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Opinión y Actualidad

Colombia: la seguridad como relato de guerra

En "La gallina ciega", escrita tras su regreso temporal a España en pleno exilio, Max Aub advertía que no podía ser juez imparcial de una realidad de la que formaba parte.

Hoy 07:03

Por Carmen Parejo Rendón
Para RT

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Esa prevención sirve también para Colombia: la fingida equidistancia no siempre es neutralidad, sino una toma de partido encubierta. Lo que allí se juega no es solo una contienda electoral, sino el reflejo de una lucha histórica que nos implica a todos.

Los grandes medios internacionales —también muchos en España— lo han entendido bien. Su equidistancia habitual resulta cada vez menos discreta. Ocurre con Cuba, cuando desde el diario El País se presenta como un "deber" de la izquierda acabar con la Revolución cubana. Y ocurre con Colombia, cuando se intenta reducir a Petro a la caricatura de un dirigente desquiciado, mientras se omite que existe un debate de fondo sobre el sistema electoral colombiano y que, en un país con su historia, ninguna denuncia de ese tipo debería despacharse sin más como una locura.

Sin embargo, la palabra de moda, también en estas elecciones, es seguridad. Pero conviene detenerse en ella. La RAE define seguridad como la "cualidad de seguro", y seguro como aquello que está "libre o exento de riesgo". Por eso, cuando se habla de seguridad, no deberíamos aceptar el término como si fuera evidente por sí mismo. Hay que preguntar: ¿seguridad para quién?, ¿frente a qué riesgos?, ¿y quién decide cuáles son esos riesgos?

Colombia es la masacre de las bananeras que narró Gabriel García Márquez; es el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y el 'Bogotazo'; pero también Chiquita Brands financiando a las AUC, el despojo de comunidades afrodescendientes, la violencia antisindical y el asesinato de líderes sociales y ambientales.

Con esa historia detrás, la seguridad no puede reducirse al miedo individual al delito: hay que preguntar si se habla de la seguridad de la comunidad campesina que reclama tierra o de quien la despoja; del sindicalista que organiza trabajadores o de la empresa que necesita disciplinarlos. Porque, como vemos, la seguridad de unos significa la persecución o el asesinato de otros.

Por eso la palabra llega cargada a la segunda vuelta colombiana. No aparece como una promesa neutra, sino como parte de una historia de muertos y territorios arrasados. Tampoco sorprende el uso del término por parte de Abelardo de la Espriella, vinculado a la parapolítica y al ciclo de la “seguridad democrática”, en cuyo marco se expandieron los falsos positivos. Así, la seguridad no llega limpia a esta elección, sino atravesada por una pregunta central: qué vidas se protegen y cuáles se vuelven prescindibles.

Pero esa pregunta no termina en Colombia. Su papel en el disciplinamiento regional también es histórico. El Plan Colombia consolidó una lógica de militarización bajo el discurso de la seguridad. Y esa experiencia se proyectó: exmilitares colombianos operando como mercenarios en conflictos internacionales muestran cómo ese modelo se exporta.

Ahí aparece la dimensión más amplia: la construcción de un relato global de la seguridad que justifica prácticas violentas. ¿Podemos ignorar que estas elecciones se dan mientras Estados Unidos ejecuta acciones en la región bajo ese mismo discurso? Ese lenguaje se conecta con una política cada vez más agresiva en América Latina.

El relato de la seguridad

La seguridad, en ese relato, no es una condición material para las mayorías, sino un permiso para castigar. Un mecanismo que convierte la agresión en defensa, primero creando miedo y luego justificando la violencia.

Ese mismo esquema, en Colombia, se traslada al terreno electoral: la delincuencia común se convierte en el rostro del problema, mientras se ocultan las causas estructurales de la desigualdad. Así, se utiliza el miedo para legitimar mayor poder represivo.

Sin embargo, no significa lo mismo la seguridad para quien teme perder privilegios que para quien teme perder la vida. Y menos en un país donde las mayorías han sido históricamente perseguidas por una élite.

Frente a esto, la izquierda ha mostrado dificultades para disputar ese sentido, intentando no generar miedo y aceptando en parte ese marco discursivo. Pero enfrente hay un bloque que convierte el miedo en programa político. Por eso, la seguridad no puede seguir siendo una palabra monopolizada por quienes la usan para justificar el terror.

Colombia no es solo violencia; también es resistencia histórica. En 'Cien años de soledad', el coronel Aureliano Buendía encarna una persistencia que atraviesa generaciones. Esa insistencia, pese a derrotas y violencia, sigue presente en la historia colombiana y también en estas elecciones.

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