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Opinión y Actualidad

Crítica de "Hoppers"

La cinta funciona como una pequeña sacudida de energía: un recordatorio de que la imaginación, cuando se libera de cierta solemnidad reciente, puede volver a ser juguetona, imprevisible y contagiosa.

Hoy 07:07

Por Blai Morell
Para Fotogramas

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En el mundo de la animación, hay estudios que viven de rentas, dedicados a hacer lo mismo de siempre, y otros que, cada cierto tiempo, deciden recordarnos por qué lo suyo entra en el territorio de la leyenda. Durante los últimos años, y salvo algunas excepciones —'Soul', las dos partes de 'Del revés' o alguna otra que seguro que me dejo—, dio la sensación de que Pixar había entrado en esa zona extraña de las grandes compañías creativas: secuelas por doquier, películas irreprochables desde lo técnico, ideas interesantes, pero una chispa que parecía haberse quedado en algún cajón del estudio de Emeryville. Nada grave, pero sí esa sensación de piloto automático que aparece cuando el talento se vuelve rutina. Y entonces llega 'Hoppers'. Y salta la banca.

Y es que la nueva película del estudio funciona como una pequeña sacudida de energía: un recordatorio de que la imaginación, cuando se libera de cierta solemnidad reciente, puede volver a ser juguetona, imprevisible y contagiosa. No es solo que Pixar vuelva a estar inspirada; es que parece haberse acordado de lo bien que se lo pasa uno cuando decide divertirse. No en vano es posiblemente una de las películas más divertidas desde su creación.

El regreso del mejor Pixar

La premisa ya apunta en esa dirección: transferir la mente humana a un animal robot y mezclarse entre ellos para comprender e intentar descifrar las reglas —a veces absurdas, a veces poéticas— del reino animal como si de una infiltrada se tratara —sí, hay broma a costa de 'Avatar'—. Y lo que podría haber sido un simple artefacto de ciencia ficción infantil se convierte pronto en una comedia de aventuras sorprendentemente ágil, que avanza con la misma elasticidad que su título sugiere.

Y ahí aparece una de sus mayores virtudes: el humor. Pixar siempre ha tenido sentido de la comicidad, pero aquí lo lleva un paso más allá. La película encadena gags visuales, persecuciones delirantes y diálogos que rebotan con la precisión de una pelota de ping-pong. Toma y daca. Hay algo del espíritu del cartoon clásico en su manera de entender el ritmo —recordar que su director, el debutante Daniel Chong, está detrás de la serie de animación 'Somos osos' (Cartoon Network)—. Como si la animación recordara que el movimiento también puede ser un chiste en sí mismo. Y lo mejor es que nunca sacrifica el corazón de la historia, consiguiendo ese punto emocional sin empachar que caracteriza a Pixar.

Porque, como suele ocurrir en las mejores producciones de Pixar, bajo el espectáculo late una idea sencilla pero fértil. Aquí se habla —sin subrayados— de la relación entre humanos y naturaleza, de la obsesión por observarlo todo y de la paradoja de querer comprender el mundo sin formar realmente parte de él. Lo hace con ligereza, incluso con bastante mala leche, evitando el didactismo que a veces ha pesado en títulos recientes. La emoción llega, sí, pero lo hace limpia, casi de puntillas, entre carcajadas y alguna lagrimilla.

Visualmente, además, la película recupera algo que parecía haberse diluido: el placer puro del movimiento. Los animales robóticos, los paisajes naturales y la fisicidad de las persecuciones —ese tiburón sacado de la obra maestra de Spielberg, menuda locura— están animados con una elasticidad contagiosa. No es tanto una exhibición tecnológicaPixar ya no necesita demostrar que son maestros en animación— como una coreografía cuidadosamente orquestada, donde cada salto, cada caída y cada golpe tienen una musicalidad propia.

Tal vez por eso 'Hoppers' se siente como un pequeño regreso a casa. No porque repita fórmulas del pasado, sino porque recupera algo más difícil de fabricar: la sensación de juego. Durante más de hora y media, la película salta entre aventura, sátira y ternura con una ligereza que recuerda al mejor Pixar, ese que hacía reír primero y pensar después.

Y cuando llegan los créditoscuidado, que hay escena entre créditos— queda una impresión muy concreta: la de haber visto una película que no intenta demostrar nada, sino simplemente contagiar entusiasmo. Y es que Pixar vuelve a recordarnos algo muy sencillo: que imaginar —cuando se hace bien— sigue siendo la forma más seria de divertirse.

Para quienes echaban en falta el Pixar de los buenos tiempos.