Los efectos de la pandemia sobre la protección de la Antártida

Una de las preocupaciones políticas con mayor asidero es la que refiere al asunto del orden internacional.

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29/06/2020 -

Por Mariano Aguas, en el diario Clarín
La pandemia por la cual estamos atravesando, ha generado y genera, un sinfín de elucubraciones y proyecciones sobre el futuro próximo, desde las más esperanzadoras que prospectan una humanidad más reflexiva y en búsqueda de una armonía consigo misma y con la naturaleza, a las de base apocalíptica que nos anuncian catástrofes inminentes a la vuelta de la esquina y el fin abrupto de eso que hasta ahora se conoció como globalización.

Más allá de ese cuadro variopinto, una de las preocupaciones políticas con mayor nivel de asidero en lo que atañe a la realidad que sí sucede de manera palpable, es la que refiere al asunto del orden internacional. Dicho en otras palabras, cómo esta situación pandémica puede afectar la forma en la cual se estructuran las relaciones entre los estados y otros poderes relevantes a escala internacional en nuestros días.

Convengamos que al ciudadano de a pie, inmerso en cuarentenas que parecen multiplicarse sine die y afectando los modos en los cuales se construye la vida cotidiana, poco importan dichas cuestiones sobre el orden internacional. Pero cuando alzamos un poco la mirada y nos interesamos en cómo el mundo organizado tramita cuestiones del orden común, esto empieza a cobrar una importancia clara en la calidad de vida de millones de personas.

Hemos dicho otras veces en este espacio que el Sistema del Tratado Antártico firmado en 1959 es la herramienta institucional que sabiamente un grupo de naciones, entre las cuales estaba la República Argentina, supo acordar e implementar para la salvaguarda del continente Antártico y su ecosistema como un bien común de la humanidad, dedicado a la ciencia.

Por supuesto que las enormes riquezas en recursos minerales, biológicos, pesqueros y la posibilidad de desarrollar actividades como el turismo antártico , no han pasado desapercibidos para muchos actores comerciales, que ven en ellos una importante reserva de valor.

Hasta nuestros días las actividades extractivas como la minería están prohibidas, pero el turismo y la pesca, bajo ciertas condiciones, constituyen actividades lícitas según la regulación del STA a través de la CCRVMA (Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos) o CCAMLR según su sigla en inglés.

Casi 60 países son signatarios del Tratado, y 27 de ellos de la CCRVMA, entre ellos países con una larga tradición antártica como Argentina, Chile, el Reino Unido de Gran Bretaña, Rusia, Noruega, Australia, Estados Unidos, Nueva Zelanda, etc. Pero también hay integrantes más modernos como es el caso de China y otros.

Por supuesto que la regulación de medidas de protección y conservación no siempre se llevan bien a los ojos de algunos miembros del sistema con la explotación de los recursos. Tal es el caso de las discusiones en torno a la creación de una red de Áreas Marinas Protegidas en lugares clave de los mares que rodean al continente antártico. Miembros del STA como Rusia y China han sostenido un sistemático bloqueo a la implementación progresiva de dicha herramienta.

Una meta de conservación de los espacios marinos antárticos y sus especies sería lograr que al menos un 30% de la superficie de esas aguas estén protegidas, tal como plantea la mejor ciencia a disposición y por el cual trabajan las organizaciones ambientalistas interesadas, entre las cuales figuran FVSA y WWF entre otras.

Pero volviendo al contexto actual, hoy el trabajo del STA y la CCRVMA se ve limitado por los efectos de las cuarentenas. La pandemia por el COVID-19 ha prácticamente paralizado y modificado nuestra forma de vida, y nos obliga a reflexionar sobre el funcionamiento de los mecanismos necesarios para poder preservar a ecosistemas vitales para la salud del planeta como la Antártida.

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