Delfor habla, lo hace con la parsimonia tan típica de los santiagueños. Uno no puede dejar de imaginarse esa tonada tan nuestra en un lugar tan lejano como las islas.

“Cuando se acercaban las fiestas, en el batallón nos dieron licencia para el 24 a los que vivían en Buenos Aires y para el 31 a los del norte. Yo me colé con los porteños en el primer turno porque me enteré que mi mamá estaba en Buenos Aires. Menos mal, porque a cuando regresé nos informaron que se habían cortado todas las licencias. Fue la última vez que vi a mi mamá hasta que volví de la guerra”.

Todo era confuso por esos días. Nadie sabía a ciencia cierta qué se estaba preparando. Ni siquiera los oficiales de menor rango manejaban la información. “Nos decían que íbamos a participar de un simulacro de ataque con otras fuerzas”.

El 26 de marzo a la madrugada, Delfor y otros 40 soldados embarcaron rumbo al archipiélago. “Recién en alta mar nos informaron que nuestro destino era desembarcar en Malvinas. No pude avisarle a nadie que iba a la guerra”.

“Ninguno de nosotros había subido antes a un buque. Comenzamos con los síntomas típicos: todo lo que comíamos lo devolvíamos. Llegamos en muy malas condiciones a las islas” cuenta el ex combatiente.

Sin comida
Junto al grupo de buzos tácticos comandados por Alfredo Astiz, la unidad de Delfor llegó a las Georgias el 3 de abril. La información que manejaban daba cuenta que en el islote no había guarnición militar. “Sólo algunos científicos e isleños. Cuando bajó el primer grupo empezamos a escuchar los disparos de ametralladoras. Nos derribaron un helicóptero. Ahí tuvimos nuestras primeras dos bajas”.

Luego de un intenso combate los ingleses se rindieron. Los soldados argentinos tomaron posesión de la isla y comenzaron a distribuir las tareas.

El buque que los había transportado hasta allí se marchó dejándolos tan solo con una ración para cada soldado. “Nos duró un día y medio cuando mucho. Por suerte, una semana atrás había andado por la isla el buque Endurance dejando provisiones para un año para la guarnición inglesa. Si no, hubiéramos comido pingüinos, lobos marinos, no sé”.

El grupo sólo contaba con un equipo de teletipos que nadie sabía utilizar. Sólo servía para recibir algunas pocas noticias del continente. Estaban completamente aislados.
“Nos enteramos de cómo iba el Mundial de Fútbol en España, pero no teníamos ninguna comunicación con el resto” explicó.

“Tampoco teníamos médico. Un compañero fue herido por una esquirla y se le alojó en el cuello y lo tuvimos que operar junto a otro soldado que era apenas enfermero en el batallón. Le hicimos morder un pedazo de madera y con una gillette le cortamos el cuello para sacarle la esquirla. Se desmayó, por supuesto. Pero logramos sacarle el pedazo de hierro. El muchacho es santiagueño, se llama José Ponce, vive en Campo Gallo y todavía tiene la cicatriz de esa ‘operación’”.

El frío miedo
Con temperaturas que rondaban lo 25 grados bajo cero el “overol zona sur” era insuficiente para un “frío que parecía cortarte la piel. La posición donde yo tenía mi mortero por ejemplo se llenó de agua al segundo día”.

“Me tocó compartir el pozo con un compañero de toda la secundaria. Él me decía ‘Bravo, me parece que aquí vamos a morir’. Yo trataba de darle ánimos, pero había mucho miedo”.

El 22 de abril a la noche llegó al muelle de la isla el submarino Santa Fe trayendo provisiones y armamento. Recién ahí llegaba la comida. “Estuvimos descargando el submarino toda la noche. A la madrugada nos dieron la orden de descansar, no alcanzamos a acostarnos vestidos cuando volvió a sonar la alarma. Nos estaban atacando. Nos atacaron durante todo el día. Comenzaron a desembarcar por todos lados”.

“Nos bombardeaban desde los buques y nuestras armas no tenían alcance para dispararles. Cuando ya se hizo las 5 de la tarde el Capitán Lagos le dijo al Teniente Luna: ‘Esto no da para más. Tenemos que rendirnos, porque mañana no estará ninguno vivo’”.

Los ingleses los tomaron prisioneros y los embarcaron en un buque petrolero encargado de abastecer a los navíos de la armada real. Sin saber a dónde los llevaban, los hacinaron a los casi 200 soldados que estaban en la isla en la bodega del barco. El miedo seguía reinando. Los ingleses les apuntaban constantemente con las armas remontadas.

“Nos pusieron unos tachos para que los usáramos como letrinas. La bodega era nuestro dormitorio, baño, comedor, etc. Durante más de diez días no nos permitieron bañarnos. Recién cuando intervino la Cruz Roja comenzó a cambiar el trato para con nosotros. Nos permitieron bañarnos. Nos tiraron unos naipes y unos pantalones cortos”.

Desembarcaron en la base naval de Isla Ascensión, luego de un interrogatorio fueron llevados en avión hasta Uruguay el 12 de mayo. El 14 pisaban suelo argentino nuevamente para encontrarse con sus familias y afectos. Por dentro ya no eran los mismos.

“La guerra nos marcó para toda la vida. Es algo que no se olvida. Llegamos a los 25 años y parece que fue ayer. Para el veterano, todos los días es 2 de abril. Y debería serlo para toda la ciudadanía. Por todo lo que pasó. Por los más de 600 argentinos muertos. Por tantas madres, esposas, hermanos y padres que quedaron solos, destruidos”.

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