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Opinión y Actualidad

Donald Trump construye nuevos (y polémicos) límites en América Latina

El presidente de EEUU asesta, con la captura de Nicolás Maduro, el mayor golpe de efecto en su estrategia para la región.

04/01/2026

Por Maricel Spini, en diario Ámbito
Podría decirse que el final de Nicolás Maduro fue el más escrito en la historia política reciente. Desde los iniciales intentos opositores por sacarlo del poder, cuando aún era un presidente electo democráticamente, hasta las constantes amenazas de Estados Unidos, en los casi 13 años que gobernó Venezuela su salida se construyó periódicamente como inminente.

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Las últimas semanas, para los que siguen con interés los temas de la geopolítica, fueron clarificadoras. En verdad pocos pueden sorprenderse por los hechos ocurridos en Caracas. Donald Trump avisó una y otra vez que los militares estadounidenses capturarían al bolivariano. Como es su costumbre, cumplió.

Casualidad del destino o no, la narrativa del relato para el tiempo final de Maduro al frente de Venezuela se construyó con un paralelismo admirable a la caída del dictador iraquí Sadam Huseín.

Durante meses, Estados Unidos ofreció por el venezolano la misma recompensa que por el dictador iraquí, unos u$s25 millones (cifra que en agosto pasado elevó al récord de u$s50 millones). Fue la unidad especial Delta Force la que los capturó y en ambos casos la operación dio pasó a la intervención estadounidense de dos naciones ricas en petróleo (la venezolana aún por desplegarse).

Si seguimos las sendas de los paralelismos, que tanto gustan en momentos de incertidumbre global, las operaciones militares de Estados Unidos gozaron de una legalidad bastante opaca. ¿Los delitos cometidos por Sadam, primero, y por Maduro, después, anulan el respeto al derecho internacional? Uno creería que no, pero el mundo de los consensos globales ya solo sobrevive en los manuales de historia.

Trump ha hecho su aporte para que sea de esa manera en reiteradas ocasiones. Recordará el lector que a cuatro meses de iniciado su primer mandato, en abril de 2017, arrojó en Afganistán la mayor bomba no nuclear de EEUU. Más cerca en el tiempo, su patoterismo global tomó cariz arancelario y rompió las reglas del comercio mundial.

Algo ha cambiado en el mundo, y en los Estados Unidos en particular, para que el republicano convirtiera su propio meme sobre el peligro de que tuviera los códigos nucleares en una doctrina de política internacional válida.

Venezuela, el estado 51
“Nosotros vamos a gobernar el país hasta que haya una transición segura y racional”, anunció Trump en un mensaje a la nación que, en los hechos, fue un mensaje al mundo. Los detalles de qué considera la Casa Blanca “racional” siguen en el misterio.

La intervención, eclécticamente argumentada por el narcoterrorismo chavista, “las mujeres violadas por el Tren de Aragua” y hasta las confiscaciones de empresas petroleras estadounidenses, fue un baldazo de agua fría para una oposición que espera por llegar al poder en Venezuela desde que Hugo Chávez murió, allá en 2013.

Los contactos entre Washington y el antichavismo encolumnado detrás de la flamante Nobel María Corina Machado son conocidos y cobraron fuerza pública en los últimos meses. Una vez más, las señales estaban ahí.

En las frenéticas horas posteriores a la captura de Maduro en Venezuela, las cuentas y proyecciones sobre cuándo y cómo la oposición tomaría las riendas del país haciendo cumplir el mandato de las urnas, es decir, asumiendo Edmundo González Urrutia como presidente, se sucedieron en todos los debates, encendiendo una chispa de esperanza en la diáspora venezolana.

Pues bien, las respuestas a esos interrogantes fueron categóricas: cuando y como Trump lo decida. Incluso cuando varios sospechaban que impulsaría a la mismísima Machado por sobre el mandatario reconocido internacionalmente González Urrutía, el republicano volvió a patear el tablero. “Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto necesario para ser líder”, canceló a la opositora en el exilio.

La postura choca con años de política exterior estadounidense dirigida a respaldar la llegada de la oposición venezolana al poder, argumentada en valores democráticos y de libertad para el propio pueblo de Venezuela.

Trump podrá decir que algunos pecaron de entusiastas. Técnicamente, él no engañó a nadie. Su estrategia para Venezuela nunca se enmarcó en la doctrina de Estados Unidos como garante mundial de la estabilidad y la democracia, esa a la que tanto uso le dio la potencia en las décadas 1990 y 2000. No, aquí siempre se trató de cuidar la casa propia y no el vecindario.

