El 15 de agosto de 2004, Manu Ginóbili protagonizó una de las imágenes más inolvidables del deporte argentino. Con apenas 3,8 segundos por jugar, se tiró hacia adelante y convirtió el doble que le dio a Argentina un triunfo agónico ante Serbia y Montenegro.
Hay jugadas que quedan en la memoria por lo que significan. Otras, directamente, se convierten en parte de la identidad de un país. La “Palomita” de Manu Ginóbili pertenece a ese segundo grupo.
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Este sábado se cumplieron 22 años de aquella noche inolvidable en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, cuando la Selección Argentina de básquet debutó frente a Serbia y Montenegro, el mismo rival que dos años antes le había arrebatado el título mundial en Indianápolis.
El contexto ya era suficiente para convertir el partido en especial. Pero nadie podía imaginar que terminaría convirtiéndose en una de las escenas más recordadas de la historia del deporte argentino.
Argentina comenzó el partido con una intensidad arrolladora. El equipo dirigido por Rubén Magnano se llevó el primer cuarto por 27-15 y llegó al descanso arriba 49-39. Ginóbili era una de las grandes figuras del conjunto nacional y terminó aquella noche con 27 puntos.
Sin embargo, Serbia y Montenegro reaccionó. Con Dejan Bodiroga como una de sus principales figuras, el equipo europeo fue recortando la diferencia hasta convertir el cierre en un verdadero drama. Argentina había tenido el control, pero el partido se transformó en un intercambio de golpes en el que cada posesión podía ser la última.
Y llegó ese momento.
Con 3,8 segundos en el reloj, Serbia y Montenegro ganaba 82-81 después de que Dejan Tomašević anotara uno de sus dos tiros libres. Argentina necesitaba recorrer toda la cancha en apenas un puñado de segundos para evitar una derrota que habría sido especialmente dolorosa.
La pelota quedó en manos de Alejandro Montecchia.

El “Puma” salió disparado, cruzó la cancha y encontró a Ginóbili cerca de la línea de tiros libres. Manu recibió marcado, avanzó hacia la derecha y, cuando parecía que ya no había tiempo ni espacio para tirar, se lanzó hacia adelante.
La pelota salió de sus manos, tocó el tablero y entró.
La chicharra sonó inmediatamente después.
Argentina ganó 83-82.
El festejo fue tan inmediato como descontrolado. Los jugadores argentinos se abalanzaron sobre Ginóbili, mientras del otro lado aparecían los reclamos de Serbia y Montenegro, que discutía si el lanzamiento había salido antes de que terminara el tiempo. Las repeticiones confirmaron que el tiro había sido ejecutado a tiempo.
Pero aquella jugada era mucho más que una victoria en el debut.
Era una revancha.
Era la respuesta a la derrota sufrida ante aquel mismo rival en la final del Mundial de Indianápolis 2002. Y, sin que nadie lo supiera todavía, también era el primer gran paso de una Selección que terminaría escribiendo una de las páginas más gloriosas de la historia del deporte argentino.
Porque después de Serbia llegarían España, China, Nueva Zelanda e Italia en la fase de grupos; luego Grecia en cuartos de final, Estados Unidos en una semifinal histórica y, finalmente, otra vez Italia en la definición. Argentina ganó el oro olímpico tras vencer a los italianos 84-69.
Por eso, 22 años después, la “Palomita” sigue teniendo un lugar especial.
No fue simplemente el doble de un partido increíble. Fue una imagen que resumió coraje, talento, personalidad y esa capacidad de la Generación Dorada para aparecer cuando más hacía falta.

Aquel 15 de agosto de 2004, Ginóbili no solamente evitó una derrota en Atenas.
Se tiró de palomita y, de paso, empezó a volar hacia la gloria olímpica.