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Opinión y Actualidad

Del Malismo al Horribilismo: la institucionalización de la crueldad como arte de gobierno

En el año 2024, el artista español Mauro Entrialgo publicó un libro titulado Malismo: La ostentación del mal como propaganda. Contrariamente a lo que puede suponerse, el término acuñado no opera gramaticalmente como un adjetivo.

Hoy 07:04

Por Osvaldo Nemirovsci
Para Página 12

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Se trata, en rigor, de un sustantivo masculino, común y abstracto que, al amalgamar la raíz léxica del adjetivo “malo” con el sufijo “ismo”, trasciende la mera calificación individual para constituirse, casi, en un sistema doctrinal, una categoría analítica y una práctica de alcance social.

El malismo se fundamenta en una estrategia comunicacional y propagandística inédita en la política contemporánea: el despliegue abierto y ostentoso de discursos, actos y decisiones de carácter reprobable. Lejos de ocultar la amoralidad o la transgresión ética, sus cultores la exhiben de forma explícita y performativa como un activo provechoso, articulando una narrativa diseñada para cosechar réditos en la arena electoral, comercial, mediática o institucional.

En todo el mundo, figuras gubernamentales encarnan a la perfección esta lógica. Su modus operandi estriba en articular pronunciamientos caracterizados por una virulencia dirigida intencionalmente hacia los sectores más postergados, vulnerados o marginados del entramado comunitario.

El núcleo conceptual del malismo radica precisamente en erradicar la vergüenza o el disimulo; la agresividad no se enmascara, sino que se enarbola como un atributo de presunta autenticidad, audacia e irreverencia frente a lo establecido.

Ha superado el campo de la política y la ostentación del mal se ha capilarizado en variados estratos y se ve en el ecosistema comercial mediante marcas que apelan a nombres “canallas” como factor de venta; sintoniza con las dinámicas televisivas y digitales que mercantilizan la humillación ajena como espectáculo de consumo masivo; y se consolida a través de la retórica belicista e imprudente de líderes militares o los sermones de referentes religiosos que legitiman la exclusión, el odio y el rechazo a la otredad. Todas estas expresiones confluyen en un mismo paradigma: la elevación de la crueldad a la categoría de pilar identitario.

A esta altura de la soirée, al decir del pensador de Ingeniero Jacobacci Cefe Namuncurá, es preciso advertir la severa conversión que ha sufrido este dispositivo. Lo que en otras épocas supo vincularse a la provocación contestataria, la rebeldía o la modernidad estética orientada a desafiar a las estructuras de poder, ha sido cooptado y neutralizado por el propio sistema.

En manos del establishment económico, mediático y político, la provocación perdió su aliento emancipador para mutar en una herramienta de dominación. Hoy constituye una plataforma disciplinadora dirigida a erosionar los pactos democráticos esenciales, dinamitar las coberturas de solidaridad social y disolver los consensos comunitarios en torno a los derechos humanos, la justicia distributiva y la dignidad humana.

En este sentido, el escenario político argentino ofrece un caso de estudio paradigmático. Pedimos permiso al español Entrailgo y decimos que el malismo en Argentina ha mutado al “horribilismo” O sea…digamos, como el malismo, pero peor, o sea digamos.

Esta evolución se consolida a partir de diciembre de 2023, con el advenimiento al gobierno de Javier Milei y su equipo de gestión, cuya configuración encaja en la definición estricta de una kakistocracia: el gobierno de los peores, los más mediocres y los menos calificados para la conducción del Estado.

El paradigma de esta administración condensa las expresiones más virulentas del malismo original, profundizándolas. Se asiste a una inédita institucionalización de la crueldad como política pública explícita y sistemática. Colectivos vulnerados y agredidos, tales como las personas con discapacidad, los jubilados, los trabajadores del sector público, los científicos y el sistema universitario, son sometidos de forma cotidiana al despojo progresivo de sus derechos conquistados y a un agravio verbal constante emitido desde las más altas magistraturas.

El horribilismo trasciende el mero cálculo táctico del malismo: añade el regodeo y el orgullo explícito de gobernar a partir del resentimiento. Dentro de esta matriz ideológica, la empatía hacia el prójimo y la solidaridad social dejan de ser vistas como virtudes republicanas para ser estigmatizadas como anomalías o delitos de Estado. Su objetivo declaratorio ya no se limita a la provocación, sino que persigue la demolición metódica del bienestar común, transformando el sufrimiento social en el parámetro fundamental de su validación política.

Esto, crease o no, ocurre en nuestro pais argentino.

TEMAS Javier Milei