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Opinión y Actualidad

Milei, el neomenemismo y la conformación de la coalición de gobierno

El nuevo presidente rescata los años 90 y reivindica los logros en estabilidad, inserción en el mundo, modernización y mejora de la infraestructura, pero parece dejar afuera los aspectos oscuros de aquella época.

08/12/2023

Por Sergio Berensztein, en diario La Nación
Toda nueva experiencia política recurre a la historia, remota o reciente, para encontrar alguna referencia que legitime o justifique decisiones del momento. Puede ser en la misma geografía o en alguna lejana. La búsqueda de espejos en los cuales reflejarse cuando aún se está forjando una nueva identidad constituye una suerte de tópico recurrente y lleno de riesgos: está la tentación de los recortes arbitrarios, de las miradas sesgadas, incluso de las idealizaciones. El falso principio de “todo tiempo pasado fue mejor” puede derivar en reconstrucciones románticas y descontextualizadas de un pasado al que se modela a partir de las frustraciones y desencantos del presente.

El kirchnerismo apeló a la violenta década del 70 y al primer peronismo para revivir ese espejismo infantil de un modelo autárquico, intervencionista e hiperestatista, ignorando los profundos desajustes macroeconómicos que derivaron en episodios traumáticos como el “Rodrigazo” (1975). El macrismo pretendió reivindicar la experiencia desarrollista de Frondizi aunque el mundo se había transformado y, como don Arturo, sufrió las consecuencias de minimizar la importancia su falta de volumen político y de los desequilibrios fiscales y financieros que heredó y empeoró. Javier Milei rescata al menemismo y reivindica sus logros en materia de estabilidad, inserción en el mundo, modernización con un claro giro promercado y mejora de la infraestructura física y de la calidad de los servicios públicos. Pero parece dejar fuera de su mirada los aspectos oscuros de aquellos años: el debilitamiento de la calidad democrática –desde el Congreso-escribanía hasta el abuso de los DNU, pasando por los “jueces de la servilleta”–, los escándalos de corrupción o el derroche que llevó a un desborde del gasto público y un endeudamiento que a la postre fue imposible de sostener y derivó en el default de 2001.

No se trata de un hecho novedoso: tanto en la campaña como en su papel previo como economista mediático, Milei había expresado repetidamente su admiración por las reformas económicas implementadas en los 90, por el liderazgo de Carlos Menem y sobre todo por la impronta, la convicción y hasta la tozudez del verdadero arquitecto intelectual y eficaz gestor de ese período, Domingo Cavallo. Su giro pragmático desde que ganó el balotaje estuvo impregnado de tácticas y estrategias extraídas del vademécum menemista.

En primer lugar, su esfuerzo para ampliar su endeble aunque efectiva coalición electoral para construir una coalición de gobierno más abarcativa, plural y diversa. Semejante transformación no podría concretarse sin una refunfuñante legión de heridos, desplazados y engañados, en muchos casos de manera injusta. El presidente electo y su mínimo núcleo de influencia vienen actuando con una notable cuota de frialdad, tomando decisiones a menudo arbitrarias y con contradicciones y ruidos que podrían haberse evitado: se está gestando una metodología de toma de decisiones no siempre transparente ni mucho menos previsible, pero que cumple con algunos preceptos fundamentales. Por un lado, la decisión última es de Milei. También en un típico estilo menemista, parece querer convertirse en un hiperpresidente. En ese sentido, busca premiar la lealtad, imponer su opinión e incentivar conductas que reflejan disciplina y aun sumisión. ¿Por eso prefirió limitar el margen de acción de Victoria Villarruel al estricto ámbito del Senado? ¿Explica esto la distancia actual con Mauricio Macri, tan importante para sostener al líder de la LLA en especial a partir de las primarias, pero que se había entusiasmado tal vez demasiado con la entereza, solidez discursiva y potencial proyección de la nueva vicepresidenta? Menem tenía un instinto especial para detectar eventuales competidores (“traidores” en la cultura peronista) y desarticularlos, como el caso de Carlos Grosso (quien, paradójicamente, estuvo siempre cerca de la familia Macri). Milei parece haber desarrollado, muy tempranamente, una sensibilidad similar.

