La exposición de conflictos amorosos instala un escrutinio colectivo que impacta en la intimidad, la autoestima y las decisiones emocionales de quienes quedan bajo la mirada ajena.
Un audio de contenido privado, difundido en las últimas horas y atribuido a Luciano Castro, volvió a instalar una escena ya conocida en la agenda mediática: la exposición de una crisis íntima convertida en tema de debate público. Más allá del episodio puntual, el caso reaviva una pregunta de fondo que atraviesa al mundo del espectáculo —y también a la vida cotidiana—: qué sucede cuando una infidelidad deja de resolverse en el ámbito personal y pasa a discutirse a cielo abierto, entre audios, archivos y opiniones cruzadas.
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Este tipo de situaciones, advierten especialistas, no responde a un hecho aislado ni exclusivo de las figuras públicas. Forma parte de un fenómeno más amplio en el que el escrache emocional se naturaliza y la vida privada ajena pasa a consumirse como contenido, con consecuencias que trascienden largamente el escándalo del momento.
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Más allá de los nombres propios —y entendiendo que no es un problema exclusivo del mundo del espectáculo—, especialistas advierten que este tipo de exposiciones pueden darse en cualquier ámbito: una ciudad pequeña, una oficina, una escuela o incluso dentro de un grupo familiar o de amigos. En todos los casos, coinciden, el impacto psicológico suele ser profundo y la presión social recae especialmente sobre quien debe decidir si perdona, se separa o elige el silencio, mientras la mirada ajena multiplica el conflicto.
La mirada ajena
“Cuando una situación íntima se expone sin consentimiento, el problema no es el deseo ni la decisión personal, sino el impacto emocional que genera la humillación pública”, explica Florencia Pollicita, sexóloga de Gleeden, la app de encuentros no monógamos pensada por y para mujeres.
Según la especialista, “la sociedad parece más interesada en señalar que en comprender”, y advierte que este tipo de exposición suele traer aparejados sentimientos de vergüenza, ansiedad, miedo a perder vínculos, reputación o incluso el trabajo.
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Desde esta mirada, Pollicita sostiene que “el foco no debería estar puesto en juzgar la infidelidad, sino en cómo se gestiona la exposición y qué consecuencias psicológicas tiene para todas las personas involucradas, especialmente para las parejas, que quedan atrapadas en una narrativa ajena”.
La psicóloga y especialista Beatriz Goldberg coincide en que lo público introduce una presión adicional que no es menor. “Hay muchas personas a las que les molesta tanto la infidelidad como el hecho de que sea pública, porque sienten la mirada, el ojo y el oído del otro acusándolos permanentemente”, explica. Esa exposición, señala, impacta de lleno en la autoestima: “Las infidelidades en general traen baja autoestima, y cuando son públicas, eso se potencia”.
Entre el perdón y el juicio social
Esa dicotomía revela otra capa del problema: la presión social que recae sobre quienes deben “gestionar” una infidelidad a la vista de todos. Perdonar, separarse o callar deja de ser una decisión íntima para convertirse en una performance pública, sujeta a lecturas morales ajenas.
Para la psicóloga este punto es clave. “Cada pareja tiene lo que yo llamo un contrato, explícito o implícito, donde se define si la fidelidad es importante o no, si es causal de separación o no. El problema aparece cuando esos acuerdos no están realmente consensuados o cuando se vende una imagen que no coincide con la realidad”, explica.
Goldberg advierte que muchas veces se habilitan acuerdos —como abrir la pareja— desde el miedo a perder al otro. “He visto muchos pacientes que aceptan algo por temor a separarse y después se arrepienten. En esos casos, lejos de ser una solución, suele ser la antesala de la ruptura”, señala.
¿Se puede perdonar una infidelidad?
El debate no es solo cultural: también aparece reflejado en los números. Según el estudio Radiografía de la no monogamia de Gleeden (2025), realizado sobre más de 15.000 personas en la Argentina, el 66% afirma que no perdonaría una infidelidad, a la que considera una traición irreparable. Sin embargo, un 34% sostiene que el contexto, las circunstancias y la intención detrás del engaño pueden abrir la puerta al perdón.
El mismo relevamiento muestra que la percepción sobre la fidelidad también está en revisión: un 55% considera que la monogamia es una imposición social, mientras que el 45% cree que sigue siendo posible, siempre y cuando existan acuerdos claros y condiciones compartidas.
A nivel internacional, encuestas recopiladas por organizaciones como Human Life International y Couples Academy coinciden en otro dato llamativo: entre el 60% y el 75% de las parejas permanece junta después de una infidelidad. Sin embargo, esos estudios advierten que continuar no siempre implica perdón emocional ni reconstrucción de la confianza. Factores como la convivencia, la presencia de hijos o la dependencia económica suelen pesar más que la resolución del conflicto.
“Muchas parejas siguen juntas después de una infidelidad, pero eso no significa que el tema esté cerrado. En muchos casos persisten el silencio, la culpa o el miedo a la exposición”, señala Pollicita.
Autoestima, exposición y doble vara
Para Goldberg, hay un impacto que se repite en todos los casos, más allá del desenlace: el golpe a la autoestima. “Las infidelidades, en general, bajan la autoestima. Y cuando son públicas, ese efecto se multiplica. La persona siente la mirada constante del otro, la comparación, el juicio”, afirma.
Además, la psicóloga señala que sigue existiendo una doble vara de género. “Hay una actitud machista donde la infidelidad del hombre suele ser más tolerada que la de la mujer. A ellas históricamente se las estigmatiza más por expresar deseo”, remarca. Y agrega: “En el consultorio, más allá de lo que se muestre hacia afuera, a todos les molesta. A nadie no le jode”.
La exposición también pone en tensión la idea de fidelidad como decisión. “La fidelidad no es algo que ‘se da’ o ‘no se da’. Es una decisión. Y cuando no se cumple un acuerdo, el código de la pareja se rompe, más allá de lo que opine el resto”, subraya la especialista.
Intimidad en tiempos de redes
Otro eje igual de importante es la necesidad de proteger la intimidad como un derecho. “Explorar deseos, fantasías o decisiones personales no debería implicar el riesgo de transformarse en el foco del debate público”, sostiene Silvia Rubies, Directora de Marketing de Gleeden Latinoamérica.
“El verdadero conflicto de época no es la infidelidad en sí, que existió siempre, sino la falta de espacios donde la intimidad pueda existir sin ser castigada públicamente, especialmente para las mujeres, que históricamente han sido las más estigmatizadas por expresar su deseo”, concluye.
En un entorno donde lo personal puede viralizarse en segundos y los límites entre lo íntimo y lo público se diluyen, las crisis de pareja dejan de transitarse solo en el ámbito privado. Comentarios, especulaciones y lecturas morales se cuelan en decisiones que deberían ser personales. Así, el interrogante se desplaza: ya no se trata únicamente de cómo atravesar una infidelidad, sino de cuánto margen real existe para elegir cuando la mirada ajena se vuelve omnipresente.