Cobertura especial

Mundial 2026

INGRESAR Ver cobertura
X
Firmas

El problema no es endeudarse, sino cómo y para qué hacerlo

Opinión. Todas las situaciones se explican como consecuencias de procesos. La actual se revela como el resultado de una exacerbación: la heterodoxia como fundamentalismo.

13/05/2013

La decisión de no endeudarse en los mercados financieros internacionales, por aquello de que “el que se quemó con leche, ve una vaca y llora”, por penosas y deshonestas experiencias pasadas, aun cuando se presenta una alta disponibilidad de fondos a tasas de interés casi nulas.

Desestimando así, bajo supuestos fundamentalismos ideológicos, un muy favorable contexto de una década de excelentes precios de alimentos y energía que exportábamos, impulsados por las demandas de mega países como China, e incluso de un gran vecino como Brasil, y simultáneamente enfrentar relativos bajos precios de las tecnologías que necesitábamos importar para producir nuestros bienes industrializados. La situación esperada por generaciones.

Omitiendo así al auténtico progresismo económico actual que demuestra, refutando a las políticas conservadoras, que el problema no es endeudarse sino cómo y para qué hacerlo. Australia, Canadá y Nueva Zelanda, directos competidores nuestros, lo hicieron. Invirtiendo, bajo normas institucionales, en su infraestructura de transportes, comunicaciones y energía e incrementaron su productividad y, por ende, su competitividad internacional.

En su lugar y bajo el “vamos por todo”, se avanzo al revés del manual: en la bonanza no ahorramos para afrontar los futuros ciclos menos favorables, total “en el largo plazo estaremos todos muertos”, sino que incrementamos el gasto público que, con el impuesto de la corrupción incorporado, deja de ser inversión pública. La calidad de las instituciones y sus reglas, la seguridad jurídica y la generación de un clima favorable a la actividad productiva son meros conceptos conservadores.

Las mismas reservas del BCRA, como sostén de la garantía de la moneda nacional es un criterio superado. La persistencia de un gasto público mayor a los genuinos ingresos fiscales exigió, primero la llamada “contabilidad creativa”, mediante la cual el tesoro nacional iba consumiendo los fondos de las jubilaciones futuras, de los capitales destinados a la reinversión de las empresas públicas y, por último, la emisión de moneda local aun sin respaldo, otro concepto retrogrado.

El superávit nacional externo, la diferencia entre las exportaciones y las importaciones, incluyendo al flujo de la entrada y el egreso de capitales, disminuyo desde el +9% del PIB en el año 2003 a un actual 0% y el superávit fiscal, la diferencia entre los ingresos del Estado y su gasto, se redujo del +4% del PIB en el año 2004 al -5% presente: en total 9 puntos del PIB. Fuimos entonces “a por las reservas” del BCRA, modificando su carta orgánica, y pocas veces en nuestra historia económica se verifico una correlación más directa con el impuesto inflacionario.

Por si fuera poco y para que la heterodoxia sea completa, embestimos a la justicia casi secuencialmente. Las reservas del BCRA disminuyeron de mas de 52.000 millones de dólares del año 2011 a los actuales 40.000 millones de dólares, con el detalle de mas de $400.000 millones circulando cada vez a mayor velocidad, reforzando así el efecto de una ya elevada emisión.

De la pesificación lanzada el año pasado, poco después de la estatización de YPF, pasamos a una admitida dolarización en los hechos, nunca en los relatos discursivos, como puede ser interpretada la reciente convocatoria del BCRA a intermediar dólares no declarados, en un nuevo y muy opaco blanqueo de capitales, con la inversión energética e inmobiliaria. Parece muy poco ante la gravedad de la situación e incrementa la preocupación del siguiente paso: “nunca menos”.