Insertarse inteligentemente en el mundo implica construir vínculos con las potencias en función del interés nacional y, al mismo tiempo, participar de los espacios multilaterales que permitan diversificar las relaciones internacionales.
Por Paula Español
Para Página 12
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El actual gobierno, sin embargo, optó por recorrer el camino exactamente contrario: al privilegiar una alineación casi excluyente con Washington, deja en un segundo plano una relación con China que crece por su propio peso, y cuyo potencial —comercial, de inversión y de cooperación— todavía está lejos de aprovecharse.
En efecto, los números hablan por sí solos, empezando por el comercio exterior. El intercambio comercial con China casi se duplicó en la última década: pasó de USD 15.200 millones en 2016 a USD 27.200 millones en 2025. Y en lo que va de 2026, China ya es el principal origen de las importaciones argentinas: en el acumulado enero-agosto explicó el 22,9% de las compras externas del país, superando —aunque levemente— a Brasil, nuestro histórico principal socio comercial.
Pensar la inserción internacional en clave multilateral, y no como una elección binaria entre dos potencias, es clave en un mundo cada vez más fragmentado, donde las cadenas de valor, el financiamiento y la innovación tecnológica ya no dependen de un único actor. Más aún, en esa diversidad de relaciones, nuestro país tiene mucho más para ganar. Diversificar vínculos —con Estados Unidos, con Europa, con China y, por supuesto, con nuestros propios socios regionales— amplía el margen de maniobra y reduce la dependencia de una sola fuente de financiamiento, de mercado o de tecnología.
En esta lógica, China representa una importante fuente potencial de inversión para la Argentina, tanto en proyectos productivos como de infraestructura, además de los flujos comerciales que se pueden seguir profundizando. Incluso las oportunidades de cooperación, en particular en materia científico-tecnológica, son un campo por explorar. Un ejemplo de este tipo de cooperación es el Cluster de Innovación Tecnológica Argentina-China (CITAC), presentado recientemente en la Universidad de Buenos Aires (UBA) para impulsar proyectos conjuntos y transferencia tecnológica en áreas como inteligencia artificial, biotecnología y computación cuántica.
El caso de Brasil también es útil para observar cómo se puede tener una vinculación inteligente con las potencias globales, en función de los propios intereses, en línea con lo que la literatura sobre América Latina propone como “No Alineamiento Activo”. Ante la guerra arancelaria de Donald Trump, el presidente Lula da Silva reforzó los lazos —no solo comerciales— con Beijing, aunque sin resignar la negociación con Washington. Entre enero y agosto de 2026, Brasil le exportó a China USD 77.070 millones (+15% interanual); y si se toma el comercio total, sumando también las importaciones, China ya representa cerca del 30% del intercambio exterior brasileño.
De la misma manera, se puede observar esa diferencia de abordaje en el sector automotriz. Ante el fuerte crecimiento de autos de origen chino en el mercado brasileño (una dinámica similar a la que conocemos en nuestro país), la lógica de la política pública fue negociar para que esos flujos comerciales vinieran acompañados de una estrategia de inversión y producción en Brasil. Entre 2024 y 2025, Brasil captó casi USD 23.000 millones en anuncios de inversión de automotrices chinas (BYD, GWM, GAC). En particular, en el caso de BYD, la empresa se instaló en el estado de Bahía y se plantea un cronograma de integración nacional que le permitiría, a partir de 2027, exportar al resto del Mercosur con los beneficios del origen regional.
Desde ya, este ejemplo sectorial ilustra la estrategia general de Brasil, que construye su relacionamiento externo en el marco de una política industrial y de desarrollo explícita —algo que la actual gestión de gobierno en Argentina no tiene y ni siquiera se propone. En enero de 2024, Lula lanzó el Nova Indústria Brasil (NIB), un plan con proyección a 2033 que moviliza unos USD 60.000 millones a lo largo del período, con misiones y objetivos claros. En nuestro país, por el contrario, no se vislumbra ningún tipo de política productiva y la única herramienta vigente es el RIGI, un régimen de incentivos a las grandes inversiones, sin exigencias de contenido local, sin encadenamientos productivos y sin objetivo alguno de transferencia tecnológica.
En síntesis, consolidar una relación con China no exige romper los vínculos con Estados Unidos ni con Europa, ni resignar ninguno de ellos. Exige, en todo caso, construir una vinculación madura con las potencias actuales a partir de una estrategia propia de política industrial, de negociación conjunta con la región y de cooperación científico-tecnológica. Sin duda, China tiene mucho para aportar a esa estrategia.
Aldo Ferrer solía decir que “cada país tiene la globalización que se merece”, aludiendo a que una economía tenía la potestad —e incluso la obligación— de tomar la iniciativa en materia de políticas públicas y de inserción internacional. Y, por ello, la globalización de aquellos años 90 no era un destino inexorable ni ineluctable al cual entregarnos de manera pasiva. Con decisiones autónomas, soberanía e inteligencia, se podía volcar el proceso de globalización a favor de un proyecto nacional. La misma reflexión vale hoy si reemplazamos “globalización” por “China”. El éxito —o el fracaso— en ese camino requiere de nuestra activa intervención como país.