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Opinión y Actualidad

Desplazar a Jerome Powell, no le garantiza a Donald Trump una Fed obediente

Si Donald Trump quiere que las tasas bajen puede desplazar a Jerome Powell. Sin embargo, podría no ganar la batalla por doblegar la independencia de la Reserva Federal.

Hoy 04:42
Trump y Powell.

Por José Siaba Serrate, en diario Ámbito
El presidente Donald Trump ansía comprar Groenlandia, anexar Canadá como estado número 51 y controlar la Reserva Federal a manera de satélite del Tesoro. No soporta la independencia de ninguno de los tres. La pretensión sobre Groenlandia y Canadá, según su flamante estrategia de seguridad nacional, se enmarcaría en el corolario Trump de la resucitada doctrina Monroe. “América para los americanos” deviene ahora en “el hemisferio occidental es nuestro hemisferio”. En cambio, el Sistema de la Reserva Federal, sus doce distritos constitutivos, opera en territorio de los EEUU bajo la órbita del Congreso desde su fundación en 1913. La Fed no está en control de ningún poder extranjero. Ocurre al revés. El dólar es el eje central del sistema monetario y financiero internacional. Es la moneda nacional de los EEUU y funciona a la par como la moneda mundial. Y es así desde que se estableció el acuerdo de Bretton Woods en 1944. Su influjo se irradia dominante desde Washington hacia todos los confines del globo.

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“El dólar es nuestra moneda, y es el problema de ustedes”, le señaló el secretario del Tesoro del presidente Nixon, John Conally, en 1971, a un inquieto presidente francés Charles De Gaulle quien acumulaba dólares no deseados mientras veía la extinción inevitable del régimen de cambios oro. Ni siquiera China está exenta de influencia. Su estabilidad monetaria y cambiaria – y su estrategia de crecimiento basado en exportaciones y acumulación de ahorro externo - se apoya en una arquitectura que incorpora la relación estable del yuan renminbí con el dólar en su núcleo. Pero Trump tiene también una doctrina personal de política monetaria. Y en la visión del magnate, el banco central debe gravitar bajo su tácita conducción. No importa cuándo leas esto, Trump siempre aboga por tasas de interés más bajas. En sus posteos en redes sociales ha sido claro: las tasas cortas – actualmente en el rango 3,50% - 3,75% fijado por la Fed - deben hundirse deprisa a 1%.

Tal doctrina, no escrita pero perceptible, es una espada de Damocles que flamea sobre la independencia de la Fed desde su primera presidencia. En febrero de 2018 produjo el recambio de Janet Yellen, a quien no se le renovó el mandato como titular de la institución, por Jerome Powell, a la sazón gobernador de la Fed. Y ahora vaticina el desplazamiento de Powell al final del suyo, el próximo 15 de mayo. Es potestad del presidente de EEUU designar a todos los miembros de la Junta de Gobernadores del banco central, incluyendo a su chairman, sujeto a la aprobación del Senado. Y Trump ejerció ese derecho en repetidas ocasiones, aunque no siempre sus nominaciones sortearon con éxito el filtro legislativo (así Judy Shelton, Herman Cain y Stephen Moore no consiguieron el visto bueno para desembarcar en la Junta). Trump pudo colocar, el año pasado, a un funcionario suyo en uso temporario de licencia – Stephen Miran – como gobernador. Este hombre de Troya refleja mejor que nadie sus puntos de vista, pero es una prédica en el desierto. Lo que Trump nunca logró fue doblegar la independencia de la Fed. Aunque lo intentó, insiste con ahínco en la actualidad y no dejará de hacerlo.

