San Lorenzo fue el bautismo de fuego de José de San Martín en suelo americano y también la primera acción militar del Regimiento de Granaderos a Caballo, creado pocos meses antes.
La Batalla de San Lorenzo, librada el 3 de febrero de 1813, ocupa un lugar especial en la memoria escolar argentina. La aprendimos cantando la Marcha de San Lorenzo, repitiendo versos solemnes que muchos todavía recuerdan de memoria. Pero detrás de esa canción y de ese relato épico, hay una historia breve, intensa y llena de detalles que rara vez llegan al aula.
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San Lorenzo fue el bautismo de fuego de José de San Martín en suelo americano y también la primera acción militar del Regimiento de Granaderos a Caballo, creado pocos meses antes. No fue una gran batalla: duró entre 10 y 15 minutos, se libró en las inmediaciones del Convento de San Carlos, a orillas del río Paraná, y enfrentó a unos 150 granaderos, organizados en dos escuadrones, contra alrededor de 250 realistas que habían desembarcado desde Montevideo.
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Los españoles no venían a librar una gran batalla. Su objetivo era el de siempre: saquear poblados, robar ganado y golpear la economía de la región para aliviar el bloqueo al puerto de Montevideo. Para frenar esas incursiones, a comienzos de 1813 se le encomendó a los Granaderos su primera misión real: defender las costas del Paraná.
San Martín esperaba ese momento. Y no improvisó. Realizó un minucioso trabajo de inteligencia, siguió los movimientos de la escuadra enemiga mediante espías por tierra e instaló su cuartel general en el Convento de San Carlos, cerca de la posta de San Lorenzo. Allí los esperó. Y los dejó venir.
La mañana del 3 de febrero, cuando los realistas desembarcaron confiados para iniciar sus tareas de saqueo, San Martín ordenó un ataque envolvente. Dos columnas cerrándose sobre el enemigo. La sorpresa fue total. De poco sirvió el “paso redoblado” inmortalizado por la marcha: los realistas fueron empujados hacia el río en cuestión de minutos.
El plan funcionó, aunque el combate tuvo momentos críticos. En medio de la acción, el caballo de San Martín (bayo, no blanco) fue herido y cayó, aprisionándole la pierna y dejándolo expuesto. Un soldado español intentó matarlo con su bayoneta, pero fue abatido por Juan Bautista Baigorria, granadero puntano. Otro golpe alcanzó a San Martín en la mejilla izquierda, dejándole una herida visible.
Fue entonces cuando apareció Juan Bautista Cabral, soldado correntino, quien logró liberar a su jefe. Cabral quedó mortalmente herido y fue trasladado al refectorio del Convento de San Carlos, utilizado como hospital de campaña. Allí falleció horas después, pronunciando palabras que quedaron registradas en documentos oficiales:
“Viva la Patria. Muero contento por haber batido a los enemigos”.
A las 6 de la mañana, todo había terminado.
En apenas quince minutos, los realistas dejaron 40 muertos, 13 heridos, 14 prisioneros, además de dos cañones, fusiles y una bandera. Los patriotas tuvieron 15 o 16 muertos y más de 20 heridos. El objetivo militar estaba cumplido.
Después de la batalla ocurrió algo poco habitual para la época. San Martín prohibió el saqueo, ordenó atender a los heridos de ambos bandos y dispuso entierros respetuosos para los enemigos caídos. Luego elevó un pedido al Triunvirato solicitando reconocimientos para sus soldados, asistencia para los heridos y pensiones para las viudas y familias de los caídos, recomendando especialmente a la viuda del capitán Justo Bermúdez y a la familia de Cabral.
Políticamente, San Lorenzo fue clave. El triunfo aumentó el prestigio de San Martín y disipó las dudas de quienes desconfiaban de su pasado en el ejército español. En Buenos Aires sesionaba la Asamblea del Año XIII, y muchos veían en ese momento una oportunidad decisiva para avanzar hacia la independencia.
Y la marcha… la famosa Marcha de San Lorenzo no fue compuesta en 1813, sino en 1901, casi un siglo después. Sin embargo, logró algo notable: fijar en la memoria colectiva una batalla breve que, desde lo militar, fue menor, pero simbólicamente enorme.
San Lorenzo no definió la guerra, pero sí marcó un comienzo. Confirmó que San Martín sabía lo que hacía, que los Granaderos estaban listos y que la independencia también se construía con planificación, liderazgo y disciplina.
Tal vez por eso la seguimos cantando. Porque más allá del mito, la Batalla de San Lorenzo nos recuerda que la historia no siempre se decide en grandes campañas, sino también en combates breves, cerca de un convento, a la orilla de un río, y con hombres comunes que terminaron siendo parte de algo extraordinario.
Por el Profesor Diego Curet, para Diario Panorama