Vivía en una pequeña choza con su abuela, sus dos hermanos y diez de sus primos. Fue considerado el mejor jugador del mundo en 1995.
Alguien podría intentar menospreciarlo y decir que nunca logró jugar un Mundial y que nunca ganó la Champions League. También agregar que en su posterior carrera política perdió tres balotajes. Sin embargo, el de George Weah es un caso único. Fue considerado el mejor jugador del mundo en 1995 y, tiempo después, también logró ser presidente de su país, Liberia. Salió de una choza muy humilde, en un ambiente con muchas carencias, y logró conquistar la cima de su profesión y ejercer la primera magistratura de su país.
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
Sesenta años atrás, nació en uno de los países más pobres del mundo. Se crió en una de las zonas más pobres de uno de los países más pobres del mundo. Slum era un barrio muy carenciado de las afueras de Monrovia, la capital de Liberia. Vivía en una pequeña choza con su abuela, sus dos hermanos y diez de sus primos. La mujer se encargaba de alimentarlos, cuidarlos e intentaba que no dejaran la escuela. La abuela les insistía para que estudiaran. Les decía que era importante formarse.
Te recomendamos: Una exfigura de la Premier League reveló la identidad de la celebridad que lo agredió sexualmente
Desde muy joven, George se destacó en las actividades físicas, en especial en el fútbol. Era un portento, parecía de más edad de la que tenía. A los 16 debutó en un equipo de cuarta división de la liga de su país. Fue el goleador del campeonato. En tres años, el equipo llegó a segunda división. Lo compró un club de primera y al año siguiente pasó al Mighty Barrolle, uno de los grandes de Liberia. Pero no logró asentarse. Jugaba de suplente y su carrera parecía estancarse. Al año siguiente pasó al clásico rival y ahí explotó. Goleador del torneo y campeón. Lo compraron de Camerún. Jugó unos meses hasta que llamó la atención del técnico de la selección camerunesa. Intentó nacionalizarlo, pero Weah ni siquiera escuchó la propuesta. El hombre llamó por teléfono a su amigo Arsene Wenger y le dijo que tenía que ver a este delantero potente, que le podía ser muy útil en el Mónaco, equipo que dirigía Wenger.
El DT francés viajó a Camerún para ver jugar al joven. Quedó deslumbrado. No necesitó más que un partido para convencerse de que era mucho más que un buen prospecto. El precio que pagó por su pase fue vil: apenas 18.000 dólares.
Weah no necesitó adaptarse al fútbol francés. Hizo muchos goles. En 1989 ganó la Copa de Francia y lo eligieron el mejor jugador del año en el fútbol francés. Cuando regresó a su país, una multitud lo estaba esperando para celebrar el logro. Después pasó al PSG en una venta millonaria. El Mónaco multiplicó exponencialmente su inversión. Otra vez goleador y ganó todos los títulos posibles con el equipo de la capital parisina. De ahí pegó el salto al Milan. Un Milán pletórico, dirigido por Fabio Capello en el que compartía el ataque con Roberto Baggio, Savicevic, Boban y Simone. Muy rápidamente, pese a la nutrida competencia, se ganó la titularidad.
El joven que había tenido problemas de alimentación en su infancia debido a la pobreza de Monrovia ahora era un coloso. Era imparable para los defensores, pero lo suyo no era solo la potencia física. Tenía múltiples virtudes. Era muy dúctil con la pelota, capaz de triangular, de gambetear y tenía, también, un tiro muy potente. Un jugador completo. Ganó varios títulos con el Milan, entre ellos dos scudettos.
En 1995 le otorgaron el Balón de Oro. Fue consagrado como el mejor jugador del mundo. El único africano que lo consiguió en la historia. Al regresar a su país, fue recibido como un héroe nacional. Un galardón que poco tiempo antes nadie imaginaba que podía terminar en manos de alguien proveniente de África. Una novedad que puso al continente africano en el mapa. Se multiplicaron los cazadores de talentos que aseguraban haber encontrado en alguna aldea perdida en un rincón de algún país africano al nuevo George Weah. La mayoría de las veces no era cierto.
Un gol, tal vez el más famoso de los suyos jugando para Milan frente al Verona, lo define. Córner a favor del equipo rival. El centro es muy pasado. George Weah en su propia área, en el segundo palo, baja la pelota y encara a toda velocidad. Uno adivina que ya tiene el arco contrario en la mira pese a la distancia que lo separa de él. Avanza varios metros con pelota al pie; parece que gana más velocidad con cada zancada. Deja atrás a compañeros y rivales. En mitad de cancha, dos defensores del Verona tratan de frenarlo; uno se tira a los pies: los atraviesa, los pasa por el medio y los deja en el suelo, desparramados. Sigue. Queda el último hombre; hay algo de resignación en el gesto del defensor: sabe que es imposible parar a esa fuerza de la naturaleza que lo enfrenta; es como querer detener un huracán con un paraguas. Weah toca la pelota por un lado y la busca por el otro. Sigue. Entra al área, enfrenta al arquero y, con un tiro potente y preciso, después de recorrer más de 90 metros, hace un golazo.
