La disponibilidad de gasolina y diésel cayó con fuerza durante agosto, mientras los ataques contra refinerías, las paradas imprevistas y las dificultades de distribución profundizaron los problemas de abastecimiento.
La escasez de combustibles volvió a agravarse en Rusia durante agosto y comenzó a afectar a distintas regiones del país, en un contexto marcado por los ataques ucranianos contra instalaciones de refinación, interrupciones inesperadas en algunas plantas y dificultades para trasladar el producto hacia los principales centros de consumo.
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Uno de los datos que refleja con mayor claridad la magnitud del problema es la disponibilidad en las estaciones de servicio. Al 16 de agosto, apenas el 28,1% de las gasolineras relevadas contaba con gasolina o diésel, frente al 41% registrado una semana antes. La caída expuso un rápido deterioro del abastecimiento y volvió a generar colas y faltantes de distintos combustibles en varias zonas del país.
El problema también alcanzó a Moscú y sus alrededores, donde un relevamiento realizado sobre 21 estaciones de servicio detectó una oferta limitada de las distintas variedades de gasolina y una disponibilidad irregular de diésel. De esta manera, la crisis dejó de concentrarse únicamente en regiones periféricas y comenzó a sentirse también en uno de los principales mercados de consumo de Rusia.
Las autoridades reconocieron las dificultades. El ministro de Energía, Serguéi Tsiviliov, admitió la formación de colas en las estaciones de servicio y aseguró que el Gobierno trabaja para recuperar el abastecimiento. La situación se explica por una combinación de factores: los ataques contra las refinerías, las reparaciones no programadas, la demanda estacional y los problemas logísticos que complican la distribución.
Uno de los episodios más recientes ocurrió en la refinería de Orsk, en la región de Oremburgo, que quedó fuera de servicio tras un ataque y cuya reparación podría extenderse durante varios meses. También se registraron daños y alteraciones en otras instalaciones importantes de la industria petrolera rusa, lo que redujo la capacidad de procesamiento en un momento de elevada demanda.
Frente a este escenario, el Gobierno de Vladimir Putin adoptó distintas medidas para intentar garantizar el abastecimiento interno. Entre ellas se encuentra la extensión de la prohibición de exportar gasolina y diésel, una decisión que busca priorizar el mercado doméstico y evitar que una mayor cantidad de combustible salga del país.
Además, las autoridades flexibilizaron temporalmente los requisitos sobre la calidad de los combustibles y autorizaron la producción, importación y venta de gasolinas Euro-2, Euro-3 y Euro-4. La medida pretende ampliar la oferta disponible y reducir las presiones sobre las refinerías y el sistema de distribución.
La respuesta estatal también incluyó controles sobre las empresas del sector. El Servicio Federal Antimonopolio de Rusia abrió 41 expedientes y emitió 68 advertencias hasta el 17 de agosto por presuntas infracciones vinculadas con la legislación de competencia. Durante el verano se iniciaron 30 de esos procedimientos, en medio de un aumento de las denuncias por faltantes y precios en distintas regiones.
La primera ola de escasez había comenzado a fines de mayo y se prolongó durante aproximadamente un mes y medio. Hacia fines de julio, el mercado había mostrado señales de estabilización, pero la situación volvió a empeorar durante agosto con la reanudación de los ataques contra instalaciones de refinación y nuevas interrupciones en la producción.
El Gobierno también buscó alternativas para aumentar la oferta mediante importaciones. Entre las opciones apareció India, desde donde Rusia comenzó a recibir cargamentos de gasolina para compensar parte de la menor disponibilidad interna. Uno de los envíos, de unas 68.000 toneladas, llegó al país y comenzó a ser distribuido por vía ferroviaria.
Sin embargo, la importación no aparece como una solución sencilla. El combustible adquirido en el exterior debe afrontar costos superiores a los registrados en el mercado interno, lo que limita su viabilidad comercial y obliga a las autoridades y empresas a buscar condiciones que permitan trasladarlo hacia las regiones con mayores dificultades.
La combinación de menor capacidad de refinación, problemas de logística y una demanda que continúa elevada volvió a tensionar el mercado energético ruso. Mientras el Gobierno intenta contener la situación con restricciones a las exportaciones, flexibilización de estándares e importaciones, las colas en las estaciones y los faltantes muestran que el problema todavía está lejos de resolverse.