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Marzo de 2021
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Opinión y Actualidad

Joe Biden, como Roosevelt, buscando su New Deal

El nuevo presidente de EE.UU. se refleja en la figura de aquel estadista que sacó al país de la Gran Depresión. Una comparación que revela el tamaño del daño que sufre el país.

22/01/2021

Por Marcelo Cantelmi, en el diario Clarín.

Estados Unidos debió retroceder 90 años en búsqueda de un punto de apoyo y de una figura potente para medir los desafíos que enfrentará el nuevo gobierno de Joe Biden. La simbología es que la potencia transcurre una pesadilla equivalente a la Gran Depresión que rodeó la asunción de Franklin Delano Roosevelt cuando juró su primer mandato el 4 de marzo de 1933.

Biden busca reflejarse en aquel estadista venerado que logró recuperar a un país devastado por la crisis a la que enfrentó con esa conocida evocación de que “a lo único que tenemos que temer es al temor mismo”. O aún más atrás, con Abraham Lincoln, cuando asumió la presidencia en 1861 para liderar un país que se sumía en la Guerra Civil.

Lincoln, que remachó la palabra esperanza en aquella otra aún más grave pesadilla, fue la imagen que más cubrió las pantallas de la jornada inaugural de Biden este miércoles, no casualmente.

La carga bien medida de esa épica en toda la ceremonia de asunción tuvo el propósito de exhibir el carácter histórico del momento para que este presidente no sea discutido en sus primeros pasos.

También para que la majestuosidad del acto, más allá de los límites que impuso la pandemia, neutralizara el desprecio hacia el nuevo gobierno y a la propia transición democrática que exhibió Donald Trump desde que perdió las elecciones y se marchó de la Casa Blanca sin saludar.

Todo el momento pareció un remedo del “yes we can” de Barack Obama quien, recordemos, llegó al poder también a caballo de otra crisis, la de 2008, que desbarató el sistema económico y financiero norteamericano y luego se extendió como un virus a todo el mundo con efectos que aun se mantienen.

La comparación gana mayor sentido al advertir que aquel mandatario, al igual que Biden ahora -quien fue además el vicepresidente de esa experiencia-, alcanzó la presidencia como consecuencia del descalabro que detonó el republicano George W. Bush al final de su segundo gobierno. Lo mismo que actualmente, con Trump. Si el país no hubiera sido tan dañado es más que probable que el magnate hubiera sido reelegido.

Populismo y fundamentalismo
Esa fractura que dibuja el panorama actual norteamericano tiene una profundidad sin precedentes. Gran parte de la mitad del electorado del país que no votó al demócrata lo considera ilegítimo y cree en las conspiraciones de fraude que removió el presidente saliente.

Trump logró amplificar esas invenciones después de transformar al partido republicano en una expresión populista y personalista con una base en la que se multiplican grupos fanatizados, xenófobos y que reivindican el supremacismo blanco.

Esa deformación no se superará con slogans y discursos esperanzadores. Es un resultado tóxico del enorme abismo social que se ha venido abriendo en EE.UU. desde hace décadas y que escaló en los últimos años con una concentración del ingreso y exclusión sin precedentes.

Esta circunstancia debería constituir un límite para la autonomía de la dirigencia republicana que parcialmente ya ha roto con el fundamentalismo del magnate. Es sencillo. Si el país no cambia y resuelve esas contradicciones sociales, a ellos también se los devorará la crisis. Por eso el vicepresidente de Trump, Mike Pence, estuvo en la ceremonia de asunción, y por eso también, el líder del bloque republicano, Mitch MacConnell, rompió con su ex jefe y acusó ahora abiertamente al ex mandatario de provocar la insurrección del 6 de enero con la toma del Capitolio. La razón precisamente del segundo impeachment en marcha.

El otro drama que acecha al flamante mandatario, es el descontrolado crecimiento de la pandemia de Covid 19 en todo el país con el enorme daño económico asociado. Hay un dato central ahí para mensurar el tamaño del traspié que ha vivido Estados Unidos y las responsabilidades por lo que se ha hecho mal, incluso premeditadamente.

El giro insular de la política exterior y de repudio a la multilateralidad que impulsó Trump bloqueó toda posibilidad de una coordinación global para limitar los efectos de la pandemia.

