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Opinión y Actualidad

El costo político de ser incondicional a Trump

Deberíamos analizar la conveniencia de un escenario diplomático cargado de tanta obsecuencia.

Hoy 05:01

Por Daniel Santa Cruz, en diario La Nación
“Me gustaría hacer un acuerdo por las buenas. Pero si no lo hacemos por las buenas, lo haremos por las malas”, advirtió Donald Trump en las últimas horas al referirse a su intención de tomar posesión de Groenlandia. Y agregó: “Si no lo hacemos nosotros, Rusia o China se harán cargo de Groenlandia, y no vamos a tener a Rusia o a China como vecinos”, brindando un marco de justificación a su peligrosa política expansiva.

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Trump juega en serio, nada de lo que dice de modo amenazante es al azar, necesita del control de todo el continente americano, desde Groenlandia hasta Tierra del Fuego o, quizás, hasta las mismísimas islas Malvinas. Recordemos que el presidente republicano se refirió a la necesidad de controlar militarmente también el canal bioceánico de la parte más austral americana. Claro que a diferencia del rechazo que generó en Dinamarca y en la Unión Europea su posición frente a Groenlandia, en la Argentina solo tuvo apoyo del presidente Javier Milei y en Chile se pasó del rechazo de Gabriel Boric al apoyo del presidente electo, José Antonio Kast. Milei y Kast representan una suerte de entusiastas seguidores de Trump.

Señalar esto no es una mera posición ideológica contra las ultraderechas conservadoras que viven su tiempo de auge, sino la simple descripción de una realidad, que no se presta a interpretaciones, sino solo a escuchar y observar el día a día del líder estadounidense. La semana pasada brindó una conferencia de prensa en su residencia de Mar-a-Lago donde no descartó el uso de la fuerza militar en una posible apropiación de Groenlandia y del canal de Panamá, según Trump, tomado por China. Además, sin que nadie se lo pregunte, hizo pública su promesa de llamar al Golfo de México como “Golfo de América”, haciendo alusión solo a Estados Unidos. También dijo que podría utilizar la “fuerza económica” para convertir a Canadá en el estado 51, todo esto bajo el paraguas que utiliza habitualmente: la cuestión de la seguridad nacional estadounidense. Muchos analistas señalan que se trata más de ambiciones personales que de una verdadera estrategia geopolítica o de seguridad. De hecho, recuerdan que EE.UU. tiene acuerdos precedentes y vigentes con Groenlandia para instalar bases militares y expandir cuantos soldados desee en ese vasto y blanco suelo. Si la seguridad fuese el cometido, las amenazas son absolutamente injustificadas, porque lo que busca ya lo tiene garantizado.

Lamentablemente Trump ya demostró, como fue en el caso Venezuela, que su interés estaba allí basado en el petróleo y no tanto en la democracia y libertad de los venezolanos, todo eso al parecer puede esperar, según se vayan dando los hechos. Este miércoles quedó demostrado nuevamente cuando Delcy Rodríguez, la actual presidenta venezolana -integrante de la dictadura chavista y acusada de orquestar miles de detenciones y violaciones a los derechos humanos- hoy validada por el mismo Trump, informó de una charla telefónica con el líder de EE.UU. señalando que ésta se dio “en un marco de respeto mutuo”, en la que se abordó “una agenda de trabajo bilateral, en beneficio de nuestros pueblos”. Hace solo dos semanas una intervención militar dejó 90 muertos en Caracas con el fin de apresar al dictador Nicolás Maduro. La charla que remarca Rodríguez no parece recordar nada de lo sucedido, algo que también es responsabilidad de Trump. Es tan particular el líder republicano que esta semana publicó en la plataforma Truth Social una imagen que sugiere una atribución de poder que hasta ahora no cuenta con reconocimiento institucional ni jurídico por parte de actores oficiales en Washington ni en Caracas. La imagen publicada por Trump es alterada y simula ser una página de Wikipedia con su fotografía y el título de “presidente interino de Venezuela” con fecha de inicio en enero de 2026.

