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Julio de 2024
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Opinión y Actualidad

La OTAN tiene dos problemas: frenar a Putin y educar a Trump

Nadie sabe con total precisión lo que tienen o esconden las naciones hostiles al hoy irreconocible "mundo occidental".

23/06/2024

Por Jorge Riaboi, en diario Clarín
A principios de junio, Martin Wolf, el influyente editor y columnista del Financial Times, advirtió que la llegada al poder de una marea de gobiernos nacionalistas, autoritarios y xenófobos en las naciones localizadas en el Atlántico Norte, puede socavar el Orden Mundial que hoy rige tanto la vida como la visión geoestratégica del planeta (ver “Nationalism threatens world order”, del 4/6/2024).

También sostuvo que las irresponsables declaraciones del candidato presidencial republicano Donald Trump, acerca de las reformas que su país desea aplicar en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pueden reducir la capacidad disuasiva y defensiva de las naciones más prósperas de Occidente y fortalecer, al mismo tiempo, los apetitos imperiales de Vladimir Putin y sus aliados.

Ello incluye el posible realineamiento de naciones hasta ahora leales a Washington, como Australia y Nueva Zelandia, lo que de ningún modo es una buena noticia.

Obviamente, la palabra occidental u Occidente hoy representa a una cultura muy distinta a la que solía apoyarse en las versiones neoliberales de la economía social de mercado, las libertades públicas y la regla de la Ley.

Wolf también aseguró que tanto la displicencia como la siniestra y quizás aparente improvisación de Donald Trump, pueden horadar la frágil y anárquica defensa militar de Europa, una movida que pone sobre el tapete un teatro de conflictos muy sensible y similar al que generó, durante la primera mitad del siglo pasado, dos sangrientas guerras mundiales.

Hasta aquí, nada que desconozcan los estrategas de política exterior que saben hacer sus deberes y actuar en consecuencia, méritos que no incluyen soluciones mágicas, incruentas o de bajo costo.

Lo que sí resulta novedoso, es ver a Trump inmiscuirse no sólo en los sabotajes que gestiona Washington para bloquear la reforma y modernización de instituciones como el Fondo Monetario, el Banco Mundial, la OMC y la OIT, sino en las entidades vinculadas al forcejeo y las disputas de carácter militar y geoestratégico.

Anteriormente Putin y sus aliados solían pensar unas cuantas veces antes de confrontar con las treinta y dos naciones que hoy integran la membresía de la OTAN.

La gente malpensada también puede imaginar que Trump no sólo quiere ahorrar fondos presupuestarios y un nuevo sacrificio de vidas humanas en experimentos bélicos, sino proporcionar una ayuda indirecta a su “amigo” Putin. Durante sus primeros cuatro años en la Casa Blanca, el actual candidato presidencial decía confiar más en los servicios de inteligencia rusos que en la comunidad de inteligencia de su propio país.

Ningún experto ignora que los arrebatos de Vladimir Putin cuentan con distintos niveles de respaldo en China continental, Irán y Corea del Norte, países liderados por gente que no cree excesivamente en el valor de las soluciones diplomáticas sin respaldo tangible de las fuerzas armadas y posee una vasta, moderna y creciente ferretería militar.

La experiencia también nos dice que atribuirle talento estratégico a Donald Trump es un acto de generosidad. En cambio, desconocer su probada capacidad destructiva, como la que exhibió en su primera presidencia al declarar sendas guerras comerciales en el ámbito de la siderurgia y el aluminio con doce países y regiones, entre los que incluyó a la Unión Europea, Brasil y la Argentina, no sería justo.

Tampoco es recomendable asignarle lucidez y liderazgo a la clase política estadounidense en la actual constelación del universo capitalista. Hace tiempo que papá Estado tiene muchas responsabilidades en dicha economía.

Bajo esa perspectiva, y mientras se aclaran las dudas existenciales, es necesario entender que aún no queda claro si Trump quiere gestionar la suspensión del principio de asistencia defensiva, recíproca, conjunta y solidaria ante las amenazas de poderes como los antes citados (artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte) sólo a los países que no alcanzaron un nivel apropiado de gastos en defensa, o en realidad quiere liquidar todo el sistema disuasivo de asistencia recíproca que demostró ser muy eficiente.

