El amor (siempre) es más fuerte

La final entre Central Córdoba y River fue un dilema para muchos santiagueños, tal es el caso de Pablo, un periodista deportivo que relata la encrucijada entre la pasión por la profesión y los colores.

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14/12/2019 -

Lo pensé mucho antes de explayarme, es que a veces el lugar que uno ocupa y el contexto hacen que se mal interprete un mensaje.

Lo evité antes del partido, pero es titánico no hacerlo, la vocación puede siempre más; se vuelven casi una necesidad estas letras.

No fue una final más para mí; seguro que, para muchos, pero por primera vez en el fútbol me encontré envuelto en un dilema infernal.

Una decisión mezquina, de esas que en ocasiones te pone el destino para probar tu valentía.

Los envidié sanamente a los hinchas ferroviarios. A esos que desde niños mamaron este sentimiento; porque los sentimientos son así, no sabes el día exacto que nacieron, pero desde que la semilla comenzó a germinar, es imposible que se detenga como la soja cuando disfruta de un verano “llovedor”.

Yo por esos vaivenes de la vida no nací en el oeste de la capital santiagueña, ni siquiera lo hice en la Madre de Ciudades. Tampoco fue en la era global que hoy nos toca transcurrir.

Para aquellos años de mi niñez, los 210 kms. que me separaban entre Quimili y Santiago del Estero, eran equivalentes a millas náuticas entre Chile y Australia por el Pacífico.

Me volví futbolero por herencia del viejo y en los relatos de Víctor Hugo me enamoré perdidamente del River de Ramón; ese que en los 90 era de galera y bastón.

En mi adolescencia me tocó ver como los de la otra vereda festejaban título tras título y en el prólogo de la adultez tocamos fondo; y digo “tocamos” porque ya no había nada que me pueda separar de esta locura. Fue en ese preciso instante donde le juré amor eterno a los colores.

Después llego este muñeco maldito y la historia que todos conocemos. Tocar el cielo con las manos, solo basta decir el nombre de una ciudad y la cara se llena de júbilo.

Sin embargo, la existencia siempre juega esas cartas inesperadas, ese “as” bajo la manga que te derrumba una mano ganada.

El fútbol se arraigó de tal forma en las venas que, periodismo deportivo marcó la brújula en el norte.

Y esa elección, paralelo al andar de Central Córdoba me colocó en lugares que se presumían una quimera unos años atrás.

En ese camino sinuoso “del Ferro” me fui empapando con el frenesí santiagueño. Con ese orgullo de ver a tu provincia en las tapas nacionales.

Fui conociendo a personas entrañables, como “el Sapo”; ese petizo bravo que no se achica ante nada ni nadie.

Al capitán, un gaucho santiagueño con apellido de caudillo; que dicho sea de paso me llevo a gritar en el trabajo uno de los goles más lindos que me tocó presenciar.

A jugadores que fueron aterrizando en suelo santiagueño y uno antes solo miraba por TV; y al escuchar sus historias de vida fueron contagiando empatía.

A dirigentes que dejan todo de lado por el solo hecho de ver al club de sus amores en lo más alto.

Yo lloré miles de veces por “la pelota” y me había jurado hacerlo siempre por River. Hasta que el zapatazo de Vega en La Rioja me hizo patear el tablero. Relaté los cinco minutos finales parado, con los ojos empañados, una mano apoyada en el vidrio de la cabina de transmisión y la otra en el pecho.

Y hoy, justo un viernes 13, el destino decidió reírse de mi disyuntiva.

No grité ninguno de los goles, solo aplaudí con una sensación rara en el pecho. Creo que es nostalgia la palabra justa, mezcla de alegría y dejo de tristeza.

Es que hoy confirmé lo que siempre dije, los amores no se traicionan. Vos podés tomar millones de decisiones diversas en el sendero de tu vida, pero jamás vas a engañar a tu corazón.

Y a la vez, vas a enumerar puntos de porque amas; será siempre en vano porque los amores son como los dolores no se comparten, es propio, los sentís vos y nadie más.

Fue hasta ahora el instante más dramático que la “carcelaria” me puso al frente.

Aunque al fin y al cabo parece una ecuación simple yo a Central Cordoba lo respeto, lo aprecio y me hace sentir orgulloso, pero a River... a River lo amo.

*Pablo Abelleira / Periodista deportivo

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