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Opinión y Actualidad

El humanismo de Occidente no admite fronteras étnicas o religiosas

Para Oswald Spengler, Occidente estaba en el ocaso. Para Donald Trump, un siglo después, está muerto. Al menos el Occidente tal y como lo conocíamos. Para todas las generaciones que crecieron desde la Segunda Guerra Mundial, Occidente era la civilización liberal. Así era para quienes lo amaban y defendían, y así para quienes lo odiaban y combatían.

Hoy 05:15
Donald Trump.

Por Loris Zanatta, en diario La Nación
La expresión era vaga y flexible, pero los fundamentos estaban claros: poder limitado, estado de derecho, multilateralismo, pluralismo, laicidad, una mezcla de Estado y mercado, individuo y comunidad, fe y razón. Y una vocación universalista y cosmopolita, típica tanto del cristianismo como de la Ilustración, los dos ríos que, ahora chocando ahora fusionándose, lo habían formado. Esto, a grandes rasgos, unía a Occidente por encima de su heterogeneidad, esto lo distinguía de las civilizaciones donde esos ingredientes eran tenues o inexistentes. Fue en su nombre que en 1917 Woodrow Wilson envió tropas a Europa, y que Franklin D. Roosevelt siguió sus pasos años más tarde. Los ideales se combinaban con los intereses: si la civilización liberal caía en el Viejo Mundo, el Nuevo también sufriría las consecuencias.

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Trump es ajeno a todo esto. Europa, suele decir, “es peor que China”. La acusa de violar las libertades, de obstaculizar el dinamismo económico. Sus “políticas migratorias” amenazan de conducir a la “cancelación de la civilización”. Nada menos. A primera vista, se diría que busca liberarse del peso económico de la OTAN: ¿cuántas veces ha amenazado con abandonarla? Sin embargo, su doctrina recién publicada aspira a mucho más: quiere subvertir los equilibrios políticos en Europa. Sus argumentos y sus amistades son los mismos que los de los gobiernos y partidos soberanistas. Como muchos de ellos, es atraído por Rusia: “nunca le pregunté su opinión sobre Putin”, recuerda John Bolton, que fue su asesor, “por miedo a lo que pudiera decir”. Se entiende: comparten la misma vocación autocrática, el mismo nacionalismo, el mismo complejo antieruropeo.

En Europa, la “doctrina Trump” cayó como una declaración de guerra. A muchos nos pareció grotesca, que nos echara en cara lo que él mismo hace sonó al buey que le da del cornudo al burro. No hay día en el que no ataque a una autoridad independiente, no intente imponer mordazas, no lance insultos vulgares contra tal o cual comunidad. Está bien combatir la inmigración ilegal, pero incitar al odio étnico es cosa del Ku Klux Klan, extender a etnias enteras las culpas de algunos individuos sabe a pogrom. Si es por defender la civilización, ¡desde luego no es la civilización liberal! ¿Y las trabas al “dinamismo económico”? ¡Dicho por quien los aranceles “son el mejor amigo del hombre”! Por no hablar de los efectos globales de su política, un festín para los enemigos de Occidente.

Sobre la hilaridad, sin embargo, prevalece la consternación: ¿quién hubiera imaginado un presidente norteamericano pidiendo rendirse al ucraniano agredido condenándolo a la esclavitud ante el agresor ruso? ¿Golpear a quien sueña con unirse al Occidente liberal y cortejar a quien lo masacra para impedírselo? ¿Dividir a Europa occidental, socavar a la Unión Europea? ¿Qué le ha pasado a Estados Unidos? ¿Por qué reniegan de los valores que en su momento difundieron y defendieron?

Cada uno encontrará una parte de la respuesta donde la busque: en la política o en la cultura, en la geopolítica o en la economía, en la religión o en la demografía. Desde la perspectiva de la historia, la verdad es que no deberíamos sorprendernos demasiado. El consenso occidental en torno al ethos liberal es reciente y precario, frágil y reversible. Agazapado en la trinchera opuesta u oculto entre sus pliegues, siempre ha estado latente el Occidente antiliberal, identitario y nacionalista, confesional y supremacista. Toda Atenas, abierta y democrática, tarde o temprano se enfrenta a su Esparta, autárquica y mesiánica.

Trump dice falsedades. No es cierto que Europa amenace a la civilización, las sociedades europeas son abiertas y plurales, más inclusivas que la estadounidense. Pero también dice algunas verdades: es cierto que la población está envejecida, la economía es estática y la burocracia asfixiante. Y que la inmigración es un problema, origen de muchos otros problemas. Pero, ¿tiene la solución? Y ¿su solución es aceptable y eficaz? La demagogia permisiva, acojamos a todos, ha causado mucho daño. La demagogia intransigente, expulsémoslos, es aún peor. Tanto porque necesitamos a los migrantes y los migrantes migran porque hay demanda de su trabajo, como porque una sociedad liberal no puede violar sus principios sin suicidarse. ¿Queremos discriminarlos en base a su fe? ¿A su origen? Me hacen reír los que aplauden las bromas racistas de Trump: para él somos todos “somalíes sucios” procedentes de quién sabe qué “país de mierda”, para usar sus palabras.

Si fuera latinoamericano, me lo pensaría dos veces antes de subir con armas y equipaje a un barco así: o te doblegas o te somete, amigos sí, casarse no. Pero como soy europeo, me gusta pensar que Trump no sea eterno, que el espíritu liberal aún palpite en algún lugar de ese gran país. Mientras, ¿qué mejor ocasión para relanzar el proyecto europeo? ¿Para cerrar filas en torno a su defensa de las amenazas y sus valores fundacionales? Es una tarea titánica y el “espíritu de la época” rema en contra. Pero es inútil gritar que “el turco está a las puertas”, evocar el espectro del “reemplazo étnico”: la homogeneidad cultural es un viejo y estéril sueño reaccionario, bloquear la hibridación de pueblos e individuos es como tapar el sol con un dedo. Mejor arremangarse y apostar por la civilización liberal, por su capacidad de incluir y castigar en base a la universalidad de la ley, la sola en condición de transformar los migrantes en ciudadanos, de convertir a las tribus en personas. ¿Dónde está escrito que deba ser un bien exclusivo del hombre blanco y cristiano? Su humanismo no admite fronteras étnicas o religiosas. De aceptarlas, el Occidente liberal estará realmente muerto.