En estas horas tales argumentos son materia de archivo. Aunque no es claro si ya son 20 o 23 de los 32 países que integran la OTAN los que ya cumplen la exigencia de invertir en defensa el 2 por ciento del PBI, los empujones de Trump son, antes que nada, un acto inoportuno y un peligroso error estratégico.

Tampoco resultaron aceptables los comentarios que Donald hizo en febrero último, cuando dijo que les dirá a los enemigos de Occidente que hagan lo que quieran con las naciones que no cumplen, o cumplen a medias las decisiones presupuestarias de la OTAN.

Curiosamente tanto Polonia como Estonia elevaron la proporción de sus gastos defensivos bastante más que los Estados Unidos, generando un estado de espontáneo sobrecumplimiento.

El Tratado de la OTAN se parece mucho al Tratado Interregional de Asistencia Recíproca (el TIAR) que vio la luz un año antes en el marco de la OEA (lo que sucedió en 1948, ya que la OTAN recién se estableció en 1949). En ambos casos Washington ejerció un notorio liderazgo, a pesar de que las reglas de ambas instituciones nunca fueron puestas intensamente a prueba.

La Argentina intentó recurrir sin éxito a la aplicación del TIAR cuando el gobierno militar de 1982 quiso recuperar por la fuerza nuestras Islas Malvinas y los territorios circundantes. Pero en esa oportunidad la Casa Blanca decidió respaldar al gobierno británico de Margaret Thatcher, un país con el que Washington mantiene fuerte lazos históricos, además de compartir equivalentes obligaciones en el ámbito de la OTAN.

Lo cierto es que, en estos días, los politólogos aún no están seguros de que Trump conseguirá volver a la Casa Blanca o que no será encarcelado por las múltiples picardías de probada ilegalidad que hizo como presidente, como empresario y como un oscuro comprador de silencio con quien satisfizo su adicción al sexo profesional de alta gama.

Los analistas destacan que, si bien el grupo de treinta y dos naciones de la OTAN no es tan importante como en el pasado, todavía controla el 50% de la economía mundial y su clase política aún cree liderar, por lejos, la tecnología, la industria y la inteligencia del arte militar, una certeza que conviene actualizar con frecuencia. Nadie sabe con total precisión lo que tienen o esconden las naciones hostiles al hoy irreconocible mundo occidental.

A lo largo de los 75 años de existencia, el Artículo 5 sólo se invocó activamente en la OTAN cuando Estados Unidos fue objeto del atentado terrorista que destrozó por completo las Torres gemelas del World Trade Center de Nueva York y recibió otro ataque paralelo, de reducidas consecuencias, en las instalaciones del Pentágono.

A quienes aún no conocen a Martin Wolf, les convendría saber que, aparte de su labor en el Financial Times, es un prolífico escritor y fue un economista de alto rango en el Banco Mundial.

En adición a ello, Wolf es alguien que en años recientes adquirió el vicio de opinar sobre política comercial sin haber pasado por la trituradora del Sistema GATT-OMC, un rasgo inaceptable para quienes estamos entrenados en la detallada negociación de sus complejas disciplinas. De todos modos, esa reserva no nos impide seguir con atención sus siempre valiosas reflexiones.

Actualmente su vocación no tiende a desentonar mucho con lo que pasa en Ginebra, ya que la OMC no se parece a la vibrante Organización que generó las reglas sobre derechos y obligaciones que rigen la política comercial de su vasta membresía.

Peor aún. Wolf es un talento intelectual que después de adoptar con entusiasmo las ideas de Friedrich Hayek (uno de los padres cósmicos de la escuela austríaca), optó por navegar con los enfoques de John Maynard Keynes, lo que es una imperdonable afrenta a la presente religión académica de Javier Milei.

Finalmente debo reconocer que estoy pecando. Hay quien no me perdonará el haber incursionado en los avatares de la OTAN, dado mi voluminoso prontuario de negociador de política comercial.

A ellos me apresuro a decirles que no volveré a hacerlo si Rodolfo Terragno, Daniel Sabsay y Sergio Massa dejan de escribir y hablar sobre teoría económica o, según corresponda, de usurpar el Ministerio de Economía.

Sólo un economista puede desestabilizar la economía y sabotear el desarrollo sostenible con toda naturalidad. En la profesión es bien visto consumir modelos econométricos en lugar de un distinguido bife de chorizo.

Nada es lo que parece.