El biopioc musical más esperado del año, protagonizado por el sobrino del proclamado rey del pop, supera a otras propuestas como "Bohemian Rhapsody".
Por Roger Salvans
Para Fotogramas
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Arrancar diciendo que ‘Michael’, el biopic del rey del pop ideado por Graham King, el productor de ‘Bohemian Rhapsody –la cinta basada en la vida del líder de Queen, Freddie Mercury… ya ven, todo muy real–, blanquea la figura de Michael Jackson es una obviedad. Pero lo cierto es que es así hasta el punto de convertirse en el mayor pero del film que dirige Antoine Fuqua y protagonizan Jaafar Jackson, Colman Domingo o Miles Teller, entre otros. También hay que reconocer que la película vuela cuando se entrega a la energía escénica de Michael, con unos números musicales que, por instantes, nos hacen revivir el magnetismo irrepetible de sus primeros años de carrera. El fondo del asunto es que, si nos ceñimos a la esencia del ejercicio de la crítica, una de las claves es centrarse en valorar y contextualizar solo lo que el film cuenta y cómo lo cuenta. Pero en este caso concreto lo que no se dice, lo que se decide dejar fuera, es tan revelador y de tal peso que roza lo incómodo... pero no lo inexplicable, porque la razón tras ese vacío está en la (necesaria) implicación de la familia del cantante y los encargados de cuidar de su legado en la película. Más allá de lo que podía haber sido –esa supuesta versión inicial del proyecto, que arrancaba en 1993, cuando la policía llegaba a Neverland tras las primeras acusaciones, y que tuvo que descartarse por problemas legales obligando a rodar un tercer acto entero–, lo que tenemos ahora es un relato blindado, una hagiografia, que avanza con pies de plomo cada vez que se aproxima a los territorios más espinosos de la vida del artista, que por obra del guion de John Logan se convierte en una historia de superación y éxito.
Es cierto que se tocan algunos de los claroscuros de su vida, pero como si fuera la segunda voz de una canción, como un elemento del coro, a un menor volumen. Ahí están el aislamiento emocional de la estrella; la transformación física y su adicción a la cirugía y a los analgésicos; el vitíligo que explicaba la decoloración de su piel o la imposibilidad de crecer emocionalmente que lo condenó a una infancia perpetua, subrayado por las referencias constantes a Peter Pan. El verdadero eje dramático del biopic es la problemática relación con su padre, Joe Jackson. Este capitán Garfio, el único antagonista de la cinta, tiene gracias a Colman Domingo una profundidad y dimensiones que, pese a estar dibujadas a trazo grueso, contrasta con unos secundarios prácticamente inexistentes. Pero al final, este enfrentamiento como retrato íntimo es también epidérmico, deliberadamente superficial. Se pasa de puntillas por hechos e intrahistorias que exigían algo más de valentía, que aquí quedan neutralizados y desactivados. Pero, y eso es lo extraño, también se ignoran personajes, situaciones y momentos claves para comprender el devenir vital de Michael Jackson. Quizás sea una cuestión de derechos, puede ser, pero su ausencia resta profundidad y complejidad a la estrella. Puestos a comparar, el Freddie Mercury de ‘Bohemian Rhapsody’, tantas veces acusado de edulcorado, parece por contraste un personaje lleno de aristas y matices.
Sin embargo, lo que la película sacrifica en complejidad dramática lo recupera —y con creces— en músculo escénico. ‘Michael’ es, ante todo, un espectáculo monumental diseñado para encadenar momentos icónicos, y en ese terreno funciona con una eficacia casi incontestable. Fuqua abandona aquí cualquier tentación de estilo autoral para ponerse al servicio del mito, pero lo hace con pulso: la película respira, se mueve, encuentra ritmo en la recreación de cada etapa creativa y convierte los grandes hitos musicales en auténticos set pieces cinematográficos. Cierto es que no se atisba ni rastro del cineasta que dirigió 'Día de entrenamiento', ni su nervio ni la urgencia o rabia intrínseca.
El bloque dedicado a 'Thriller' –desde la gestación del álbum hasta el rodaje del videoclip en el que vemos, fugazmente, a John Landis… cuyo mérito es seguir las indicaciones de dirección de ‘Jacko’– es el corazón de la película, el punto en el que todo encaja: narrativa, música e imaginario pop. Puede que el guion subraye en exceso las claves creativas, pero la energía visual y el sentido del espectáculo compensan cualquier didactismo. Es ahí donde la película recuerda por qué existe: su misión no es explicar a Michael Jackson, sino hacérnoslo sentir de nuevo. Cada número está concebido como un acto de resurrección colectiva, un ejercicio de memoria emocional que convierte la experiencia en algo casi físico.
Y en el centro de todo, Jaafar Jackson. Quienes había levantado una ceja tras conocerse su elección como una evidencia más del control de la familia sobre el proyecto –es hijo de Jermaine, hermano de Michael–, quizás la bajen cuando vean su interpretación, que no es tanto una construcción dramática como un acto de transformación total. En lo estrictamente musical –voz, ritmo, precisión coreográfica, presencia escénica– es como estar viendo una réplica de su tío Michael, y en ese sentido supera con claridad el despliegue que le valió el Oscar a Mejor Actor a Rami Malek. No hay aquí la distancia entre actor y personaje: hay mimetismo, apropiación, una encarnación hipnótica. Otra cosa es lo que ocurre fuera del escenario, donde su Michael pierde espesor y queda atrapado en la misma superficialidad que marca al conjunto.
Paradójicamente, quien aporta mayor verdad emocional a su personaje es Juliano Valdi, el Michael niño. Su fragilidad y vitalidad condensan lo que la película adulta no se atreve a explorar. Tras el clímax de Thriller, el film acusa el desgaste: menos música, menos energía, y ninguna oscuridad real que sostenga el relato. El resultado final es eficaz: un biopic que se disfruta como concierto, que seduce como espectáculo, pero que rehúye el conflicto, hasta el punto de convertir la vida de uno de los iconos más complejos del siglo XX en una versión cuidadosamente filtrada, con momentos de brillantez y que veremos sin poder dejar de mover los pies, pero a todas luces incompleta.
Para más interesados en los conciertos y bailes de Michael Jackson que en la trastienda de la vida real del Rey del Pop.