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Sigue la interna sindical: el nuevo plan de lucha de la CGT sumó interrogantes sobre la ofensiva contra Milei

El sector dialoguista de la CGT, que es mayoritario, se impuso nuevamente a los sectores más duros, que pugnaban por un paro de 36 horas, y logró la aprobación de las protestas “a la francesa”.

Hoy 13:14

La CGT puso en marcha un nuevo plan de lucha contra Milei, pero la decisión de retomar la ofensiva no calmó la interna entre sus sectores internos y, por lo tanto, se abren dudas acerca de cómo instrumentar protestas sectoriales y rotativas que requieren de acuerdos firmes y extrema coordinación en medio de un escenario dominado por intrigas, diferencias y recelos.

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Por lo pronto, el sector dialoguista de la CGT, que es mayoritario, se impuso nuevamente a los sectores más duros, que pugnaban por un paro de 36 horas, y logró la aprobación de las protestas “a la francesa”, una iniciativa que desde hace meses proponían infructuosamente los sindicatos del transporte como una forma de no hacer una huelga aislada y esporádica sino “paros sostenidos en el tiempo” que, según esperan, podrían horadar la coraza impenetrable del Gobierno al aplicar sus políticas.

Pero los moderados cegetistas consiguieron una vez más tener la mayoría en el Consejo Directivo en medio de un cuadro de sugestivas ausencias de dirigentes, mucha presencia de sindicalistas de segunda y tercera línea e incluso con algunos que no dudaron en retirarse antes de una reunión decisiva porque estaba previsto debatir la estrategia para retomar las protestas contra Milei.


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Hubo faltazos de Héctor Daer (Sanidad), José Luis Lingeri (Obras Sanitarias), Sergio Palazzo (bancarios), Osvaldo Lobato (UOM), Sergio Sasia (Unión Ferroviaria), Juan Pablo Brey (aeronavegantes), Guillermo Moser (Luz y Fuerza) y Víctor Santa María (encargados de edificios), entre otros, justificados por viajes programados, cuestiones de salud o excusas diversas.

Pero en los pasillos del edificio de Azopardo 802 hubo mucho ruido por algunas de las ausencias. Sobre todo la de Héctor Daer, miembro de “los Gordos”, quien este jueves viajó a Santa Cruz para reunirse con la CGT local, con el gobernador Claudio Vidal y otras autoridades.

Para los críticos del líder de Sanidad, su agenda en Río Gallegos fue una jugada para diferenciarse de lo que iba a decidir la CGT y, para colmo, con un encuentro con un gobernador surgido de las filas sindicales, pero cuyos legisladores votaron artículos de la reforma laboral como el Fondo de Asistencia Laboral (FAL) y el traspaso del fuero del trabajo a la Ciudad de Buenos Aires.

Cerca de Daer, sin embargo, negaron cualquier sospecha sobre el viaje: aseguraron a Infobae que estaba previsto antes de que se citara al Consejo Directivo y que tenía que ver con una reunión con la CGT santacruceña, lógica porque este dirigente es secretario del Interior cegetista. Y con respecto al contacto con Vidal, afirmaron que fue iniciativa del mandatario cuando se enteró de su visita y que forma parte del diálogo que hay que mantener con todas las expresiones del poder en el país.

Al mismo tiempo, en el entorno de Daer advirtieron que comparte plenamente el curso de acción decidido por la CGT: “Con estas medidas apuntaremos a generar un debate para que se comprenda lo que estamos viviendo en materia socioeconómica y laboral”, enfatizaron.

Aun así, que haya habido corrillos en la CGT sobre dónde estaba Daer confirma el tenso clima interno que se vive en la central obrera. O que se sigue viviendo, en realidad: también existía antes de que eligiera la actual conducción, en noviembre pasado. Eso explica que también haya habido comentarios sobre la ausencia de Brey, uno de los líderes de la confederación del transporte (CATT) y promotores de los paros “a la francesa”, porque él mismo difundió una foto del encuentro que mantuvo con Pablo Moyano, viejo enemigo de la cúpula dialoguista de la CGT, supuestamente mientras se debatía en Azopardo 802.

En este caso, para calmar los ánimos, el cotitular de la CGT Cristian Jerónimo (empleados del vidrio) también tuvo un día antes su reunión y foto con el hijo de Hugo Moyano. Sólo la interna perpetua del sindicalismo hace que predomine la desconfianza en cada gesto de sus dirigentes. En este caso, Pablo Moyano había cuestionado hace una semana a la CGT al considerar que ante la reforma laboral del Gobierno “ha tenido tres estrategias, dos le fallaron, que es la justicia y charlar con los gobernadores, y nos queda la calle”. Parece lógico, como resaltan en la cúpula cegetista, que en este flamante regreso a las protestas se busque tender puentes con todos, incluso con los más críticos.

La interna sindical también se encendió por la decisión del bloque disidente de Luis Barrionuevo (gastronómicos) y Omar Maturano (La Fraternidad), más la Unión Tranviarios Automotor (UTA), que ya no integra la CGT, de unirse para presionar por un paro de 36 horas. Es el mismo sector que perdió votaciones cuando se eligió la nueva conducción cegetista y que, desde entonces, objeta la estrategia prudente del sector dialoguista.

Curiosamente, como anticipó Infobae, un dirigente sindical que participó activamente del encuentro piloteado por Barrionuevo y Maturano, donde se acordó reclamar un paro de 36 horas y hasta se habló de cortar las vías, llamó luego a un líder dialoguista de la CGT para aclararle que él no compartía lo que se había acordado. Claro que no lo había planteado en ese momento, donde, como el resto, se puso en modo combativo.

Todo este clima, matizado por cruces de acusaciones, siempre en privado: los más intransigentes acusan a los moderados de haber mantenido una actitud pasiva que fue funcional al Gobierno, mientras que los dialoguistas reprochan a sus adversarios internos exigir protestas drásticas cuando no lograron que paren sus propios afiliados durante las huelgas de la CGT.

Si la CGT quiere innovar para protestar, que fue el sentido de adoptar un modelo de paros similar al utilizado en Francia contra la reforma jubilatoria de Emmanuel Macron, deberá esforzarse primero en lograr una tregua interna. Hacer paros por sectores, en forma rotativa y sostenida en el tiempo, obligará a sus dirigentes a consensuar más, dejar el estado de sospechas permanentes, esforzarse en coordinar las acciones y abandonar el viejo reflejo de la fractura.

A la luz de la experiencia de las últimas décadas, será el principal desafío de lo que viene para la CGT, más allá de lo que haga o deje de hacer la administración Milei.

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