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Opinión y Actualidad

La Universidad, en diálogo con la música

Podría decirse que la música en su rol de experimentación anticipó procesos que en las instituciones educativas tardaron años en desarrollarse.

Hoy 05:06

Por Marcelo Rabossi, en diario Clarín
Las formas de abordar el conocimiento en las primeras universidades medievales -Oxford y La Sorbona, por ejemplo- encontraron una suerte de correlato con el universo musical. El canto gregoriano reflejaba la centralidad de la Iglesia en la sociedad, pero al mismo tiempo se integraba en las universidades dentro del quadrivium, donde la música era concebida como ciencia matemática.

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De hecho, los intervalos y modos del gregoriano responden a relaciones numéricas de acuerdo a una lógica pitagórica (Beltrán García, 2017). A su vez, un claro vínculo entre música y educación surge a partir de la notación musical desarrollada por Guido d’Arezzo (992-1050), la que fue adoptada como herramienta pedagógica, coherente con la racionalización del saber.

Un similar recorrido presenta el Ordo Virtutum, drama litúrgico compuesto por la abadesa Hildegard von Bingen en 1151. Aquí no hay solo música sino enseñanza moral entrelazada con la escolástica -conciliar la fe cristiana con la razón-, método pedagógico relevante en la Universidad de París (Mora, 2008). En conjunto, estas experiencias muestran cómo en las universidades medievales la música funcionó simultáneamente como expresión litúrgica, ciencia matemática y recurso pedagógico.

En formato de hipótesis -correlación más que causalidad-, podría asimismo decirse que la música en su rol de experimentación anticipó procesos que en las instituciones educativas tardaron años en desarrollarse. No es casual que se denomine a las universidades públicas entidades de base pesada. Su diversidad de funciones y multiplicidad de actores de intereses contrapuestos, hace que su adaptación a los cambios sociales tome cierto tiempo.

Bajo inspiración wagneriana, durante el último cuarto del XIX la forma sinfónica se erige como monumental catedral sonora. Las sinfonías de Bruckner y Mahler son ejemplos de estructuras extensas y complejas. A su vez, el cromatismo -uso de las notas intermedias de la escala para generar mayor tensión sonora- revela el dominio y utilización absoluta de las formas tradicionales (Sánchez, 2023). De manera análoga, las licenciaturas universitarias se fueron constituyendo como bloques rígidos de conocimiento de larga duración -cinco a seis años-, dónde el título garantiza un amplio dominio disciplinar.

Como respuesta a tal grandilocuencia, surge a principios del XX la Escuela de Viena. Schönberg formaliza el llamado dodecafonismo (1923), sistema donde las 12 notas de la escala se independizan del sistema tradicional. Las obras a su vez se acortan en tiempo y cantidad de ejecutantes. En su única sinfonía, op. 21 (1928), Webern reduce la orquesta a 9 instrumentistas y a unos 9 minutos de duración.

Hoy, las universidades parecerían transitar por un proceso similar. Para el caso argentino, el Sistema Argentino de Créditos Académicos Universitarios (SACAU) permitiría una mayor independencia en la elección de materias y a su vez, un acortamiento de las carreras de grado. A esto se suma la actual opción de tecnicaturas de 2 años y los microcréditos, cursos de entre 30 y 40 horas de duración que imparten saberes específicos.

En 1951 aparece UNIVAC I, considerada la primera computadora desarrollada en USA para uso comercial. Su notoriedad se consolidó cuando, con apenas el 1% de los datos de la muestra electoral, logró predecir la victoria presidencial de Eisenhower (Whitson, 2021). No obstante, pasarían varios años hasta que la computadora ingresó en el sistema educativo con fines didácticos. En 1959 en la Universidad de Florida se utiliza una IBM 1500 para la enseñanza de la aritmética binaria (Vaquero, 2010).

Sin embargo, dos años antes se produjo un hecho singular. En la Universidad de Illinois por primera vez un humano es reemplazado por una máquina en la composición de una obra musical. Utilizando la computadora ILLIAC I, un mastodonte de 5 toneladas, Lejaren Hiller, con la asistencia de Leonard Isaacson, la programan con el objetivo de generar melodías, ritmos y estructuras armónicas.

El proceso se plasmará en un cuarteto de cuerdas -Illiac Suite- (1957). Se plantea la controversia de si la obra es de la computadora o de Hiller. Actualmente, ante la utilización de la IA en educación, se abre un debate similar. Si bien es una cuestión de grado: ¿los trabajos son autoría exclusiva del alumno, los papers del académico, o la IA está en posición de reclamar sus derechos? El concepto de plagio parece haber tomado un nuevo rumbo.

Como hemos visto, en la Edad Media el dilema consistía en armonizar lo divino con lo humano. Ya en la Edad Moderna, a partir del “Traité de l’harmonie réduite à ses principes naturels” de Rameau (1722), la música se ordena bajo un principio racional de la armonía (Bertomeu, 2008). Mientras tanto, en las universidades se abandonaba la escolástica mientras gradualmente se incorporan en la enseñanza métodos empíricos basados en la razón.

Hoy, el reto exhibe una cara diferente. Al margen de su autoría, la utilización de la IA ha hecho de la música popular un fenómeno estandarizado y simplificado, reduciendo la innovación a una mínima expresión.

Mientras tanto, la irrupción de la IA en la educación superior nos enfrenta a un desafío que no es tecnológico, sino pedagógico, cultural y valorativo. Y si bien esta herramienta nos propone un horizonte innovador, también expone las fragilidades en los modos de enseñar, aprender, crear y producir. Queda entonces abierta la incógnita: ¿cómo integrar la IA sin perder la creatividad, el principio ético, el análisis crítico y la autonomía de autoría humana?.