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De la fe a la biotecnología: por qué la inmortalidad ya no es solo una fantasía

Las declaraciones de Elon Musk en el Foro Económico Mundial de Davos, los avances científicos en longevidad y un debate que cruza tecnología, poder y desigualdad vuelven a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿quiénes podrán vivir más y bajo qué condiciones?

Hoy 08:34

“Who wants to live forever…”, canta Freddie Mercury. Pero ya no es una escena de Highlander ni una épica romántica sobre la eternidad. Esta vez, la frase resuena en un contexto mucho más terrenal —y perturbador—: Elon Musk afirmando en Davos que el envejecimiento “es un problema muy solucionable” y que, una vez comprendidas sus causas, la solución será “increíblemente obvia”.

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La frase se volvió viral, meme y objeto de burla. Otra exageración del empresario que habla de colonizar Marte como si fuera una obra pública más. Sin embargo, detrás del tono provocador hay algo que incomoda: la idea de que la muerte, durante siglos eje de religiones, culturas y proyectos de vida, empiece a ser tratada como un problema técnico.

La nueva obsesión de las élites tecnológicas

Lo dicho por Musk no es un hecho aislado. Forma parte de un clima que medios internacionales vienen señalando desde hace tiempo. The Guardian lo sintetizó con crudeza: para ciertos sectores de poder, el envejecimiento ya no es un destino inevitable, sino un fallo que puede corregirse.

Inversiones millonarias en startups de longevidad, clínicas privadas, tratamientos experimentales, biohacking y agendas públicas y privadas organizadas alrededor de una misma idea: vivir más. No importa todavía si eso es posible. Importa que hay personas con enorme poder económico y político que actúan como si lo fuera.

Este universo no es marginal. Está integrado por empresarios tecnológicos, CEOs, fondos de inversión y científicos de punta que se mueven entre Silicon Valley, universidades de élite y laboratorios privados. Ya hace más de una década, Newsweek advertía que la posibilidad de vivir “un siglo o incluso varios cientos de años” comenzaba a convertirse en uno de los debates más controversiales del siglo XXI.

Longevidad extrema y “escape velocity

Hoy, esa ambición se organiza alrededor de un concepto que circula cada vez con más naturalidad: longevity escape velocity. La hipótesis plantea que podría llegar un punto en el que los avances científicos permitan ganar más años de vida de los que se pierden por el paso del tiempo.

No se trata de vivir para siempre hoy, sino de vivir lo suficiente para alcanzar el próximo avance… y luego el siguiente. En términos simples: si los 60 de hoy no se parecen a los de hace medio siglo, quienes lleguen bien a los 80 podrían acceder a terapias que hoy todavía son experimentales. La inmortalidad aparece así no como un derecho universal, sino como un privilegio anticipado.

Ciencia real: cuando el envejecimiento deja de ser teoría

Mientras el debate público oscila entre fascinación y burla, en los laboratorios ocurren cosas concretas. Investigaciones recientes vinculadas a la Universidad de Harvard lograron restaurar funciones visuales en modelos animales envejecidos mediante técnicas de reprogramación epigenética, incluso en cuadros similares al glaucoma.

El procedimiento no modifica el ADN, sino la forma en que ciertos genes se expresan. En otras palabras: células adultas recuperan funciones propias de estados más jóvenes. No es inmortalidad. Es algo más inquietante: rejuvenecimiento funcional localizado. La ciencia no entra por la puerta de la eternidad, sino por la de la cura. Pero al hacerlo, corre un límite que durante siglos parecía inamovible.

¿Vivir para siempre… para qué?

La cultura ya exploró esta pregunta. En The Good Place, una comedia filosófica disfrazada de sitcom, los humanos alcanzan un paraíso perfecto. Con el paso de los siglos, luego de hacerlo y saberlo todo, algo se apaga: el deseo. Para que la experiencia vuelva a tener sentido, necesitan una salida. Un final.

Jorge Luis Borges lo pensó antes en El inmortal. En un mundo sin muerte, nada es único, nada es precario, nada importa del todo. “Entre los mortales, todo tiene el valor de lo irrecuperable”, escribe. Entre los inmortales, todo se diluye.

Harari, Musk y la desigualdad del tiempo

Yuval Noah Harari ya había advertido en Homo Deus que uno de los grandes proyectos del siglo XXI sería la búsqueda de la inmortalidad biológica. La muerte deja de ser misterio o castigo y pasa a ser una falla técnica. No porque sea fácil resolverla, sino porque pensarla así cambia nuestra relación con el tiempo y los límites humanos.

El biogerontólogo Aubrey de Grey va más lejos: sostiene que el envejecimiento es un conjunto de daños reparables y que “la primera persona que vivirá hasta los 150 años probablemente ya nació”. Para él, si es posible, es un deber moral hacerlo.

Harari plantea otra alerta: incluso si fuera técnicamente viable, las consecuencias sociales serían profundas. Aparecería una nueva desigualdad, más radical que la económica: la desigualdad temporal. Décadas adicionales de vida activa concentradas en determinados grupos. Herencias que no serían solo materiales, sino biológicas.

América Latina y la otra cara del debate

En América Latina y en la Argentina, el contraste es brutal. Mientras una élite global discute cómo no morirse, millones de personas luchan por algo mucho más básico: llegar a viejos con ingresos, salud, cuidados y compañía. No se envejece igual en todas las clases sociales ni en todos los territorios.

La longevidad ya es un hecho estadístico: vivimos más que nunca. La pregunta dejó de ser si podemos vivir más tiempo. Ahora es qué hacemos con esa vida más larga, cómo se distribuye y bajo qué condiciones. Tal vez, en un futuro no tan lejano, el dilema ya no sea si podemos vivir para siempre, sino cuántos, quiénes y cómo.

Porque, como diría Borges, quizás sea en el azar y la precariedad —y no en la eternidad— donde todavía encontramos el sentido de la vida.