Tenía 18 cuando aprovechó un descuido de su captor, mientras limpiaba un auto, para huir. Una cicatriz y un análisis de ADN confirmaron su identidad. Lleva dos décadas viviendo en libertad.
Una llamada telefónica le cambió la vida. El 23 de agosto de 2006, Natascha Kampusch aprovechó el único segundo de distracción que su captor cometió en más de ocho años y salió corriendo. Tenía 18. Afuera la esperaba un mundo que la había dado por muerta.
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Ese día ella estaba en el jardín, limpiando el auto de Wolfgang Priklopil, cuando sonó el teléfono. El hombre se alejó unos pasos para escuchar mejor a su interlocutor. La aspiradora seguía encendida. Natascha la dejó sonar, se acercó sigilosamente a la reja y la encontró sin llave. “Apenas podía respirar”, recordó años después. “Sentía que mis brazos y mis piernas estaban paralizados. Se me dispararon imágenes confusas”. Aun así, corrió.
Corrió unos 200 metros entre jardines y calles, saltó vallas y les pidió ayuda a varios transeúntes que la ignoraron. Hasta que llegó a la ventana de una vecina. “¿Qué hacés en mi jardín?”, le gritó la mujer. Natascha le susurró que llamara a la policía. La vecina lo hizo.
Natascha y su captor
Las autoridades la llevaron a una comisaría en la ciudad de Deutsch Wagram. Allí, con calma, la joven dijo: “Soy Natascha Kampusch, nacida el 17 de febrero de 1988”. Los policías no podían creerlo. La chica que habían buscado durante más de ocho años estaba parada frente a ellos. Una cicatriz en el cuerpo y una prueba de ADN confirmaron su identidad.
Natascha Kampusch fue secuestrada el 2 de marzo de 1998 en Viena, Austria, cuando tenía diez años, por Wolfgang Priklopil, quien la mantuvo cautiva durante 3.096 días en una celda secreta construida debajo del garaje de su casa en Strasshof, a unos 24 kilómetros de la capital austríaca.
Para llegar había que gatear por una trampilla disimulada detrás de un mueble en el sótano, cruzar una puerta de acero y bajar por un hueco en la pared de concreto. El proceso completo llevaba cerca de una hora. La habitación medía unos cinco metros cuadrados, no tenía ventanas, estaba insonorizada y el único sonido constante era el traqueteo de un ventilador de plástico en el techo.
Aquella noche de marzo de 1998, la niña de diez años le pidió a su captor que la arropara, le leyera un cuento y le diera un beso de buenas noches. Él lo hizo. “Cualquier cosa para preservar la ilusión de normalidad”, explicó Natascha años más tarde.
La mañana del secuestro no fue la de un día cualquiera para Natascha. El día anterior había regresado a la casa de su madre, Brigitta Sirny, después de pasar las vacaciones con su padre, Ludwig Koch. Sus padres llevaban años separados y el divorcio había dejado marca. Natascha creció en un barrio de vivienda pública en las afueras de Viena, en un lugar con alcohólicos y adultos amargados, según describió ella misma.
En la prensa tras huir
Tenía diez años, era una nena solitaria y con sobrepeso, y ese día soñaba despierta mientras caminaba a la escuela. En The Guardian, años después, recordó que en sus últimos minutos de libertad fantaseaba con tirarse delante de un auto para que su madre se arrepintiera de haberla tratado mal. Fue en ese estado de distracción que pasó junto a la camioneta de Priklopil.
Dentro del vehículo, envuelta en una manta y en la oscuridad, Natascha hizo lo que había aprendido mirando un programa policial austríaco: disparar preguntas para obtener información del criminal. “¿Qué número de zapato usás?”, le preguntó. También quiso saber si estaba casado, si tenía hijos. Pero esa información nunca llegaría a ningún investigador.
Durante los primeros dos años de cautiverio, Natascha no vio la luz del sol. Vivía en ese sótano sin ventanas, sin aire fresco, sin contacto con el exterior. Priklopil le había dicho al principio que sus padres podían pagar un rescate y que ella volvería a casa. Con el tiempo, ella entendió que eso nunca iba a pasar.
El miedo se instaló rápido. “Le pregunté si me iba a matar o a enterrarme en el bosque, pero me dijo que me callara”, recordó Natascha. “Me envolvió en una manta y me bajó al sótano. Me puso en la oscuridad, en ese calabozo. Estaba en shock. Era todo negro. Seguía pensando que alguien vendría a encontrarme, que mi mamá y la escuela me extrañarían. Estaba convencida de que la policía vendría a salvarme, como en las películas y en la tele”.
La policía, en efecto, buscó. Pero buscó mal. Un testigo había visto a la niña subir a una camioneta blanca y se pudo rastrear la zona de la patente. Los investigadores entrevistaron a los dueños de camionetas blancas de esa zona, incluyendo a Priklopil. Él dijo que ese día había estado en su casa. Un investigador reconoció años después: “Era convincente, amable, cooperaba. No había motivos para dudar de su versión”. Se habían equivocado.
Lo que los investigadores no sabían era que el mejor amigo de Priklopil, Ernst Holzapfel, visitaba la casa con regularidad y nunca sospechó nada. La celda estaba tan bien disimulada que nadie en el entorno del criminal tuvo la menor idea de lo que ocurría debajo del garaje.
Con el paso de los años, Priklopil fue ampliando los límites del cautiverio de forma calculada. Primero la dejó subir a la planta baja, luego al primer piso. Después empezó a llevarla a dormir en su cama, atada. Le exigía que limpiara la casa semidesnuda, con la mirada en el suelo, y que hablara solo cuando él se lo permitía. Si desobedecía, la golpeaba.