No es casual que el acecho del gobierno estadounidense a Maduro, su clan y su dictadura fuera vinculado a delitos como narcoterrorismo y su efecto en los Estados Unidos. El argumento del interés nacional valida la intervención por fuera del derecho internacional, la postergación de los liderazgos opositores, el proceso ante la justicia estadounidense del dictador y su esposa, y retroalimenta a la base MAGA, solo por mencionar algunas consecuencias. Recuerde lector que detrás de esa apariencia impulsiva, en ocasiones caricaturesca, Trump es un estratega, aunque sea del tipo controversial.

Petróleo, el codiciado oro negro
“Haremos que nuestras gigantescas compañías petroleras, las más grandes del mundo, entren a Venezuela, gasten miles de millones de dólares, reparen la infraestructura petrolera y empiecen a generar ingresos para el país”, avisó Trump mientras describía los daños que Nicolás Maduro había hecho a la nación caribeña.

No parece necesario reseñar la simbiótica relación entre los republicanos y las compañías de energía fósil, ampliamente abarcada en la cinematografía de Hollywood.


Como muestra de la clara agenda petrolera que Trump planeó para Estados Unidos en Venezuela basta recordar que, a mediados del año pasado, cuando intercambió con el régimen de Maduro más de 200 venezolanos deportados por la liberación de decenas de presos políticos, sumó la renovación de la licencia operativa de Chevron.


Chevron es la única empresa estadounidense que no fue afectada por el embargo petrolero que Washington impone a Venezuela desde 2019. La Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro le otorgó una licencia que le permite seguir produciendo en proyectos que ya tenía con la estatal venezolana PDVSA y exportar crudo bajo condiciones.

La petrolera –la misma que prometió acompañar con inversiones el acuerdo comercial bilateral entre Argentina y EEUU- ha defendido reiteradamente la importancia de permanecer en Venezuela como garante de estabilidad económica local.

Venezuela posee las mayores reservas petroleras del planeta: 303.000 millones de barriles, que equivalen al 17% de las reservas mundiales, de acuerdo a estimaciones de la Agencia Internacional de Energía.

Actualmente, su producción total ronda los 800.000 a 900.000 barriles diarios, aunque en los momentos de esplendor de PDVSA llegó a más de tres millones diarios. Chevron extrae hoy día aproximadamente el 10% del total y lo exporta a EEUU.

Además, de acuerdo a sitios especializados, el crudo venezolano tiene unas condiciones específicas que lo diferencia del extraído en Medio Oriente y que lo hacen ideal para las refinerías en el Golfo de México. Lo oportuno de la mecánica es total.

Nuevo orden regional
“Estados Unidos está tratando de asegurar que su área de influencia, su bloque de satélites, sea todo el continente americano”, explicó el presidente Javier Milei, en diálogo con The Telegraph, sobre la política bilateral con Trump.

El republicano, que en un año de segundo gobierno anotó un acuerdo de paz para Israel y varios fracasos en el fin de la guerra entre Ucrania y Rusia, ha vuelto a posar la mirada de la Casa Blanca hacia el sur.

Su primer triunfo llegó por la sintonía, y no por la vía coercitiva, con el generoso salvataje económico que brindó al gobierno de Milei, condicionado a los resultados de las elecciones legislativas de octubre. Ya en ese momento, usted lector fue puesto de sobre aviso: el salvataje del Tesoro de EEUU es una victoria de Trump, que consolida su intervención en América Latina, publicó Ámbito.

Desde allí el proceso ha ido in crescendo. Paralelamente al acuerdo comercial bilateral con Argentina -que posee amplias ventajas para las inversiones estadounidenses-, el republicano jugó cartas de apoyo a José Antonio Kast en las elecciones presidenciales en Chile y tuvo injerencia en el proceso electoral en Honduras donde tras un polémico escrutinio se impuso el candidato que respaldó, Nasry Asfura. Entre tantos triunfos, solo registró una derrota: el rechazo en Ecuador del referéndum para instalar bases militares estadounidenses.

El sábado, en medio del autoelogio por la operación contra Maduro, envió, además, un mensaje claro de los intereses que siguen en su lista: “Se tiene que cuidar el culo”, dijo sobre el presidente colombiano, Gustavo Petro, al comentar que también “tiene fábricas de cocaína que envía a Estados Unidos”. Colombia elegirá presidente en mayo.

Cinco meses después, en octubre, Brasil acudirá también a las urnas. La campaña de presión en este caso comenzó mucho antes, en agosto pasado con aranceles de hasta 50% intentado evitar una condena contra el expresidente Jair Bolsonaro por el intento de golpe de Estado contra Lula da Silva (inspirado en el asalto al Capitolio de los MAGA para evitar la proclamación de Joe Biden).

Aunque moderó su presión contra Lula, la campaña electoral brasileña podría llevar a Washington a desplegar nuevas estrategias.

Sobran los interrogantes sobre el futuro inmediato de una Venezuela intervenida y el destino de sus líderes en el exilio, pero Trump brindó una certeza: la consolidación de la nueva era de la política estadounidense en América Latina.