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Opinión y Actualidad

Hugo Chávez, un líder personalista, devorado por su “revolución”

El líder bolivariano visibilizó a los pobres pero no se preocupó en impulsar el desarrollo del país.

06/03/2023

Por Marcelo Cantelmi, en diario Clarín
Cuando Hugo Chávez llegó al gobierno por primera vez en febrero de 1999, el país bordeaba el abismo social después de casi cuarenta años de corrupción de los partidos tradicionales.

Ese océano de pobres alcanzaba la friolera de casi el 80% de la población y persuadió al presidente Rafael Caldera de sacar en 1994 de la cárcel a este militar paracaidista a la que había sido condenado por el intento de golpe contra Carlos Andres Perez en 1992.

Lo hizo cuando el país acabó por estallarle en las manos a ese gobierno débil y, como el mismo Chávez reconocería más tarde, para canalizar esa furia social a un destino que no fuera el que parecía construirse al calor de esas desigualdades como una alternativa marxista.

En aquellos momentos, el líder bolivariano hacía enormes esfuerzos para diferenciarse del modelo cubano y reivindicar un apego a la propiedad privada y a las instituciones.

Con un tono cuartelero que nunca abandonó, Chávez se convirtió en la voz de esos desplazados de la estructura distributiva. Los instaló por primera vez en la historia en el centro de la mesa. Los pobres pasaron a tener presencia.

Y aunque el régimen no resolvió cuestiones elementales de desarrollo entre esos sectores y se conformó con un asistencialismo que además rendía votos. Aquel mérito es el que ha fortalecido la mística inoxidable que rodeó a este militar que se enorgullecía de su intento golpista y consideraba escuálidos a los opositores que no entendían que no debía ni podía existir otra alternativa que el “chavismo”.

Lo importante de ese proceso inicial es que con una mezcla extravagante de religión, marxismo, la adoración a Jesucristo y a Bolívar, logró crear una versión nacionalista que estacionó a esas masas a resguardo de la deriva clasista. Pero también de su propia autonomía.

Hiperpresidencialismo
El modelo chavista consistía en la construcción de un hiperpresidencialismo que no admitía herederos, sostenido por una base electoral cautiva del Estado. Chávez logró dominar el Congreso y arremeter contra el edificio del Poder Judicial.

La revolución bolivariana ignoró las instituciones, disolvió la libertad de prensa y expresión y tomó como clave de su éxito la perpetuación en el poder al extremo que el fundador de este experimento repartió réplicas de la espada de Bolívar a cuanto dictador aferrado al poder hubiera en el mundo, notoriamente el libio Muammar Khadafi, el sirio Bashar al Assad, el bielorruso Alexander Lukashenko o la teocracia represiva iraní.

Esa arquitectura autorreferencial que promovió la generación incesante de enemigos para consolidar el carácter concentrado del poder, se legitimó una y otra vez en las urnas convertidas en una estructura plebiscitaria.

El chavismo redujo el tamaño de la pobreza y muchos por primera vez tuvieron acceso a la medicina o la educación por medio de los planes que financiaba el crudo. Pero fue efímero. Chávez falló en lograr el desarrollo de su país y acabó como el factótum de la destrucción del negocio petrolero, del minero, las cementeras, el acero y la producción de alimentos.

Poco después de su muerte, la economía estalló como consecuencia del descomunal gasto público con el que construyó su última victoria electoral, en octubre de 2012, con el 55,07% de los votos.

Apenas iniciado el año siguiente, el país se deslizó por un tobogán de inflación, ausencia de ingresos y un déficit público que aceleró la desintegración de la moneda. El comandante, entre tanto su país se desintegraba, estaba en Cuba tratándose de un cáncer del cual nunca logró reponerse.

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