La reciente cumbre del Foro Global Progressive Mobilisation expuso una paradoja política: mandatarios que denuncian los riesgos de la ultraderecha, pero arrastran graves problemas de gestión y escándalos en sus propios países.
Por Pilar Rahola
Para Infobae
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En su desesperación por generar noticias de ruido internacional para poder camuflar el alto voltaje de sus problemas nacionales, Pedro Sánchez montó en Barcelona un aquelarre de salvadores del pueblo. Ahí estaban los Petro, las Sheinbaum y los Boric acompañados del boss Lula, alertando al mundo de la maldad de las derechas que avanzan por doquier.
El lema del Foro ya era toda una declaración de intenciones, “Global Progressive Mobilisation”, y a partir de aquí fueron desfilando las frases que habían de salvar al mundo de sí mismo: “No gritan porque estén ganando, gritan porque saben que su tiempo se acaba”, clamaba Pedro Sánchez; “la extrema derecha se ha aprovechado de la frustración de la población inventando mentiras”, apostillaba Lula; “entramos en una época del miedo, de miedos sobre los que se construye la extrema derecha”, añadía Petro. Y en medio de ellos, Axel Kicillof lanzaba la alarma, “vengo del futuro”, para advertir que los españoles caerían, como los argentinos, en las garras de la ultraderecha. Para Milei, los piropos mayores: “Milei no es un experimento económico, es un experimento de crueldad planificada” (Kicillof), “es la barbarie del XIX” (Petro), “autoritarismo disfrazado de rebeldía” (Boric) y un Sánchez que, sin nombrarlo, lo nombraba: “La motosierra no construye, solo destruye los lazos humanos”. Entre improperio e improperio tuvieron tiempo de corear un “libertad para Cristina”, no se sabe si para liberarla del balcón o de sus latrocinios. Y así, encantados, unos y otros, de haberse conocido, el Foro acabó como una gran masturbación colectiva, sobrecargada de autobombo y autosatisfacción, y vacía de cualquier atisbo de sentido crítico.
En este punto, y conocidas las piedras que todos ellos llevan en la mochila, la pregunta es obligada: ¿son estos los que salvarán al pueblo de sus miserias? Porque la cuestión no es lo que prometen, sino lo que hacen y lo que dejan, y es ahí donde los hechos convierten las palabras en muecas. El ejemplo de Axel Kicillof es el más apetitoso. Fue ministro de economía en los tiempos del desastre kirchnerista y arquitecto de la expropiación de YPF a Repsol, y ahora tiene a la provincia de Buenos Aires en situación de emergencia económica, con una deuda desatada, una presión fiscal inaguantable, una inseguridad trágica, sin efectivos, ni estrategia para contenerla, y una obra pública encallada en la más absoluta falta de previsión. Si añadimos la falta de inversión extranjera, asustados los mercados por el retorno a la economía fallida de otros tiempos, el balance de su gobierno es apoteósico. Ni como ministro de antaño, ni como gobernador de ahora, parece que Kicillof pueda dar ninguna lección.
Además está lo de la excursión a Barcelona. Una provincia en emergencia económica y crecimiento constante de deuda se permite enviar una delegación de veinte personas (funcionarios, miembros del gabinete, equipo de comunicación, amigos y etc), con pasajes en business, alojamientos para toda la delegación en Madrid y Barcelona, un coste de 150.000 dólares y cero inversión conseguida, lo cual, todo sumado, debe ser un homenaje a la justícia social. En definitiva, un viaje ideológico para su único interés personal, pagado con dinero público y bajo el paraguas de una provincia en situación de emergencia. Pero seguramente no importa, porque todo lo hacen para defender el progresismo, luchar contra la ultraderecha, liberar al pueblo y bla, bla.
Si la comparativa se extendiera a otros libertadores del foro, como por ejemplo Petro con su Colombia campeona en producción de cocaína -la más alta de la historia- y la violencia arreciando, la conclusión sería la misma: su capacidad de enarbolar la demagogia es directamente proporcional a su incapacidad de gobernar sus territorios. El caso de Pedro Sánchez es de nota: no tiene mayoría parlamentaria, ni presupuestos, su círculo de confianza está encausado por corrupción, tiene a la mujer en los tribunales y las pocas leyes que consigue aprobar (de la mano de la extrema izquierda), tienen una contestación mayoritaria. Pero, autoungido como héroe del progresismo, todo se le perdona, porque las consignas y las pancartas tienen más valor que sus desastres políticos.
En definitiva, un foro con abundancia de perdedores que se otorgan la ética política cuando abundan en inmoralidad política, y dan lecciones de gobierno, desde la atalaya de sus desgobiernos. Pura impunidad, pura verborrea y mucha caradura.