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Opinión y Actualidad

El miedo y las batallas

A propósito de una escena del filme Valor sentimental, una reflexión sobre la manera de afrontar los desafíos de la vida.

Hoy 04:57

Por Horacio Convertini, en diario Clarín
“Valor sentimental”, la hermosa película de Joachim Trier, tiene al comienzo una escena tremenda. Una joven actriz de teatro debe actuar ante una sala llena. Pero no se anima. Se encierra en su camarín, sale tras los ruegos del director, entre bastidores vuelve a arrepentirse, le pide a un compañero que le pegue una cachetada para tomar coraje, se arranca el micrófono y parte del vestuario, se va, la contienen y, finalmente, después de varios minutos de vacilaciones y tensión, pisa el escenario y brilla.

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Ese momento del filme, en la piel de una maravillosa Renate Reinsve, contagia angustia y nos remite a aquellos desafíos en los que el miedo al fracaso nos pone en vilo o, directamente, nos lleva a decisiones absurdas.

Cuento una anécdota personal. Yo tenía 18 o 19 años y quería sacar el carnet de conducir. Era un mandato de la edad. Me preparé durante semanas con una instructora muy canchera, que un rato antes de rendir el examen me llevó a la pista de manejo para un último ensayo. Hice todo bien. Pero la confianza se me esfumó apenas me subí al auto con el examinador. Arranqué, nunca puse segunda, no entendí las consignas y mi mente se nubló. Dejé el coche atravesado en la pista y me fui dando un portazo. A diferencia de la película, no hubo final feliz. El registro me lo consiguió por izquierda el padre de un amigo (cosas que sucedían a principios de los ochenta), se me venció en 1986 y jamás lo renové (ni manejé).

Vivir es prepararse para saltar abismos. El único recuerdo de mi primer día en la escuela primaria se lo lleva un compañero llamado Néstor, que rompió la formación a los gritos y se lanzó a correr en redondo cuando vio que su madre lo dejaba solo en el colegio. La escena del vicedirector, el atildado señor Freire, tratando de darle alcance es la única que conservo de aquel momento fundacional de mi infancia.

Si esta fuera una nota de autoayuda, debería decir que hay que hacer como la actriz joven de “Valor sentimental” o como mi compañero Néstor: aceptar el miedo que nos genera el salto al vacío, incluso expresar ruidosamente lo que nos pasa frente al vértigo de no poder, pero sólo para hallar ese atisbo de coraje (si no de resignación) que nos permitirá dar el paso adelante.

Pero no: esta nota, por suerte, no tiene moraleja ni pretende dejar enseñanzas para el buen vivir. Su única razón de ser es señalar que, frente al miedo, uno reacciona como puede. Y una forma posible es rendirse, admitir que algo no es para uno, que antes que morir con las botas puestas quizás lo mejor sea huir, porque soldado que huye sirve para otra guerra, una guerra que lejos de asustarnos nos dé ganas de pelear.

En “Valor sentimental”, la actriz joven vence dos miedos, el ya dicho y otro que no mencionaré para no cometer spoiler. Y no lo hace por valiente sino porque esos, al fin, eran los combates que quería dar.

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