Argentina atraviesa nuevamente un momento en el que las diferencias, las urgencias y las incertidumbres parecen imponerse sobre la posibilidad de construir acuerdos.
Por Walter Andreozzi
Para Página 12
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En este contexto, recuperar el diálogo entre los distintos sectores de la sociedad no es solamente una expresión de buena voluntad: es una necesidad urgente para evitar que las transformaciones económicas y sociales profundicen las fracturas existentes.
El diálogo social no significa que todos pensemos igual. Tampoco supone renunciar a intereses legítimos ni abandonar las convicciones de cada sector. Significa, precisamente, reconocer que una sociedad compleja no puede avanzar si cada actor pretende imponer su propia visión sin escuchar al otro.
Es imprescindible sentar en una misma mesa a quienes representan al trabajo y a quienes representan a la producción.
Los trabajadores, a través de sus organizaciones sindicales, deben poder expresar sus preocupaciones, sus expectativas y sus propuestas. Los empleadores y sus entidades representativas deben tener la misma posibilidad para plantear las dificultades que enfrentan las empresas, especialmente las pequeñas y medianas, que son protagonistas fundamentales de la generación de empleo.
Pero el diálogo no debería limitarse a trabajadores y empleadores.
También requiere de la participación responsable del Estado, que tiene la obligación de generar las condiciones institucionales para que esos acuerdos sean posibles y sostenibles.
Argentina necesita discutir cómo generar empleo formal, cómo recuperar productividad y competitividad, cómo mejorar los ingresos de los trabajadores, cómo reducir los costos que afectan la producción, cómo enfrentar la informalidad y cómo construir un sistema de relaciones laborales moderno que contemple las nuevas realidades sin desproteger a quienes trabajan.
Son debates demasiado importantes para quedar reducidos a consignas, enfrentamientos políticos o descalificaciones personales.
La Argentina productiva necesita previsibilidad. Los trabajadores necesitan certezas. Las empresas necesitan reglas claras. Y el Estado necesita recuperar capacidad de articulación.
Ninguno de estos objetivos puede alcanzarse aislando a los demás.
El diálogo social también exige una condición fundamental: respeto. No puede existir una verdadera mesa de diálogo cuando el otro es presentado como un enemigo, como un obstáculo o como responsable de todos los problemas.
El empresario no es enemigo del trabajador. El trabajador no es enemigo de la empresa. Ambos forman parte de una misma realidad productiva y, en gran medida, comparten un objetivo esencial: que la empresa pueda producir, crecer, invertir y generar trabajo digno y sostenible.
Por supuesto que existen intereses diferentes y, muchas veces, contrapuestos. Precisamente por eso existen las organizaciones empresarias, los sindicatos y las instituciones del Estado.
La función de la política y de las instituciones no debería ser negar esas diferencias, sino encontrar mecanismos para procesarlas democráticamente y transformarlas en acuerdos posibles.
Argentina tiene una larga tradición de diálogo social que debe ser recuperada y fortalecida. Los momentos más difíciles de nuestra historia no se superaron profundizando las divisiones, sino cuando hubo dirigentes capaces de sentarse a una mesa, escuchar posiciones distintas y asumir que ningún sector podía construir el futuro por sí solo.
Hoy hace falta ese mismo coraje.
El diálogo no es una concesión que un sector le hace al otro. Es una herramienta indispensable para construir una Argentina posible.