Es que el tablero en el que Trump juega se acomoda de acuerdo a sus intereses y al de otras potencias. Lo vemos en el caso Rusia-Ucrania, donde prácticamente concede la razón a Putin respecto a que Ucrania no puede ingresar a la OTAN. Cada ficha que mueve Trump tiene otra que se acomoda, o intenta hacerlo, en otro lugar del mundo, con un común denominador: quienes mueven esas fichas son aquellos que pueden sostener por la fuerza lo que dicen sus palabras. Es el caso de Rusia y China. Ningún país en desarrollo, ninguna nación sin poderío militar o económico se beneficia hoy con estas decisiones.

El problema de la Argentina es cómo pararse frente a este tipo de liderazgos expansivos que hasta llevó a algunos historiadores a encontrar similitudes con el “período de entreguerras”, dadas las características de colonización de tierras a cambio de garantizar una supuesta paz que estas mismas acciones pondrían en peligro. Hasta ahora el seguidismo de Milei con Trump le sirvió en un momento para evitar una crisis económica casi terminal y contribuyó al triunfo libertario en la elección de medio término de octubre pasado.

En las últimas horas en Israel comenzó a circular un rumor respecto a un compromiso público de Milei ante el mundo, reiterado en varias ocasiones, y es aquel que señala que trasladará la embajada argentina en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, de hecho, la Cancillería prepara una visita oficial del mandatario argentino a Israel para abril o mayo de 2026 para completar la mudanza de la embajada argentina. De concretarse el traslado, Argentina se convertiría en el noveno país en hacerlo, uniéndose a Estados Unidos, Guatemala, Honduras, Paraguay, Fiji, Samoa, Kosovo y Papúa Nueva Guinea. Excepto EE.UU., ningún país poderoso tomó esa decisión aún. Trasladar la embajada a Jerusalén, un territorio en disputa en foros internacionales, podría traer problemas en esos mismos foros al país, por ejemplo, con países árabes y del resto del mundo no alineado que acompañaron a la Argentina en su reclamo de soberanía sobre las islas Malvinas y hoy dejarían de hacerlo. Milei sostiene verbalmente el reclamo de soberanía sobre las islas, pero también genera cierta confusión cuando habla de la autodeterminación de los isleños y de su admiración por Margart Thatcher, verdadero prócer entre los kelpers.

Sin embargo, esa excelente relación entre Milei y el gobierno de Netanyahu puede complicarse al surgir un rumor que, al menos, pone en duda esta decisión y en el que Washington tendría algo que ver. De acuerdo al Canal 12 de Tel Aviv, información citada también por el diario The Times of Israel, la tensión es provocada por los planes de la empresa Navitas Petroleum, de propiedad israelí, para iniciar perforaciones petroleras en alta mar cerca de las Malvinas. Está estimado que dichas operaciones comiencen en 2028 con una inversión que supera los dos mil millones de dólares. La diplomacia argentina lleva tiempo denunciando que ese “permiso” es unilateral, otorgado solo por el Reino Unido, algo no autorizado por Naciones Unidas. El consorcio israelí Navitas está asociado a la empresa británica Rockhopper, que tiene prohibido operar en la Argentina desde 2013, cuando sus actividades fueron vedadas. La misma sanción tiene Navitas, pero desde 2022, por perforar sin autorización. Decisión tomada por los gobiernos de Cristina Kirchner y Alberto Fernández, respectivamente.

En dichos medios israelíes señalan que el ministro de Relaciones Exteriores de Israel, Gideon Saar, asegura que Israel no tiene participación en las operaciones de Navitas y no controla la empresa. Sin embargo, algunas fuentes sugieren que el gobierno argentino puso pausa en la decisión del traslado, aconsejado por Washington, que apoya y solicita el traslado de todas las embajadas a Jerusalén, pero en este caso quiere aprovechar esta controversia para ser parte de la negociación sobre la explotación petrolera por lo dicho antes: la zona más austral también es de interés para las políticas de seguridad que dice necesitar Trump, como hoy es Groenlandia.

Deberíamos analizar la conveniencia de un escenario diplomático cargado de tanta obsecuencia. Porque pertenecer debe tener sus privilegios, pero pertenecer incondicionalmente nos cuesta autonomía y ese es el costo que una nación soberana jamás debería pagar.