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Abril de 2024
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Opinión y Actualidad

Milei y el símbolo del poder

El estilo del Presidente hace que acumule conflictos en su haber, cuando en realidad debe apelar a su capacidad de convencer

03/04/2024

Por Luis Costa* para La Nación

Probablemente Milei no ayude con su insistencia en describirse a sí mismo a través de conceptos ideológicos, ni tampoco colabore su complementaria obsesión contra el comunismo o cualquier indicador aproximado de socialismo en enemigos históricos o circunstanciales, como si fuera un integrante de la Asociación del Trabajo en 1918. Pero su persistencia en torno a este tipo de descripciones hace más dificultosa la observación de otros elementos específicos y fundamentales en relación a la esencia del sistema político. Sobre todo, lo que queda sin indicar es lo relativo al poder en tanto problema comunicacional. Es decir, en relación a su rol para resolver la viabilidad y aceptación, en los demás, de decisiones dificultosas en contextos de demasiada complejidad. Contextos en los que los éxitos de gobierno no se basan en referencias teóricas sino en doblegar voluntades ajenas, incluso cuando estas otras preferirían hacer algo diferente.

Tratar el poder como un símbolo, como aquello que se hace presente en condiciones de necesidad muy particular, permite acercarse a esperanzas teóricas que buscan ser totales. Algo que se observa tanto en Milei como en sus rivales, y que autoriza a asumirlo como un caso específico para relaciones sociales concretas.

Tanto para el marxismo como para el liberalismo, el tratamiento sobre el poder es más bien general, ya que la disputa y la mirada de sus respectivos mundos se basa en encontrar las mejores condiciones para el desenvolvimiento de las relaciones sociales. Por lo tanto, lo que se requiere en primer lugar es la definición de un orden para esa forma de actuar, para luego exponer las esperanzas de mundos imaginados siempre mejores, una vez que estos estén ya establecidos. Justamente, todo necesita quedar incluido en sus teorías, y ya nada tiene la posibilidad de diferenciarse de estas. Es normal que esto conduzca a esperanzas totalitarias.

Pero el poder puede ser pensado como un regulador de situaciones sociales puntuales. En un sentido básico, el poder debe estar presente en condiciones en los que sin duda una persona identificada con algún posible rango superior da una orden a otra, para que esta misma orden sea aceptada y ejecutada en consecuencia. La claridad de esta condición, que incluye al que da la orden y al que la recibe, permite que esta situación social específica sea claramente identificable como tal, y diferente a otras posibles en la sociedad, como podría ser una charla sobre los mosquitos o la preferencia por un lugar de vacaciones. El poder, de este modo, debe hacerse presente en condiciones distinguibles, sea en la China de Mao o en los Estados Unidos de Reagan, porque una orden deber ser comprendida como tal.

Al mismo tiempo, alrededor de esta descripción se puede exponer la existencia de problemas específicos en relación a las garantías que favorecen o no a que esto efectivamente ocurra. Milei no solo da órdenes, igual que Stalin o Alfonsín, sino que necesita que esas órdenes sean aceptadas y ejecutadas por otras personas. Así, el poder no solo debe quedar clarificado como una situación en sí misma, sino que debe contener las condiciones para su éxito, y dentro de las cuales la amenaza juega un rol conocido y fundamental. Y mejor será, y más potente, en los casos que la amenaza se mantenga como tal.

Expuesto esto como un mecanismo de análisis, se puede evidenciar que la potencia de una gestión de gobierno puede ser medida por su capacidad de ordenar voluntades ajenas en una relación de costo- beneficio óptima en términos de esfuerzo, porque es poderoso quien logra dirigir a los otros sin demasiadas aclaraciones o confirmaciones. No está claro que esto ocurra todavía con Milei.