Siguió varios años triunfando en Milán con el que consiguió varios títulos más. El torneo que siempre le fue adverso fue la Champions League. Pasó, en los albores del nuevo siglo, al fútbol inglés. Con el Chelsea obtuvo la FA Cup. Luego militó brevemente en Manchester City y en el Olympique de Marsella, donde se retiró. En el fútbol de clubes convirtió cerca de 200 goles.
Fue el primer gran jugador africano en Europa. Ninguno había llegado tan lejos como él. Hasta ese momento, los africanos eran una rareza, una curiosidad. Explosivos, vistosos, pero poco consistentes y confiables para los grandes clubes. Weah, con su profesionalismo, calidad y eficacia, abrió muchas puertas. Después llegaron Drogba, Eto’o, Mané, Salah y muchísimos otros.
Su otra gran pasión fue representar a su país con la selección. Resistió todos los intentos para ser nacionalizado por Francia, las promesas de disputar grandes torneos y de pelear por el título. Nunca dudó en defender a Liberia. Jamás tuvo compañeros a su altura. Él solo empujaba al equipo hasta el límite de las posibilidades. En las eliminatorias para Corea-Japón estuvo muy cerca. Liberia llegó al último partido con chances de clasificar. Hizo su parte del trabajo; ganó su partido y debía esperar una derrota de Nigeria. Pero las Súper Águilas se impusieron a Ghana y clasificaron. Con el tiempo corrieron rumores de partidos arreglados y jugadores yendo a menos que perjudicaron las chances de Liberia, pero eso ya pertenece más al campo de la leyenda que de las verdades comprobables.
A pesar de su declive natural, en sus últimos años como jugador nunca dejó de ser la gran estrella de su selección: no solo se desempeñó como delantero, sino que ejerció de entrenador.
Apenas se retiró, se volcó a la política. Era el hombre más popular de su país. Una personalidad expansiva, carismática y ambiciosa. En sus dos primeras incursiones llegó al balotaje (una como vicepresidente), pero fue derrotado. No abandonó. El oficialismo lo atacaba por su falta de preparación y por su personalismo. Lo comparaba con la presidenta de ese momento y sus múltiples títulos de grado y posgrado en Harvard y otras instituciones de gran prestigio. En los años posteriores y mientras residía en Estados Unidos, Weah se graduó en Estados Unidos en Economía.
Luego de ser elegido senador, lo intentó una tercera vez. Otra vez las críticas. Le endilgaban que casi no había concurrido a las sesiones del Senado y que no había presentado ningún proyecto de ley. Sin embargo, volvió a presentarse en las elecciones siguientes.
En diciembre de 2017 fue elegido presidente con más del 60% de los votos. Era la primera vez que había alternancia democrática en los últimos 74 años de historia de Liberia. Weah lo había conseguido con un partido que había creado de la nada. Las expectativas eran muy grandes. Sus promesas, muy vastas. Prometió sacar al país de la pobreza, modernizarlo, alejar la corrupción.
Uno de los aspectos que todo el mundo dio por sentado que mejoraría fue el fútbol. Pero ni su aporte ni sus reformas fueron tan revolucionarias en la cuestión y tanto el torneo local como la selección siguieron estancados y siendo de tercer o cuarto orden en el continente. La importancia de la figura de Weah en el ambiente futbolístico y su poder no bastaron para producir los cambios necesarios.
Paradójicamente, una de las leyes que no consiguió aprobar durante su mandato presidencial hubiera ayudado a la selección de fútbol de su país. Liberia no acepta la doble ciudadanía; cuando Weah envió un proyecto al poder legislativo para que fuera aprobado, fracasó. Luego la propuesta fue rechazada en un plebiscito. Eso volvió imposible que varios jugadores que se desempeñan en ligas europeas regresaran a su selección o que, como hizo Cabo Verde (y varios otros países africanos), buscaran descendientes de la diáspora liberiana por el mundo. El crecimiento de la selección de fútbol se vuelve complicado y depende de casos excepcionales como el de George Weah, que no se nacionalizó en ninguno de los países en los que jugó, resistió la tentación de integrarse a selecciones con reales posibilidades de éxito y compitió siempre para Liberia.
Su hijo Timothy Weah, que actualmente es uno de los capitanes del Olympique de Marsella, jugó el último mundial para Estados Unidos.
Su presidencia no cumplió con las expectativas generadas. Su aura de ídolo popular ayudó al principio, pero no bastó. Sus modos de gran estrella a veces —sostienen los especialistas— atentaban contra la posibilidad de escuchar las demandas del pueblo. Su estilo de vida siguió siendo ostentoso. La situación económica del país volvió a resentirse y la inflación empeoró, superó el 30 % anual. Realizó reformas sociales y luchó contra la violencia sexual. Otras medidas fracasaron y la oposición lo señaló por grabar temas musicales, por tener demasiado tiempo libre o por sus modos de estrella.
De todas maneras, George Weah se presentó a la reelección. Encabezó la primera vuelta, en la que el voto estuvo muy dividido, con poco más del 20% de los votos. El balotaje fue el más reñido de la historia. Joseph Boakai, el rival al que había derrotado en 2018, esta vez triunfó. Fue apenas por un punto de diferencia; los separaron 20.000 votos.
George Weah ya avisó que todavía es joven y que lo volverá a intentar.