Regionales Mutilación y locura

Pablo Amín, el asesino de María Marta Arias, se casó en la cárcel

Tucumán. Amín tiene ahora 35 años y cumple su condena en el pabellón de máxima seguridad del penal de Villa Urquiza. Allí conoció a la mujer con la que se casó.

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02/01/2019 -

Pablo Antonio Amín, el asesino de la bandeña María Marta Arias, se casó de civil el pasado viernes a la mañana en el penal de Villa Urquiza de la provincia de Tucumán, lugar donde cumple una condena a perpetua.

La ceremonia religiosa y la fiesta, se desarrollaron el domingo por la noche, dentro de la cárcel en la que él está alojado y con la presencia de allegados a la pareja, según destaca La Gaceta.

El caso

El 28 de octubre de 2007, el bandeño Pablo Antonio Amín tenía 24 años, ganaba unos 7.000 pesos por mes vendiendo productos naturistas que le habían ayudado a bajar 50 de sus casi 160 kilos de peso y se había casado hacía tres meses con la también bandeña, María Marta Arias, un año más joven y a punto de recibirse de contadora. Ella también vendía productos naturistas y padecía lupus, una enfermedad que afecta articulaciones y músculos y desaconseja la exposición al sol.

Juntos estaban alojados en la habitación 514 del quinto piso del Hotel Catalina’s Park, de cinco estrellas, y ubicado en una de las zonas más coquetas de San Miguel de Tucumán. Allí había una convención de la empresa para la que ambos trabajaban.

Todo parecía estar bien. Sin embargo, algo pasó para que Amín, quien tenía conocimientos de artes marciales, montara sus casi dos metros sobre el cuerpo desnudo de su mujer, rodeara su cuello con ambas manos e hiciera presión hasta matarla por asfixia. Luego, con un elemento cortante produjo una carnicería; arrastró el cuerpo a las patadas cuatro pisos abajo y cuando un empleado del hotel lo descubrió estaba con todo su cuerpo, también desnudo, bañado en sangre y pateando con furia el cadáver de su esposa.

La policía llegó instantes después y, mientras cuatro agentes forcejeaban para colocarle las esposas, Amín pedía desesperadamente “agua, agua”, decía que se había “tragado el anillo”, advertía sobre “los riñones” de su mujer muerta, alegaba que estaba bajo “emoción violenta” y prometía a los uniformados que “el señor los va a perdonar”. Uno de los policías siguió el rastro de sangre ascendente. Al llegar a la habitación, teñida de rojo por todas partes, descubrió sobre la cama, uno al lado del otro, los ojos arrancados de la mujer.

No fue esa la única mutilación del cadáver. Las mejillas y la frente tenían cortes, al igual que su zona genital.

Amín fue detenido, alojado en un neuropsiquiátrico, puesto bajo “coma farmacológico” y sometido a pericias psiquiátricas para determinar si estaba o no fuera de sus facultades mentales. Pese a las contradicciones, en 2009 la causa fue a juicio y condenado a prisión perpetua, por homicidio agravado. Durante una de las audiencias, Amín le preguntó al secretario del tribunal: “¿Quieres que te saque los ojos?”

El tribunal sostuvo que Amín “simuló locura” y la exteriorizó mediante “histrionismo” y “agresividad calculada”, pero en realidad “tenía conciencia de la situación y de las consecuencias de su comportamiento homicida”.

¿Por qué la mató? El juicio sólo dejó abiertos interrogantes: una sesión de fotografías sensuales que circulaban por internet, sospechas de infidelidad, desavenencias relacionadas con el trabajo de ambos o, como deslizó el psicólogo Luis Seiffe, ex jefe del Instituto de Criminología del penal de Villa Urquiza (donde el reo está alojado), “siguió las órdenes de voces alojadas adentro de su cabeza”, en un raro caso de “psicosis paranoica”.

Antes de la condena, Amín confesó: “La asfixié hasta no dar más. La solté y ella no se movía. El cuerpo quedó inmóvil y se me vino una nebulosa, como la que sentí en el auto. Escuché la voz de una señora vestida de blanco que me dijo que estaba muerta. No recuerdo nada más”.



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