El primer mes del año es, para los que no se toman vacaciones, un desierto interminable que se comienza con resaca.
Por Horacio Convertini, en diario Clarín
Para los que no nos vamos de vacaciones en el mes inaugural del año, enero es un desierto interminable y agotador. El del Sahara, el de Gobi, cualquiera. Treinta y un días calientes y húmedos que se transitan reptando sin esperanzas. Hay un feriado, sí, pero justo cae el primero y está intoxicado por la resaca de la fiesta de Fin de Año y por las obligaciones de recibir el 2026 con una comilona, aunque la cabeza y la panza nos exploten de la noche anterior. Esa pausa, entonces, ese “pido gancho”, no sirve para nada, su efecto es una gota de agua evaporándose en el asfalto ardiente.
Enero debe su nombre a Jano, un dios de la Antigua Roma que representaba el principio y el fin, presidía cada entrada y cada salida, cada puerta y cada pasillo. En dónde había dos direcciones posibles, allí estaba él, una deidad con dos caras como el villano de Batman: una miraba al pasado y la otra, al futuro. Sus símbolos eran un juego de llaves y el bastón de portero (ni pensar lo que costarían las expensas en el cielo de los dioses romanos). Si el capo era Júpiter, Jano le pisaba los talones y hasta se lo nombraba primero en las oraciones.
Pero volvamos a nuestro enero, el porteño, y su molicie. Las ventajas de atravesarlo en Buenos Aires son pocas: quizás, la merma de tráfico para circular por la ciudad y cierto aligeramiento en algunos trámites por el éxodo a los centros de vacaciones. Las desventajas, en cambio, abruman. Ya dijimos dos: calor y humedad. Sumemos el peligro de los cortes de luz, un clásico de ayer, hoy y siempre, más allá de que la empresa proveedora de energía sea estatal o privada y las tarifas tengan o no subsidio.
Pensemos en la sobrecarga en el trabajo porque hay que cubrir el vacío de los que se fueron. Agreguemos el vencimiento de la tarjeta, reventada por los gastos de la Navidad. Y también algo más que no es material, que resulta imposible de cuantificar, pero que se da en el orden de la percepción y pesa en el ánimo como un yunque: llegar al 31 de enero es como correr un maratón con los pies engrillados. La cara de Jano que mira el futuro achica los ojos y no ve nunca febrero.
Hace muchos años, cuando la TV abierta tenía presupuesto, la pantalla se llenaba de programas de verano que transmitían desde las playas. No eran muy lindos de ver, la verdad: juegos tontos en la arena, gente sudorosa que le daba la espalda al mar para ganar un segundo de cámara y mandar un saludito, animadores gritones y artistas famosos en plan de promocionar sus espectáculos. Para los que pasábamos enero en casa, esos programas nos resultaban altamente tóxicos porque nos mostraban el paraíso que nos estábamos perdiendo.
¿Y febrero, qué? Si hay vacaciones programadas, será la tierra prometida. Si no, al menos nos regalará el beneficio de su brevedad, que incluye dos feriados de Carnaval (lunes 16, martes 17) para aquellos que pueden tomárselos. Pero primero hay que pasar enero: el desierto que comenzamos con resaca.