Ya comenzado el verano, uno abre Instagram y aparecen imágenes de varios usuarios en distintas playas. Sonríen dentro del mar, en la orilla, o con un libro en la mano. Los veo y pienso: esa es la felicidad. Dedicar el día entero al disfrute de la naturaleza, la actividad física, la contemplación, la lectura; cesar temporalmente el esfuerzo.
Por Solana Ini, en La Nación
En su libro The How of Happiness, la investigadora en psicología positiva Sonja Lyubomirsky describe la felicidad como “la experiencia de alegría, satisfacción o bienestar positivo, combinada con la sensación de que la propia vida es buena, significativa y valiosa”. En este sentido, el bienestar hedónico -vinculado al placer y al disfrute- coexiste con el bienestar eudaimónico, asociado al sentido, la realización personal y el logro. ¿Priorizamos hoy el disfrute o hemos convertido la productividad en nuestra principal fuente de gratificación?
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Desde la infancia se nos pregunta qué queremos ser de adultos, dándonos a entender que esa elección definirá nuestra identidad. Hoy cerca de la mitad de los niños desean ser influencers. Son figuras que ven a diario y a quienes admiran. Los niños desean pasarla bien y obtener, con el mínimo esfuerzo, la máxima ganancia, lo mismo que ha buscado la humanidad a lo largo de su existencia. O al menos, hasta cierto punto de ella. Desde el momento en que el hombre abandona la caza y recolección para dedicarse a la ganadería y agricultura hasta el momento en que inventa una máquina que lee, resume, piensa y escribe por él; vemos un intento permanente de reducir la incertidumbre y el tiempo dedicado a las obligaciones; una búsqueda de bienestar y comodidad.
¿Pero qué lugar tienen los logros? Si el ser humano buscara tan sólo el disfrute y ocio, ¿por qué experimenta tal grado de felicidad cuando es reconocido por su labor? Esas experiencias también lo gratifican al hacerlo sentirse orgulloso de sí mismo. Maslow, en su famosa pirámide de las necesidades, identificó las necesidades de reconocimiento y autorrealización. Si bien su importancia no es independiente del contexto histórico y sociocultural, ni de la personalidad y las expectativas individuales, en varios sectores de la sociedad se han convertido en una de las principales fuentes de gratificación. Hoy, cada individuo tiene su propio canal de difusión o “perfil”, donde él mismo produce las noticias: qué hizo, qué hace y qué planea hacer. Los usuarios exponen cómo pasan su tiempo libre y qué logros son fruto de sus tiempos productivos. En estas semanas, hasta se puede ver el balance individual anual que hace cada uno acerca de sí mismo. En estos tiempos, no solo el ser humano busca la felicidad, sino también mostrar cuán feliz es, exhibir su vida e incluso ser felicitado por ello.
Una publicación titulada “Metas de logro y satisfacción con la vida” muestra que perseguir metas de logro se asocia con mayor satisfacción vital, especialmente cuando las personas se perciben como agentes eficaces y capaces de alcanzar sus objetivos.
En su libro La condición humana, Hannah Arendt sugiere que la labor dejó de ocupar un lugar secundario para convertirse en el eje central de la existencia humana, dando lugar a una “sociedad de laburantes” en la que la preocupación fundamental es producir para poder consumir.
Mientras que las vacaciones son la máxima expresión del disfrute, el trabajo ha pasado de ser un medio para subsistir a un fin en sí mismo que otorga sentido a la existencia y que quizás hasta comienza a postergar o reemplazar el propósito de armar una familia. (En la Argentina la tasa de natalidad descendió alrededor de un 40% en la última década). Si bien el objetivo del hombre a lo largo de la historia pareciera haber sido aumentar el tiempo de ocio, ha logrado lo opuesto: se autoexige cada vez más para alcanzar un ideal y estar satisfecho consigo mismo.
Como expresa el autor Byung-Chul Han, en La Sociedad del cansancio, “el hombre va ejerciendo su autonomía y se convierte en víctima y victimario porque se explota a sí mismo, no tiene sobre él un poder que lo presione, éste está dentro de él, no hay presión más dura que la autoexigencia. El ser humano se autoexplota y vive hiperactivo e hiperneurótico.” (Reseña de Gabriela Quintero Camarena)
Desde mi punto de vista, la satisfacción por el logro de metas laborales está fuertemente ligada al entorno en el cual está inmerso el individuo y su escala de valores. Hoy, en varios contextos, se fomenta al máximo el amor hacia uno mismo y se busca satisfacer las necesidades de reconocimiento y de autorrealización con la misma intensidad y desesperación que un mendigo busca restos de comida en un contenedor de basura. Quizás buscar un equilibrio entre disfrute y productividad reduzca el nivel de autoexigencia; después de todo, el estudio más prolongado sobre la felicidad http://www.adultdevelopmentstudy.org/ ha demostrado que no es el éxito ni los logros lo que más bienestar aporta, sino la calidad de los vínculos que construimos a lo largo de la vida.