En el diseño de su gestión, los problemas de orden burocrático, y por lo tanto de poder, parecen ser por ahora reemplazados por una modalidad de escándalo público. Milei viene ofreciendo desde su asunción como presidente una cantidad considerable de decisiones de alto impacto que no parecen lograr todavía una amplia aceptación, sino más bien rechazo. La caída de la “Ley de bases”, los idas y vueltas con los gobernadores, la expulsión de funcionarios, el riesgo de desintegración del DNU, las todavía sobrevivientes marchas de piqueteros o los cambios de planes para algunas privatizaciones exponen los “no” de la política a sus decisiones. El Presidente intenta reconvertir en indignación colectiva ese rechazo para de ese modo lograr otros “sí”, pero desde una fuente alternativa: la opinión pública. La estrategia es interesante, pero convive esta producción del escándalo con un problema: el uso exagerado de la violencia -en contra de una relación más virtuosa-, con la amenaza.

Para que el poder pueda funcionar debe hacerse presente, como dice Niklas Luhmann, como un código binario. Quien da una orden debe dejar en claro, o que quede claro en función del escenario en que esto se produzca, que en relación a una orden, siempre hay dos opciones concretas, en tanto una alternativa es la de aceptación (si), y otra la de rechazo (no). Y el poder necesita, especialmente, de la existencia evidente de ambas alternativas, ya que gracias a este esquematismo se permite complementar esta división con un tratamiento desigual en uno de estos lados en cuanto a que el rechazo tiende a vincularse con una amenaza. No son solo dos opciones, como quien decide qué producto comprar frente a una góndola, sino alternativas en las que alguna relación de estas presentadas implica riesgo. El conflicto es precisamente un rechazo comunicado a una orden.

Los gobiernos se enfrentan constantemente al desafío de reaccionar a secuencias de los “sí” y los “no” cada vez que comunican una decisión. En esto también se va su capacidad productiva de enlaces, ya que quien logra tener de su lado los “sí” se beneficia de las ganancias lucrativas del poder, pudiendo hacer fluir las situaciones de comunicación a mayor velocidad, ya que como también diría Luhmann, transforma a través de su símbolo, los rechazos en aceptación, y permite un transcurrir de los temas, de una decisión a la siguiente, sin necesidad de profundización o de debates. Quien comprende las consecuencias de hacer uso de la opción del rechazo, y se inclina por evitarlo, directamente actúa en consecuencia, y excepto en condiciones muy específicas, no requiere la extensión de los debates sobre los motivos de una decisión. El poderoso es quien logra cadenas de acción sin conflicto, solo con la garantía de las amenazas.

Haciendo un rastreo no demasiado dificultoso, puede describirse a la gestión de Milei como aquella que tiene que hacer demasiado uso de la violencia y la reafirmación de la amenaza explícita con ayuda de casos concretos, contra los enemigos circunstanciales, como muestra de lo que podría repetirse en el futuro. Pero en esta forma de accionar existe un inconveniente de sobrecarga en los procesos comunicacionales. El conflicto produce una circularidad en una situación de interacción que no es resuelta y que genera una extensión del tiempo en un futuro que no termina de quedar claro, más que como la sobrevivencia de ese problema. Milei en vez de alivianar los procesos de decisión, para aumentar las aceptaciones, genera condiciones públicas de violencia que garantizan la posibilidad de nuevos rechazos en el futuro. El producto paralelo a esto es la quietud extrema de sus equipos, ya que no solo el conflicto se expande hacia afuera, sino hacia adentro, con el riesgo de rechazo o de desautorización a gestiones de otros. La comunicación se pausa o se orienta hacia la colisión. Victoria Villarruel lo ha comprendido de manera magistral, en especial por su uso activo del conflicto para relacionarse con el Presidente.

El futuro de Milei será posible, no por condimentos de mayor o menor cuota de liberalismo, sino por su capacidad de convencer y sumar a otros que todavía no existen. El poder, como si fuera un depósito de potencia, es más fructífero cuando no se utiliza, igual que las reservas del Banco Central. Al servirse de sus excesos, Milei cae en su propia paradoja, ya que el uso exagerado del poder termina siendo el equivalente funcional de emitir billetes, que se cree resuelve problemas, pero es solo un mecanismo directo para generar inflación, que en su caso, es la inflación de los conflictos.

*Sociólogo