
Opinión. A Juan D. Perón le gustaba decir con ironía: “Los peronistas somos como los gatos. Cuando nos oyen gritar creen que nos estamos peleando, pero en realidad nos estamos reproduciendo".[03/07/2012] De esa manera minimizaba las grandes pujas internas de su movimiento que abarcaba desde la izquierda a la derecha, en una época donde se daba la vida, en serio, por la ideología Perón era el único que podía poner fin a una interna, a tal punto que ya muriéndose echó de la Plaza de Mayo a los imberbes de armas llevar, que al decir de un sector del peronismo hoy se los reivindica o para
otro sector directamente nos gobiernan.
Luego de la atroz dictadura militar y la derrota del desabrido Italo Luder frente al carismático Raúl Alfonsín, el peronismo intentó su única posibilidad de democratizarse internamente fuera del poder.
Así surgió Carlos Menem presidente, al derrotar a Antonio Cafiero en elecciones internas democráticas. Con Carlos Menem en ejercicio de la presidencia, las riñas de gatos del general se convirtieron en peleas de elefantes en un bazar, porque como nunca antes se utilizó el poder del estado en beneficio propio para dirimir pujas partidarias, que ya no eran ideológicas sino económicas y con un tufillo a corrupción nauseabundo. Sobresalieron como excepción “Chacho Álvarez”, Octavio Bordón, “Pino” Solanas y algunos más.
Sólo basta recordar el enfrentamiento de Menem con Eduardo Duhalde, entonces gobernador de Buenos Aires, que se llegaron a “tirar con muertos” como se lo llamó al caso “Cabezas”, que involucraba a empresario Yabrán.
Ese descomunal enfrentamiento se desarrolló mientras el país atravesaba una formidable recesión, acabadas las mieles de la convertibilidad de Domingo Cavallo, por las causas de siempre: gastar desenfrenadamente por encima de las posibilidades del país.
El peronismo perdió la elección, con un Menem que hizo lo posible para qué Duhalde no ganara. El gobierno de la Alianza recibía una braza caliente con un país en déficit creciente, muy endeudado, con tasas de interés impagables y con precios internacionales para nuestras exportaciones por el suelo.
Un radical de pura cepa y sumamente preparado intelectualmente, Fernando De la Rúa, enfrenta además del difícil cuadro heredado de Menem, la eterna interna radical, la ruptura de la Alianza con el Frepaso y el escándalo de la “Banelco” impulsada por Hugo Moyano. Le agrega su propia impericia en el manejo de los tiempos y decisiones políticas y recibe el golpe de gracia del peronismo bonaerense que abre las puertas al saqueo y la violencia.
El país estalla en mil pedazos, producto de dirigentes políticos más interesados en perpetuarse en el poder, que en gobernar en beneficio del país. Nadie se atreve a asumir, Rodríguez Saá lo intenta, lo sacan los propios gobernadores peronistas, finalmente Duhalde se anima y llega al poder sin ser elegido por el pueblo. Hace un trabajo decoroso para encaminar la crisis.
Pero la interna partidaria lo puede y trata por todos los medios de impedir que Menem gane las elecciones. No importan las formas. Se trataba de devolver favores. Inventa el mamarracho de los lemas e impulsa a un desconocido gobernador como candidato, acompañado por un ya muy popular Daniel Scioli.
Néstor Kirchner, apenas asume le pega una patada a su mentor y otra a su vicepresidente, después a las Fuerzas Armadas, a la iglesia, a los medios de comunicación a las empresas privatizadas, al FMI, y a cuanto se le cruce en el camino. “Tengo que construir poder presidencial” se justificó, pero una vez que lo tuvo siguió haciendo lo mismo.
Ayudado por el trabajo sucio realizado por Duhalde-Remes Lenicov-Lavagna y los nuevos vientos internacionales que traen extraordinarios precios para nuestras exportaciones, logra poner en marcha el crecimiento argentino sin inflación. Por unos años la economía se estabiliza, pero la interna política dentro del peronismo volvía a ser de elefantes en el bazar.
Como Menem, busca la perpetuación en el poder alternándose con su esposa Cristina, hasta que la muerte los separa. Como Menem, luego de unos años de estabilidad económica se lanza de lleno al populismo de gastar más de lo prudente y estalla la inflación, a pesar de aumentar la presión impositiva como nunca antes en la historia, apropiarse de los fondos de los jubilados depositados en las Afjp, confiscar la renta agropecuaria y tomar las reservas del Banco Central para uso indiscriminado del Estado.
La corrupción nauseabunda de Menem ahora huele a rosas. A la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en su segundo mandato y sin reelección le toca pagar los errores de él y de ella. La plata ya no alcanza, la inflación se lleva todo por delante, se avecina la recesión que recuerda al fin del menemismo.
A falta de oposición en el Congreso y opositores en los partidos políticos, nuevamente el peronismo dirime la interna dentro del gobierno y con fondos del Estado.
Moyano en la Plaza enfrenta a lo camionero. Scioli se escurre como agua entre las manos del kirchnerismo, con una cintura política que le permite crecer en imagen por encima de Cristina.
El kirchnerismo ataca con la ductilidad de un cavernícola como Gabriel Mariotto, que al decir de Facundo Moyano “es peor que Cobos”. Cristina, en tierras de los Rodríguez Saá, cambia de animales para referirse a los peronistas y apela a los cerdos: “Aquí veíamos cómo los chanchitos peleaban pese a que cada uno tenía su teta. Pero sin embargo se peleaban por cuestiones de liderazgo. Nunca nada me pareció (por los cerdos) tan parecido a nosotros los humanos”.
Así las cosas, el peronismo parece repetir su propia historia de hacer trizas al país en busca de la perpetuación del dirigente de turno y luego resurgir como salvador del país que destruyó, con otro
dirigente. Rara virtud que lo mantiene en el poder, pero en un país cada vez más pobre desde todo punto de vista.