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Opinión y Actualidad

Por qué las elecciones las gana el ningunismo

El 42% de los argentinos no se identifica ni simpatiza con ningún espacio o partido político .El 63% está poco o nada interesado en la política. La representación es uno de los pilares de la democracia.

Hoy 06:46

Por Silvia Fesquet
Para Clarín

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“Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”, se leía en el cartel que alguien elevaba en medio de la manifestación. Fue en España, podría ser en cualquier lado. Lo que la Asociación Española de Marketing Político ha dado en llamar “la era de la desafección política” es un fenómeno que se replica en las más diversas latitudes. Y se verifica también, claro, en la Argentina.

Lo deja bien en evidencia el informe Creencias Sociales 2026 de Pulsar UBA, presentado días atrás y de alcance nacional: el ningunismo político alcanzó al 42%, el nivel más alto desde que arrancó la medición, en 2023. ¿ A qué se refiere? A los argentinos que no simpatizan ni se identifican con ningún partido o espacio político. Son cuatro de cada diez, y la postura es transversal, ya que atraviesa edades, géneros y niveles educativos varios.

Más preocupante aún, el 63% dijo estar poco o nada interesado en la política. Un dato relevante es que la cifra implica 18 puntos más que el año pasado. Preguntado dónde se ubicaría cada uno en una escala de 1 a 10, donde 1 es “izquierda” y 10 es “derecha”, el promedio argentino se ubicó en la mitad: 5,3; lejos de los polos ideológicos. Los ningunistas se colocaron en el centro.

Los responsables de la muestra hablan de “una sociedad de pertenencias débiles, y, más que sin opiniones, con vínculos frágiles de identificación con la política organizada. Una sociedad que no se encuentra en las categorías y palabras que utiliza la política”.

Un dato es sugestivo: para un altísimo 71%, “en general no se puede confiar en la mayoría de las personas”. ¿Cuánto tendrá que ver esta afirmación con un contexto político en el que, por décadas, la palabra se ha ido devaluando, el discurso ha sido bastardeado y la confianza, burlada y traicionada reiteradamente, con la corrupción como delito transversal? Tal vez no lo explique todo, pero probablemente sí una gran parte del porcentaje.

Para redondear el cuadro, la participación de la gente en diferentes grupos u organizaciones es bajísima: el mayor índice no supera el 16%, y corresponde a organizaciones religiosas. La militancia política y sindical se ubica en 5% y 4%, respectivamente. “Más que una sociedad despolitizada en sus contenidos -observan los autores- parece desconectada de instituciones, organizaciones y comunidades que tradicionalmente articulaban esos contenidos”.

¿Una crisis general de representatividad? ¿Un descrédito a priori hacia lo que implique una estructura organizacional o institucional? En lo que respecta a los partidos y, tal vez, a la política en un sentido más abarcador, la crisis de representación lleva años y parece agudizarse con el tiempo.

Tiene que ver con la citada desafección política: una sensación de distancia, de desinterés o de desconfianza de los ciudadanos hacia los políticos, los partidos o las distintas instituciones. Que puede traducirse también como un divorcio entre las dos partes: sociedades que sienten que quienes deberían ser sus representantes, no los representan. Que las preocupaciones e intereses de unos y de otros corren por canales muy diferentes. Alimentado todo, a menudo, por crisis económicas, corrupción, inseguridad jurídica, desigualdad creciente y falta de respuesta a los problemas concretos del día a día, con políticos más interesados en resolver cuestiones de poder o negociar cargos que en atender las necesidades de los ciudadanos.

Una de las formas más evidentes en que este hartazgo se traduce es en el abstencionismo a la hora de votar. Las elecciones legislativas del año pasado marcaron el ausentismo más elevado desde el regreso de la democracia, en 1983. Entre los jóvenes, 1 de cada 3 no votó: la cifra también fue récord, y la participación cayó más en ese segmento que en otros grupos etarios. Los jóvenes son cerca de 1 de cada 4 electores. La representación es uno de los pilares de la democracia.

“Para renovar nuestras sociedades necesitamos políticos con la imaginación de Borges o de un Einstein. No para escapar de los atroces problemas de la sociedad moderna, sino para abordarlos con tanta imaginación como información”, decía el filósofo argentino Mario Bunge. ¿Será posible?