Otro rasgo típico de los 90 involucra la política exterior, particularmente la alineación automática con Estados Unidos. Menem mantuvo excelentes relaciones tanto con los republicanos (con Bush padre a la cabeza, “mi amigo George”, con quien hasta jugó al tenis en la quinta de Olivos) como con los demócratas a partir de finales de 1992, cuando Bill Clinton llegó a la Casa Blanca. Milei puso en el freezer su histórico favoritismo por Donald Trump para priorizar sus vínculos con la administración Biden, con la que tendrá que convivir por lo menos por algo más de un año y de la que necesita muchísimo apoyo. No solo por su influencia en el FMI. Esto le generó algunas críticas de las espadas mediáticas más extremas del GOP, que ven con sospechas ese giro hiperrealista y que expone la ausencia de prejuicios ideológicos por parte del líder libertario. Recordemos que Biden acaba de afirmar que probablemente no se presentaría a la reelección el próximo año si Trump desistiera de su intento de volver a la presidencia. A propósito de Trump, no resultó tranquilizante su reciente declaración de que no sería un dictador si vuelve al poder, excepto por el primer día de su eventual gobierno. ¿Piensa acaso en autoindultarse? ¿O tan solo en vengarse de sus múltiples críticos y detractores? Su popularidad dentro del Partido Republicano luce consolidada y muchos creen que tiene el camino despejado de cara a las elecciones de noviembre próximo. Necesita que continúe el malhumor social reinante a pesar de la baja de la inflación, los récords de empleo y la recuperación bursátil de este año.

El giro pragmático en materia de política exterior se complementa con el acercamiento a Israel y la decisión de avanzar en el acuerdo con la Unión Europea, insólitamente postergado por el Gobierno como para que nadie dude de su anacrónica postura proteccionista. Al mantener a Daniel Scioli como embajador en Brasil, el nuevo presidente busca aprovechar sus excelentes vínculos con todo el arco político de ese país. Es natural que Lula da Silva haya desistido de venir a Buenos Aires dada la presencia de su némesis, Jair Bolsonaro. Pero en Brasilia están buscando un mecanismo efectivo de relacionamiento con la nueva administración, en particular ahora que se agudiza el conflicto en Guyana por la amenaza de Maduro de invadir la región del Esequibo: si el principal aliado de EE.UU. en la región va a ser la Argentina, es casi inevitable que nuestro país esté forzado a involucrarse en los asuntos regionales más importantes. La hipotética presencia del Comando Sur en defensa de Guyana tan cerca de la frontera brasileña implicaría un hito sin precedente e intolerable para Lula, que inexplicablemente se distanció de EE.UU. a pesar del apoyo recibido durante su campaña electoral.

Para que la Argentina pueda salir de su ensimismamiento y recuperar influencia en el vecindario, es esencial ordenar la terrible herencia económica y encontrar una salida no traumática de la crisis. Allí la ampliación de la coalición original y la creación de una nueva y más amplia para gobernar toma especial impulso. Tal vez de sus años como arquero de las inferiores de Chacarita Milei aprendió que “el equipo que te asciende no te saca campeón”. Finalmente, haber desplazado de la agenda inmediata la dolarización no implica que para el nuevo gobierno esa opción haya quedado descartada: sigue en carpeta y más adelante podría haber algún intento de avanzar en ese sentido. ¿Luego de las elecciones de mitad de mandato en 2025, en función del resultado? Teniendo en cuenta la actual correlación de fuerzas, Milei puede obtener mayorías contingentes en el Congreso para dominar la crisis, pero no para avanzar en reformas tan estructurales como todavía polémicas.