Santiago del Estero, Jueves 25
Abril de 2024
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Opinión y Actualidad

Con la inflación cerca de 10%, Milei toma impulso: ¿lo usará para mejorar su gestión?

OPINIÓN. El presidente espera confiado el IPC de marzo para confirmar que su programa se consolida. En verdad, termina la etapa más fácil del mismo: medidas de trazo grueso dictadas por su “intuición explosiva”. Y se ingresa a otra que exigirá mucha más coordinación y sintonía fina. ¿Él querrá cambiar, y podrá hacerlo a tiempo?

04/04/2024

Por Marcos Novaro para TN

La segunda mitad del mes que acaba de concluir fue el período de menor suba de precios desde julio del año pasado, cuando Massa empezó su campaña para la presidencia, abandonó del todo el programa con el Fondo Monetario y lanzó en su lugar el plan platita.

Desde entonces, tenemos una tasa de inflación promedio mensual bien por encima del 10% (solo en octubre pasado estuvo algo por debajo de ese porcentaje, pero esa moderación duró un suspiro y no hizo tendencia), con subas semanales, en particular en alimentos, cercanas o superiores a los 2 puntos, y en varios momentos picos de entre 3 y 7 puntos (el mayor de esos picos, en la tercera semana de diciembre, llegó en verdad al 11,5%).

En las últimas dos semanas de marzo, en cambio, la suba de precios de los alimentos se habría ubicado en 0,7 y 0,8% respectivamente (según datos la consultora LCG, hay cálculos un poco superiores, pero ninguno muy alejado del 1%).

No estaremos, en consecuencia, muy lejos del 10% en el acumulado del mes que acaba de terminar. Lo que sin duda es un gran logro, si recordamos el 25,5% de diciembre o el 20,6% de enero.

¿A qué se debe esta rápida disminución de la inflación?

Influye sin duda la recesión, que está llegando a su clímax: con precios nuevos y salarios viejos, dado que aún muchos sectores de actividad ni tuvieron tiempo de acordar recomposiciones por los últimos meses, el consumo está tocando fondo, y muchas empresas moderan aumentos, incluso algunas los retrotraen, para no seguir sacrificando ventas.

También aporta lo suyo la calma cambiaria y financiera: con el dólar blue quieto, desde febrero, tras retroceder varios peldaños desde los picos de enero, y las tasas de interés en retroceso, no hay incentivos por ese lado para remarcar.

Y habría influido, asimismo, alguna que otra manganeta del gobierno, como el retraso de los aumentos de algunas tarifas, sobre todo del gas, y exagerar la holgura de las cuentas públicas. Que es cierto alcanzaron rápidamente el superávit, pero por medios insostenibles, a menos que se quiera incendiar el país entero. Porque el Ejecutivo se maneja con un criterio de caja bestial, que está desfinanciando prácticamente a todo el aparato estatal, y volverá imposible pagar los sueldos y gastos esenciales a provincias, municipios, universidades y demás entidades públicas de mantenerse en los próximos meses.

Como sea, es lógico que el gobierno, en este arranque del mes de abril, utilice el clima que se ha instalado en relación a los precios, indudablemente muy distinto que el de diciembre y enero, con subas más espaciadas, puntuales y moderadas, para promover la idea de que estamos en el camino correcto, de que ya empiezan a verse los frutos del esfuerzo, y que es preciso darle más poder para que pueda consolidar el rumbo. Así que mejor los legisladores de oposición, los gobernadores y los jueces se dejan de embromar con frenar proyectos de ley, DNUs o cualquier otra de sus iniciativas.

Varios escollos

Aunque esa forma de ver las cosas oculta o subestima varios escollos que complican el camino que Milei se ha trazado, y que pueden agravarse en adelante, si él insiste en ignorarlos.

El primero es uno que se ha demostrado infalible y difícil de superar para todos los países que enfrentaron una alta inflación crónica: es mucho más fácil pasar de una tasa del 25% mensual a una del 10%, que ir de una del 10 al 5%; y las complicaciones crecen aún más cuando se trata de pasar del 5 al 2% y así sucesivamente.

Y téngase en cuenta, además, que con 10% mensual todavía estamos casi tan mal que cuando Massa empezó a tirar la casa por la ventana, a mediados del año pasado: la tasa anual sería, si se mantuviera ese ritmo en los siguientes 12 meses, un poco más del 300%, un desastre que ni Milei ni nadie podría presentar como un éxito al final del período.

A eso se suma el efecto negativo que tendrá ir alejándonos del momento más crítico de la emergencia: los esfuerzos que se justifican y las malas noticias que se toleran cuando los precios están claramente descontrolados, no son tan fáciles de imponer cuando el mismo gobierno empieza a promocionar su éxito en la materia, y dice tenerlos bajo control. Esto complicó ya en el pasado a muchos gobiernos argentinos. Para empezar, le sucedió a Raúl Alfonsín: él, con el Plan Austral, frenó también una “casi hiper” en 1985, cuando durante varios meses tuvimos tasas mensuales en torno al 30%; pero al año siguiente le fue imposible sostener el esfuerzo antinflacionario, no pudo perforar el piso de 3-5% mensual, que pasó pronto, a mediados de 1986, a ser de algo menos de 10%, y para la segunda mitad de 1987, pese a los congelamientos, controles y demás medidas de emergencia que se adoptaron en el ínterin, superaría ya holgadamente ese porcentaje, para seguir rompiendo marcas a todo trapo hasta el final de esa administración.

Los planes de estabilización, para arrojar algunos éxitos iniciales no necesitan siquiera ser muy sofisticados, tampoco ser consistentes o estar bien coordinados, pero sí lo necesitan para sostenerse en el tiempo y tener éxito a mediano y largo plazo.

Se necesita algo más

En resumen, Milei y Caputo necesitan hacer algo más que lo que están haciendo en materia de lucha contra la inflación para que el curso descendente que hemos visto siguió el IPC en los últimos tres meses se continúe y profundice. Eso que necesitan hacer no es más de lo mismo, exige otro tipo de recursos, más coordinación y previsibilidad en las medidas sobre la apertura comercial, el mercado cambiario, las tasas de interés, el financiamiento público, los salarios, los impuestos y los gastos del estado. Y necesitan hacerlo pronto, antes de que la emergencia deje de jugar a su favor y resurjan la desconfianza y las resistencias a pagar costos.

El problema es que no está para nada claro que haya un consenso siquiera entre ellos dos, no hablemos del resto del equipo de gobierno, al respecto. Y tampoco las iniciativas que están dando vuelta, la nueva ley ómnibus o el paquete fiscal, alcanzan a disipar esas dudas.

Al contrario, pareciera que la cúpula gubernamental se ha ido convenciendo de que están ya en la senda correcta, y más todavía, que superados los problemas propios de su instalación en el poder, ahora están por entrar a una fase de consolidación, en que tendrán para cosechar unos cuantos “premios al esfuerzo”, y todo se volverá más fácil, tomar nuevas medidas, conseguir apoyos, vencer resistencias. Cuando los espera más bien lo opuesto.

La gestión va a tener que pasar pronto y rápido de administrar medidas de trazo muy grueso, a lo que Cristina Kirchner llamaría “sintonía fina”. Y hacerlo le va a requerir ante todo al presidente abandonar su intuicionismo explosivo, esa suerte de mantra que convierte cualquier ocurrencia que se le pase por la cabeza en una decisión, un tweet, o una querella. Si en cambio el camino recorrido hasta aquí lo convence de su infalibilidad, de que necesita hacer “más de lo mismo”, va a meterse en problemas muy serios.