Natascha Kampusch en 2019
Natascha soportó golpes que ella misma estimó en unos 200 por semana en los peores períodos. La encadenaba a la cama. La dejaba sin comer durante días. La mantenía a oscuras por tiempo indefinido o le gritaba insultos por un intercomunicador desde su cuarto, de madrugada, para impedirle dormir. “Me agarraba del cuello, me sumergía la cabeza en la pileta de la cocina y me apretaba la tráquea hasta que perdía el conocimiento”, contó.
Priklopil también le teñía el pelo de rubio. Tenía una imagen de ella construida sobre una fantasía: quería una compañera y sirvienta que existiera solo para él. Le hablaba de teorías conspirativas, le decía que los judíos habían sido responsables del atentado del 11 de septiembre de 2001 y la llevaba a renovar departamentos para que hiciera el trabajo manual. La obligaba a raparse la cabeza. Le repetía: “No sos Natascha, nunca más. Ahora me pertenecés”.
Al mismo tiempo, Priklopil le festejaba los cumpleaños, le regalaba juguetes caros al principio y se involucraba en su educación. Le llevaba libros. A veces le pedía perdón. Le hablaba de sus sueños de una vida juntos. Se creía un dios egipcio y quería que ella lo llamara “maestro”. Natascha se negó. “Me parecía ridículo y tonto”, dijo. “Pero reconocí ese comportamiento del jardín de infantes. Un chico que dice ‘yo soy el rey, tenés que obedecerme’. Era una megalomanía similar”.
Cuando Natascha cumplió 14 años, él la llevó a su cama con otras intenciones. Ella nunca habló en detalle sobre el abuso sexual durante el cautiverio, aunque en una entrevista con The Guardian lo describió como “menor”. Antes de eso, cuando tenía doce, tuvo una visión que la sostuvo durante mucho tiempo: su yo de 18 años le prometía que la sacaría de ahí. “Ahora sos demasiado pequeña. Pero cuando cumplas 18, voy a dominar al secuestrador y te voy a liberar de tu prisión”, se dijo a sí misma.
Hubo intentos de suicidio. A los 14 años quiso cortarse las venas con una aguja de coser. A los 15, trató de estrangularse con ropa. No lo logró. Siguió adelante.
A lo largo de los años, Priklopil la llevó consigo en unas 13 salidas: a una farmacia, a una ferretería, a los departamentos que renovaba para Holzapfel. Una vez la llevó a esquiar. Natascha veía personas, policías, empleados de comercios. Tenía miedo de hablar. Él la había convencido de que cualquier intento de fuga terminaría en una masacre.
Pero algo cambió cuando cumplió 18. Natascha lo enfrentó: “Pusiste en marcha una situación en la que solo uno de los dos puede salir vivo. Te agradezco que no me hayas matado y que te hayas ocupado de mí. Eso es muy amable de tu parte. Pero no podés obligarme a quedarme. Soy mi propia persona, con mis propias necesidades. Esta situación tiene que terminar”.
Priklopil no la golpeó. No la mató. Natascha sospechó que, en el fondo, una parte de él también estaba aliviada. Pocas semanas después llegó el 23 de agosto de hace veinte años.
Cuando Priklopil se dio cuenta de que Natascha había escapado, huyó de la casa. Esa misma tarde llamó a Holzapfel y le confesó todo. “Soy un secuestrador y un violador”, le dijo. Holzapfel aseguró haberlo convencido de entregarse a la policía. Pero Priklopil se arrojó frente a un tren en una estación de Viena y murió esa noche.
Cuando le avisaron a Natascha que habían encontrado el cuerpo decapitado de su captor, ella acusó a la policía de haberlo matado y pidió que la dejaran sola con el ataúd para rezar por él. Esa reacción desconcertó al mundo entero y le valió una catarata de críticas y mensajes de odio. “Lloro por él”, había dicho apenas recuperó la libertad.
Años después lo explicó: “Sabía que si no intentaba escapar, él me mataría tarde o temprano. Y sabía que si intentaba escapar, él se mataría. Me siento culpable porque provoqué su muerte con lo que hice. Sé que no tengo la culpa, pero igual no me siento cómoda con eso”, dijo.
El padre de Natascha, Ludwig Koch, nunca quedó del todo conforme con la versión oficial. Él cree que su hija no contó la historia completa de sus años de cautiverio ni de lo que ocurrió el día que escapó. Esas dudas nunca fueron respondidas públicamente.
Natascha no tardó en convertir su historia en palabras. En 2010 publicó 3.096 días, una autobiografía en la que narró el cautiverio con una precisión que dejó sin aliento a sus lectores. El libro fue llevado al cine en 2013. Después escribió un segundo libro sobre su recuperación y un tercero sobre el acoso en línea, del que ella misma fue víctima. “Era la encarnación de que algo en la sociedad no funcionaba”, dijo sobre quienes la atacaban en internet. “Entonces, en la mente de esos agresores, no podía haber pasado como yo lo contaba”.
Volver a la vida social no fue sencillo. En 2020 contó que la relación cotidiana con otras personas seguía siendo una dificultad. “El contacto regular con compañeros de estudio era realmente un escenario de terror para mí”, admitió.
La casa de Strasshof, donde estuvo encerrada 3.096 días, terminó siendo suya. Natascha decidió quedarse con la propiedad para que no se convirtiera, según sus propias palabras, en “un sitio de peregrinación macabra”. No vive ahí, pero la cuida. Es su forma de recuperar algo de lo que le fue arrebatado.
“Me gusta quedarme sola en casa, esperando el día en que no sea tan famosa y nadie me reconozca”, dijo. “O salir cuando hay tormenta y lluvia, con un paraguas grande detrás del cual esconderme”.
Tiene 38 años. Lleva dos décadas libre.