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Opinión y Actualidad

Milei llegó al poder con Cerimedo, y eso sigue complicándole la tarea de gobernar

El oficialismo venía esforzándose por cambiar la agenda negativa dominante, con nuevas iniciativas en el Congreso, como la del Banco Central, y moderando las tensiones con sus aliados. Pero apareció Cerimedo, y encima escaló la discusión por la mora. Así que volvió para atrás los pocos casilleros que había avanzado.

Hoy 06:08

Por Marcos Novaro, en TN

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En estos días se puso más a la vista que nunca que no hay peor enemigo para los objetivos reformistas del gobierno que el fanático extremista que habita en Javier Milei.

Tras los tropiezos que vivió la agenda legislativa del oficialismo en las últimas semanas, por haber privilegiado reformas que no eran esenciales y encima tenían poco consenso entre los aliados, como fue el caso con la eliminación de las PASO y la Ley de Tierras, en el gobierno se tomaron el trabajo de seleccionar mejor sus próximas iniciativas, concentrarse en lo esencial y en lo que tiene más chances de avanzar. Por ejemplo, la reforma de la Carta del Banco Central.

Eso llevó a los referentes más preparados del nuevo régimen económico en gestación a dar un paso al frente dentro de la tropa oficialista, para explicar públicamente lo que se pretende lograr con este proyecto. Y en cuanto él se empezó a discutir, se pudieron advertir varias diferencias con lo vivido anteriormente: ahora sí se entendían los objetivos y fundamentos, los argumentos no eran contradictorios según cuál de las múltiples facciones del gobierno se manifestara, y el eco entre los habituales aliados del oficialismo era bastante amplio y sin demasiadas vueltas. Todo lo cual probaba lo mal que se habían estado definiendo la secuencia y las prioridades en los meses previos.

Santiago Bausili explicó, ante un auditorio muy nutrido de economistas, periodistas y empresarios, convocado por FIEL, los cinco puntos esenciales del proyecto de reforma, el foco en defender el valor de la moneda, la prohibición de financiar al Tesoro, etc., y las lecciones tomadas de la experiencia internacional y local. Luis Caputo y Federico Sturzenegger se explayaron sobre la ganancia de confianza que puede esperarse de una regla que sea difícil de ignorar y más todavía de eliminar en el futuro; y los legisladores oficialistas que empezaron a tratar el proyecto en comisión llevaron ventaja frente a sus adversarios del kirchnerismo, que solo atinaron a retirarse del debate.

Tras meses de zozobra o inactividad en un Congreso del que a principios de año el oficialismo esperaba mucho más, con la focalización en este tema él se abrió la oportunidad para tomarse revancha, y mostrar que conserva la iniciativa, que sus aliados no lo han abandonado (por más que se le hayan retobado en otros temas más conflictivos), y que la oposición dura no tiene consenso.

Pero, como suele suceder, cuando parecía que iba a poder superar el clima de desánimo en que había venido enterrándose, el propio gobierno se ocupó de volver a echarse tierra encima. Hace días que el tema del Banco Central, en vez de crecer en la atención pública, tendió a desinflarse y volverse cada vez menos relevante. Porque lo que se pasó a discutir fue, de nuevo, la propensión de Milei a alimentar a una runfla de extremistas tan inútiles como impresentables, y a convertir dificultades acotadas en disgustos enormes.

El escándalo Cerimedo opacó el desopilante episodio que protagonizó también en estos días Facundo Moyano (finalmente, éste solo persiguió a su chica por la calle, de madrugada y semidesnuda, pero no mandó a matarla ni mucho menos), y mostró, por si hacía falta, que Adorni, Spagnuolo y el Gordo Dan no son excepciones sino la regla en ese círculo. Que el mileísmo original, puro y duro, el que acompaña al presidente desde sus tiempos de candidato, es una colección de personajes uno más peligroso y destructivo que el otro. Y que el propio presidente fue y sigue siendo la fuente del problema: por su propensión a simpatizar con gente que combina costumbres lúmpenes con dosis muy altas de virulencia y ambiciones desmedidas; y por su negativa a reprimir ese costado suyo, en beneficio de los profesionales de la gestión pública y la política que realmente lo ayudan a sostener su gobierno.

Con lo cual volvió a darle pasto hasta a los más devaluados de sus críticos, para que ganaran protagonismo. Las ex mileístas Victoria Villarruel y Marcela Pagano se destacaron entre ellos, encantadas de poder tomarse revancha por su declive en la atención pública y su alejamiento del poder. Siendo que mientras estuvieron a su sombra, en los tiempos en que Cerimedo era también una figura destacada del movimiento libertario, nunca les pareció la suya una presencia inconveniente.

Tampoco a ellas les hace ruido, claro, que la conversión de esa runfla impresentable inicial en un equipo de gobierno mínimamente sustentable haya prescindido de sus servicios en igual medida que de los de Cerimedo. Y ahora también de los de Adorni. Y antes de los de Espert. Pero el oportunismo de esas viudas del poder no disculpa al presidente, claro. Que igual tiene que explicar por qué sigue defendiendo el “aporte invalorable” del ahora encausado por intento de asesinato en Bolivia, igual que hace también con Adorni en sus causas por enriquecimiento ilícito, y con Espert en las suyas por lavado, y demás.

El otro asunto que ocupó la agenda en estos días, desplazando casi por completo al Banco Central y todas las otras iniciativas con que el gobierno intenta fortalecer en estos días la estabilización, defender el valor de la moneda y, entre otras cosas, impulsar el crédito, por tanto la inversión, el consumo y finalmente el crecimiento, fue la experiencia traumática que han tenido con el mercado de crédito, justamente, unos cuantos millones de argentinos. Muchos de los cuales confiaron en que con los cambios en curso iban a poder tener una mejor experiencia del capitalismo de mercado que sus padres, o que ellos mismos en décadas pasadas, y fruto de las altísimas tasas de interés tuvieron una igual de mala.

Ahí se lanzaron también de cabeza los críticos virulentos del programa oficial, a reclamar estatización de deudas, fijación manu militari de las tasas de interés, en suma, destrucción del mercado, que fue, es y será siempre, en su cosmovisión, la fuente del problema. Pero como el gobierno se negó a reconocer que este siquiera existiera, y repitió una y otra vez que era un asunto “particular”, “entre privados”, aunque se multiplicara en infinidad de casos, no hizo más que abonar la impresión de que el mundo se divide en gente sensible que odia el mercado y nos quiere cuidar de sus atropellos, y gente insensible que lo adora como los enemigos de Dios al becerro de oro, y nos entrega a sus abusos.

El tipo de escenario en que se podría justificar volver al pasado. Aunque aún esa siga siendo una alternativa minoritaria, no hay que descartar que deje de serlo, y que un nuevo Banco Central se vuelva entonces irrelevante.