Netflix estrena "La última casa", película en la que Greta Lee, Wagner Moura y una premisa atractiva logran un producto lastrado por los lugares comunes.
Por Ricardo Rosado
Para Fotogramas
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Hubo un tiempo en que nos creímos que las producciones de las plataformas no serían la evolución natural de los telefilmes. Diseñados en masa para rellenar horas de parrilla, se convirtieron en una solución industrial que incluía presupuestos contenidos, rodajes rápidos y argumentos capaces de atraer a un público amplio sin exigir grandes riesgos. Hogar de actores especializados y refugio de estrellas cuyo teléfono hubiese dejado de sonar, el negocio se volvía redondo cuando los derechos se revendían a otras cadenas y mercados.
Ávidas de contenidos propios, las actuales plataformas repitieron la fórmula mientras prometían no hacerlo. Su modelo incluía grandes nombres, presencia en festivales y ventanas de estreno en salas que les permitiesen colarse en la temporada de premios, pero a nadie se le escapa que 'Roma' (Alfonso Cuarón, 2018), 'Historia de un matrimonio' (Noah Baumbach, 2019) y 'La sociedad de la nieve' (J.A. Bayona, 2023) son las excepciones anuales que no pueden enmascarar la maquinaria que nutre a la bestia semanalmente.
Y así es como llegamos a 'La última casa', película que parte de una atrayente e inmediata premisa para, durante dos horas, ir encadenando pequeños tópicos episódicos hasta llegar al metraje ideal para la media de visionado del canal. El resultón diseño de sus criaturas finales es un pequeño premio para todo aquel que decida dejarse llevar por su algoritmo y darle al play, pero más allá de la alegría de ver cómo intérpretes de la calidad de Greta Lee y Wagner Moura son solicitados para disfrazar de talento este producto, la contagiosa pereza de sus creadores a la hora de escapar de la concatenación de lugares comunes hace difícil abordarlo desde algún punto de vista realmente interesante.
Para dejarse llevar por el algoritmo y hablar de ella con quien la haya visto.