Al mismo tiempo, el negacionismo de la enfermedad por parte de su gobierno y el pausado esquema de vacunación, augura que los muertos en EE.UU. alcanzarán al medio millón en el curso de marzo próximo. La semana previa a la asunción de Biden, el país registró otro pico récord de desocupación debido a la enfermedad, 900 mil personas pidieron el seguro de desempleo, configurando el peor escenario laboral para un gobierno entrante de la historia moderna.

Biden necesita atacar esos dos frentes en simultáneo, el de la grieta social y política y el de la enfermedad y sus costos. En el camino, además, recuperar la autoestima de los norteamericanos y el respeto internacional perdido de su país.

Es la razón que explica que un político bien de centro y hacia la derecha como es el nuevo mandatario, haya lanzado un aluvión de decretos para normalizar la inmigración, regresar al acuerdo de cambio climático, evitar la salida de la Organización Mundial de la Salud y poner una red de contención para las crisis hipotecarias y la enorme deuda de los estudiantes con las universidades además de las medidas anunciadas contra la discriminación racial o la extensión del sistema de salud para los sectores más golpeados.

¿Existe en sus planes un indulto a Trump como el especialmente incómodo que le obsequió Gerald Ford a Richard Nixon por el escándalo del Watergate? ¿Pedirá eso la carta confidencial que el magnate le dejó en el escritorio a Biden? Preguntas por ahora sin respuesta pero que conviene tener en cuenta.

El escollo de un Senado dividido
El problema con Biden es que, a diferencia de Lincoln o Roosevelt, que tuvieron amplias mayorías en el Congreso, el nuevo mandatario contará con un control muy ajustado en ambas cámaras. En el Senado, especialmente, demócratas y republicanos están igualados en 50 bancas cada uno. A favor de la Casa Blanca, será la vicepresidente Kamala Harris quien tendrá el poder de desempatar. Es importante ese dispositivo, pero es claramente insuficiente.

Las mayorías de Roosevelt le permitieron imponer un complejo plan de polémicas medidas de estímulo en el marco del New Deal. Es lo que se propone Biden, pero es muy probable que, aun pese a la gravedad de las circunstancias, no pueda contar con un abierto apoyo de los republicanos.

Del mismo modo como le ocurrió a Obama con la accidentada elaboración de la Ley de Reinversión y Recuperación de 2009 que buscó revertir pero acabó solo aliviando los efectos de la crisis que había estallado el año anterior.

Los republicanos son conscientes de que Biden tiene por delante cuatro años de gobierno, y en el actual y hasta avanzado el 2022 seguramente se superará en gran medida la enfermedad además de que la economía rebotará. Banderas que pueden ser fundamentales en las cruciales legislativas de noviembre de aquel año.

Biden tiene ya aprobado desde diciembre un plan de rescate de 900 mil millones de dólares y propuso otro de 1,9 billones que será el primer gran examen de su gobierno en el Congreso. Su New Deal. Considera que con esos recursos recuperará la percepción de una mejora social que licue las divisiones internas.

Lo que le urge es revertir el riesgo de anarquización del país donde se han multiplicado hace tiempo las protestas sociales por izquierda o por derecha y ha crecido la desconfianza hacia la política y las dirigencias.

El formidable apoyo que tuvo Trump en las elecciones de noviembre es un efecto de esa distorsión. La evocación de Biden en su discurso inaugural a la defensa y la victoria de la democracia constituyó en realidad un reclamo a la defensa del sistema, cuya recuperación, de paso le dice al mundo, es central para sostener los equilibrios geopolíticos.

Por cierto, el Roosevelt que entusiasma a Biden pertenecía a otro mundo. Fue uno de los pilotos, a lo largo de sus cuatro mandatos, del enorme crecimiento del capitalismo norteamericano, un avance que se coronó especialmente como el gran ganador de la Segunda Guerra. Un ciclo que comenzó a perder fuelle a finales del gobierno de John F. Kennedy y luego con la eliminación, hará este año medio siglo, en los inicios del gobierno de Nixon, del patrón oro legado de la posguerra.

Lo que sucedió desde entonces fue una paulatina modificación de la estructura social del país que no detuvo ni moderó ninguno de los mandatarios que siguieron, demócratas o republicanos, y que explica mucho de las distorsiones actuales. En ese sentido y quizá casi como un consejo para Biden, el propio Roosevelt sostenía que “lleva mucho tiempo traer el pasado hasta el presente”.