Luego de la cumbre presidencial con Donald Trump del 7 de marzo, en la que se conformó la coalición de derecha “Escudo de las Américas”, finalmente quedó delineado el cerco contra Cuba.
Por Daniel Kersffeld
Para Página 12
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Rodrigo Chaves, presidente de Costa Rica; Luis Abinader, de República Dominicana; Nayib Bukele, de El Salvador; Tito Asfura, de Honduras; Mohamed Irfaan Alí, de Guyana; José Mulino, de Panamá; y Kamla Persad-Bissessar, de Trinidad y Tobago conforman el subgrupo de El Caribe que operará de manera subsidiaria a la Casa Blanca (o al estilo “proxy”) para profundizar el bloqueo frente a Cuba. El objetivo final no sería otro que provocar la caída del gobierno de Miguel Díaz-Canel, en lo que el caudillo republicano caracterizó, apenas, como una “toma amistosa”.
A diferencia del apetito insaciable frente a los recursos estratégicos existentes en Venezuela e Irán, la ocupación de Cuba sería para el gobierno de Trump una conquista moral, bajo la certeza de que el “bien” triunfa sobre el “mal”, o de que la “libertad” prevalece siempre sobre la “opresión”.
Se suma también la megalomanía del viejo caudillo, que con su anhelado paso triunfal por La Habana espera ocupar un lugar en la historia nacional por encima de Ronald Reagan, primer impulsor del modelo neoliberal y del posterior quiebre del bloque soviético; de Franklin D. Roosevelt, el líder político de los aliados frente al Eje nazi-fascista en tiempos de la Segunda Guerra Mundial; y, sobre todo, de su admirado William McKinley, quien entre 1897 y 1901 se convirtió en el principal arquitecto del imperialismo estadounidense, con la anexión de Hawái, la planificación de lo que luego sería el Canal de Panamá, una mayor presencia norteamericana en Venezuela frente a la amenaza de la Guyana británica, y la intervención armada contra España para favorecer el control sobre sus ex colonias Puerto Rico, Guam, Filipinas y Cuba.
Neutralizada la amenaza venezolana y reconvertida en algo todavía confuso e incierto, solo subsiste Cuba, con su simple existencia, para denunciar los arrebatos expansivos e imperiales de un gobierno dispuesto a reconfigurar la geopolítica global a su favor y de acuerdo con sus propios requerimientos.
Con una salvedad: Estados Unidos se asume hoy destinado a confrontar violentamente con otras potencias o con aquellos regímenes a los que considera una amenaza para la paz. Según el criterio desenvuelto desde la Casa Blanca, Cuba requeriría otra estrategia, en la que pese más la presión económica que el impulso político y, por supuesto, que el arrebato bélico.
Y no será únicamente desde Washington que se lleve adelante el asedio contra la isla surgida de la Revolución de 1959. De ahí que se considere necesaria la cooperación de un grupo de naciones dispuesto a asumir parte del costo de una tarea difícil, pero que, en la creencia de los estrategas del Pentágono, pronto será redituable para el territorio caribeño, históricamente concebido desde Washington como un laboratorio social para la experimentación de procesos políticos luego exportables a otros confines del planeta.
Pensado inicialmente como una coalición militar destinada a enfrentar a los carteles del narcotráfico en América Latina, en realidad el Escudo de las Américas será multipropósito, de acuerdo con las necesidades estratégicas de Washington, que irán desde la lucha contra el narcotráfico hasta la preservación de un “espacio vital” frente a la creciente ofensiva comercial china.
En lo que no hay dudas es que el Escudo se transformará en un ariete ofensivo cuando se trate de fortalecer el sitio contra Cuba.
En Miami, Trump fue claro y explícito: “Muchos de ustedes han venido hoy y dicen: ‘Espero que puedan encargarse de Cuba’. Porque tienen problemas con Cuba, ¿verdad? Me sorprendió, pero cuatro de ustedes dijeron: ‘¿Podrían hacernos un favor? Cuiden de Cuba. Yo me encargo, ¿de acuerdo?’”. Las aclamaciones de los coaligados no se hicieron esperar, sobre todo frente al interés por dejar a Cuba al “cuidado” del mandatario estadounidense.
Los mandatarios de Centroamérica y el Caribe presentes en la cumbre mantienen fuertes lazos de dependencia con Estados Unidos y operan hoy, mayormente, como regentes de países considerados desde Washington como enclaves neocoloniales.
Ya sea porque estos dirigentes creen que acatando a Trump garantizan su estabilidad, o su permanencia en el poder, por identificación ideológica con el republicanismo, por devolución de favores políticos o por intereses económicos, lo cierto es que Washington ha logrado crear una base de apoyo político en el Caribe como no ocurría desde hace varias décadas.
El caso de Nayib Bukele probablemente sea el más conocido: no solo por su política autoritaria y por su sistema de seguridad contra las maras, sino también por incluir tempranamente a las cárceles de El Salvador como destino para migrantes deportados por Trump. También se destacó la figura de Tito Asfura, el candidato respaldado por la Casa Blanca, en unas reñidas elecciones en Honduras que mantuvieron a la región en vilo durante casi un mes.
Junto a ellos se encuentra Luis Abinader, quien a fines de noviembre de 2025 cedió parte de la base aérea de San Isidro y del Aeropuerto Internacional de las Américas para su uso militar por Estados Unidos, en el marco de su estrategia frente a Venezuela y Cuba. En tanto, Mohamed Irfaan Alí fue sostenido como aliado estratégico contra Nicolás Maduro y frente a la disputa por el Esequibo, región rica en recursos petroleros.
La cadena de favores y presiones es mucho más amplia. Kamla Persad-Bissessar, de Trinidad y Tobago, no solo respaldó operaciones navales estadounidenses contra embarcaciones vinculadas al narcotráfico, sino que también brindó apoyo logístico a la incursión armada contra Venezuela del 3 de enero.
Por su parte, y como Rodrigo Chaves se encuentra en el tramo final de su mandato, también asistió a la cumbre su sucesora electa, Laura Fernández, quien ganó las elecciones con un discurso de “mano dura”, motivo por el cual algunos la apodan “la Bukele de Costa Rica”. Pero quien podría convertirse en el aliado más problemático en Centroamérica es José Mulino, presidente de Panamá, con el Canal interoceánico convertido en un activo estratégico que Trump ambiciona controlar en su disputa comercial con China.
Más allá del alineamiento con Trump, lo más probable es que pocos o ninguno de estos mandatarios se definan por un auténtico sentimiento anticubano, tal como lo profesan el secretario de Estado Marco Rubio y otros altos funcionarios republicanos. Lo que, sin duda, agrava la posición política de este bloque caribeño y centroamericano frente al asedio que amenaza hoy la supervivencia de Cuba.