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Opinión y Actualidad

Perú vive una "tercera vuelta"

Aun antes de empezar a gobernar, el presidente electo peruano, el izquierdista Pedro Castillo, ha perdido su primera votación importante. Por inexperiencia, sus partidarios y aliados en el Congreso cometieron un error en la inscripción de su lista de candidatos a la presidencia del órgano legislativo, lo que motivó que la oposición los descalificara. Ahora, el Parlamento —que está conformado por nueve bancadas— ha quedado presidido por figuras de centro-derecha y el panorama para el nuevo gobierno se vaticina inestable.

28/07/2021

Por Jonathan Castro Cajahuanca
Para The Washington Post

Este primer acto del nuevo periodo legislativo ofrece una pincelada de lo que vendrá en los próximos cinco años: un oficialismo de izquierda carente de experiencia para gobernar y de habilidad para formar grandes coaliciones; una derecha que, tras la derrota electoral de su candidata, Keiko Fujimori, no goza de mucha legitimidad para tener protagonismo, pero puede inclinar la cancha a su favor; y una centro-derecha inclinada hacia la oposición a Castillo, aunque dispuesta a jugar cada partido a la vez.

Este 28 de julio empieza el gobierno de Castillo. Pero aún a estas alturas, la orientación que tendrá el gobierno del maestro rural representa una incógnita para los peruanos. En sus últimos discursos le dio especial énfasis a negar que sea “comunista, chavista o terrorista”. Pero la campaña electoral y los años de crisis—seis de los últimos expresidentes han sido acusados de corrupción— han vaciado de significado a algunos conceptos claves en la política peruana.

Que Castillo se defina como demócrata, en oposición a comunista, no sirve de mucho para paliar los ánimos. De las palabras ya nos hemos vacunado tras ver a políticos que levantaban la bandera de la democracia y después alentaban una intervención de las Fuerzas Armadas ante el triunfo de Castillo, u otros que defendían la tiranía cubana.

En una sociedad que entiende la política con base en las relaciones antes que en las ideas, lo único que hubiera despejado las dudas sobre la dirección que tendrá su administración es el anuncio anticipado de los miembros de su primer gabinete ministerial, pero hasta el 26 de julio no lo había hecho. Se han desatado temores válidos en múltiples frentes, que generarán tensión a lo largo de los siguientes años.

En la izquierda radical y moderada, sus principales aliados, se ha instalado el miedo de que Castillo se convierta en un nuevo Ollanta Humala, el expresidente nacionalista que triunfó en las elecciones del 2011 como una emergente figura de izquierda —emparentada con Lula da Silva, en Brasil, y Hugo Chávez, en Venezuela— pero que a los seis meses de gobierno tiró a sus aliados del barco y trazó una ruta que lo condujo hacia la centro derecha.

Ante eso, resalta la figura de Vladimir Cerrón, el líder del partido con el que Castillo llegó al poder, Perú Libre, y a la vez su principal piedra en el zapato por su discurso propio de una izquierda entrampada en el siglo XX, que genera temor en los adversarios y repele a los aliados, y porque tiene una condena por corrupción y otras investigaciones en curso.

Él encabeza el sector que dará batalla para evitar una posible moderación del presidente y que buscará que se logren los objetivos trazados, entre ellos la convocatoria a una asamblea constituyente que redacte una nueva Constitución. El problema político de su terquedad es que es imposible que genere consensos. Por eso no lograron el respaldo de bancadas más numerosas para que el Congreso sea presidido por el oficialismo.

Ante los políticos de centro, derecha y las élites que respaldaron a Fujimori, Castillo representa la amenaza del comunismo. Pero que la oposición haya logrado un triunfo al conquistar la presidencia del Congreso no garantiza que esta correlación de votos se mantenga para otras decisiones. El sector de derecha más radical no ha aceptado como legítimo el triunfo de Perú Libre, por lo que podría emprender un camino de confrontación beligerante, un terreno que ya sido movilizado por las protestas de Fujimori contra los resultados electorales. Mientras, el centro podría ser más pragmático para evitar formar parte del obstruccionismo legislativo.

La primera prueba de Castillo ante este sector será en menos de 30 días, cuando el presidente del Consejo de Ministros que Castillo designe acuda a pedir el voto de investidura del Congreso. No es suficiente contar con la aprobación del bloque de izquierda, sino que tendrá que demostrar habilidad política para convencer a algunos miembros de la oposición —sin ganarse la animadversión de los suyos— para lograr una mayoría simple. Aunque no se sabe con certeza quiénes integrarán el equipo de Castillo, los nombres que lo rodean —entre ellos Roger Nájar, un excongresista que a los 30 años embarazó a una menor de 14— no dan garantías de convencer a la oposición.

El asunto en esta correlación de fuerzas es que ninguno de los dos bloques por sí solos alcanzan los 87 de 130 votos que se requieren en el Congreso para tomar las decisiones más importantes, como elegir a los reemplazantes de los magistrados del Tribunal Constitucional que tienen mandato vencido; las reformas constitucionales para convocar a una Asamblea constituyente, como quiere el oficialismo; o la vacancia presidencial, una amenaza que es cada vez más protagonista de nuestras tensiones políticas.

Están obligados a negociar y entenderse, o a emprender un camino de obstrucción, enfrentamientos, aprobación de algunas reformas por la fuerza de los votos, pero aplazar los grandes pendientes. Pero la gran mayoría de parlamentarios no tiene experiencia legislativa que les enseñe a llegar a acuerdos.

Fuera de la tensión que se vivirá entre el Ejecutivo y la oposición, el interés principal de los peruanos está en atender dos asuntos: la vacunación contra el COVID-19 y la generación de empleo. En esos terrenos, el equipo de Castillo no ha despejado las dudas sobre su capacidad para darle continuidad al proceso de inmunización, ni de la importancia de darle tranquilidad a los actores económicos para promover inversión privada que genere empleo.

Castillo no empieza su mandato con una aprobación abrumadora ni con una fuerza política en el Congreso que le permita pasar rápidamente sus reformas. Eso es bueno, pues hasta el momento no ha mostrado iniciativas bien sustentadas que puedan garantizar grandes transformaciones sociales, sino solo expone grandilocuentes consignas reivindicativas. Tampoco tiene a su alrededor a negociadores ni políticos con capacidad de escuchar a sus adversarios para establecer puntos medios. Eso centra el éxito de su gestión, y la suerte de los peruanos, en sus propias manos.

Una oposición vigilante y propositiva sería el mejor remedio ante iniciativas afiebradas, pero no hay indicios de que ese vaya a ser el talante mayoritario en el Congreso. Por el contrario, el fujimorismo y la derecha más radical podrían aplicar una política de la venganza tras el resultado electoral, como ya lo hicieron en el 2016 tras la derrota ante el expresidente Pedro Pablo Kuczynski. En el centro político, son pocas las figuras que pueden tener estas cualidades.

A nadie le conviene que Castillo cumpla todas sus promesas de campaña, ni tampoco que tenga una oposición obstruccionista que solo reafirme el radicalismo del presidente y la desconexión de los votantes con las élites políticas. Dependerá de cómo se posicionen los que se encuentran en el centro para garantizar un gobierno viable. Entraremos en un periodo de equilibristas o de una confrontación anunciada.

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