Santiago del Estero, Martes 09
Agosto de 2022
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Opinión y Actualidad

Cultura e hipocresía

Las afirmaciones sobre la igualdad de las culturas tomaron fuerza en las últimas décadas, aunque la definición del sustantivo todavía genera discrepancias.

06/08/2022

Por Felipe Frydman, en el diario Clarín
En su reciente visita a Canadá, el Papa Francisco reiteró su respeto a todas las culturas, recordó que no existen culturas superiores, y como prueba de su aquiescencia se colocó un penacho de plumas que alguna vez asemejó a la mitra usado por obispos como señal ambos de jerarquía.

Las afirmaciones sobre la igualdad de las culturas tomaron fuerza en las últimas décadas, aunque la definición del sustantivo todavía genera discrepancias. El antropólogo francés Levi-Strauss popularizó la idea de la igualdad desde su primer libro “Las estructuras elementales del parentesco”.

La definición difusa de cultura también fue utilizada cuando surgieron las naciones para justificar la formación del Estado que contuviera a una población con costumbres similares como podrían ser religión, idioma, vestimenta o hábitos dentro de un territorio.

Los grupos con “culturas diferentes” era exterminados, expulsados y en los casos más benévolos forzados a asimilarse. La Iglesia Católica, al igual que el Islam, cumplió un papel clave con su proselitismo de forzar sobre los “bárbaros” la visión cristiana considerada superior o civilizada.

Estas ideas interrumpieron el análisis sobre el desarrollo desigual por localización geográfica o innovaciones tecnológicas que generaban cambios en las relaciones sociales. Marx sostuvo que algunos cultivos favorecieron el desarrollo tecnológico porque requerían procesamiento para ingerirlos; la papa en cambio podía comérsela con solo cocinarla sobre el fuego.

Estos cambios facilitaron las modificaciones en las relaciones entre los individuos, pero también nuevos conocimientos. La tierra no era plana, no era el centro del universo y gira alrededor del sol; la piedra era inferior al arco y la flecha y éstos a la pólvora y la agricultura terminó con la dependencia de la caza y la pesca.

La derivación de la igualdad de las culturas eliminó también las diferencias temporales. Las culturas de las tribus en el Triángulo Dorado o en el Amazonas o Hadzabe en Tanzania estarían al mismo nivel que las tribus de Paría, Beijing, Tokio, Roma o Nueva York sin olvidar Buenos Aires.

Como todo es igual, es similar leer a Proust, Dostoievski y García Márquez que formar partes de culturas “ágrafas” o el repicar de tambores a una sinfónica interpretando a Mozart. No habría diferencias porque cada una de ellas es válida en su propia forma de relacionarse con la naturaleza.

Tampoco correspondería criticar la poligamia, la lapidación, la extirpación del clítoris, los casamientos de las adolescentes, la pedofilia o restringir la educación a los hombres. Cada una de esas características forman parte de una cultura y el cuestionamiento no respetaría el derecho de elección del otro. Los juicios de valor serían políticamente incorrectos.

La obligatoriedad de la educación constituye también una distorsión. Es una imposición sobre un grupo que la rechaza porque cambiaría las relaciones en su comunidad atentando con su supervivencia. Las escuelas enseñarían física, química e ingeniería que son contradictorias con las creencias y ocasionaría la disminución progresiva de integrantes; un proceso que se puede apreciar en todas las regiones del mundo.

Esto conlleva a la desaparición de lenguas que no se corresponden con los cambios. Sólo basta analizar la historia de los dialectos en China en favor del mandarín, en Italia con el italiano o la Federación Rusa con el ruso.

El respeto por la libertad y el otro constituyen componentes imprescindibles de la democracia, pero sostener que no se puede ejercer una valorización es una hipocresía por más coloridos que sean los penachos o las mitras. Se pueden comer hormigas o saltamontes, pero los langostinos o el bife de chorizo saben mejor. Esos eufemismos sobre las culturas solo brindan beneficios políticos, pero no ayudan a crear un mundo mejor porque condenan a poblaciones a un pasado que siempre fue peor.