La semana pasada el Departamento de Justicia presentó una investigación criminal contra Powell por los costos de la refacción edilicia de la institución. La réplica del chairman fue inmediata: “Son pretextos. La amenaza de cargos penales es consecuencia de que la Reserva Federal fija las tasas de interés basándose en nuestra mejor evaluación de lo que servirá al público, en lugar de seguir las preferencias del presidente”. Más claro, echarle agua. “Esto trata sobre si la Fed podrá continuar fijando las tasas de interés según la evidencia y las condiciones económicas, o si, en cambio, la política monetaria será dirigida por presión política o intimidación”. Trump juega fuerte. En una causa penal, Powell debe afrontar personalmente los costos legales de su defensa.

“La investigación penal informada contra el presidente de la Reserva Federal, Jay Powell, es un intento sin precedentes de utilizar ataques de la fiscalía para socavar la independencia de la Fed”, señaló un comunicado que firmaron los ex presidentes de la Fed Janet Yellen, Ben Bernanke y Alan Greenspan, y cuatro ex secretarios del Tesoro que sirvieron bajo presidentes tanto republicanos como demócratas. La doctrina Trump no es original. “Así es como se hace la política monetaria en los mercados emergentes con instituciones débiles, con consecuencias altamente negativas para la inflación y para el funcionamiento de sus economías en un sentido más amplio. (Ello) no tiene cabida en EEUU, cuya mayor fortaleza es el estado de derecho, que constituye el fundamento de nuestro éxito económico”.

La primera reacción de los mercados al enterarse de la noticia fue muy mala. “Causó un desastre”, le habría dicho el secretario del Tesoro, Scott Bessent, al presidente advirtiéndole sobre sus consecuencias negativas potenciales. Bessent ya rescató a la Administración de otra cruzada temeraria – la de los aranceles recíprocos y el Día de la Liberación en abril pasado – que produjo también un fenómeno de ´Sell America` con caídas en simultáneo del dólar, los bonos y las acciones, aunque más intenso y duradero. Porque la segunda reacción de los mercados fue olvidarse rápido de la primera. Como para que no queden dudas, Wall Street estampó al día siguiente nuevos récords en el Dow Jones y el S&P 500. Como para que no queden dudas tampoco de que confía en que la independencia de la Fed – amenazada siempre por Trump – se preservará indemne.

El tiro salió por la culata. El mandato de Powell al frente del banco central caduca el 15 de mayo (su período como miembro de la Junta, recién en 2028; aunque lo usual es retirarse al mismo tiempo). Y el nuevo presidente de la Fed requiere la venia del Senado. Allí el Comité de Banca está integrado por 13 legisladores republicanos y 11 de la oposición. Un solo senador republicano reticente puede bloquear el progreso de cualquier nominación. Y el senador republicano Thom Tillis ya anticipó que lo hará hasta que se resuelva el entuerto legal contra Powell. Su par Lisa Murkowski se sumó calificando a la maniobra como un intento de coerción que el Congreso debería investigar. La Fed como se dijo no depende del Poder Ejecutivo sino del Legislativo. Es un recordatorio de sus propios partidarios.

A Trump le cayó la ficha. En diciembre sondeó el terreno. La Casa Blanca dio a entender que Kevin Hassett, director del Consejo Económico Nacional, y su colaborador estrecho, era su candidato firme in pectore, que se suspendían las entrevistas de búsqueda, y que el anuncio formal sería cuestión de días. El ensayo se frustró. Hassett despegó en los mercados de predicción como sucesor de Powell. Y las tasas largas subieron con fuerza, aunque la FED rebajó las suyas un cuarto de punto. Hubo que postergar el anuncio a enero y retomar las entrevistas. Así creció la figura de Kevin Warsh, un banquero que ya fuera gobernador en tiempos de Ben Bernanke (y la crisis de Lehman Brothers). Pero las tasas largas no volvieron a bajar pese a sus antecedentes (y el apoyo, por ejemplo, de Jamie Dimon, el CEO de JPMorgan). Todavía demasiado cercano a Trump, quizás.

El viernes, Trump sacó a Hassett de la porfía. “No quiero perderlo, dijo el presidente. En realidad, lo quiero conservar dónde está (el Consejo Económico)”. Las chances de Warsh se dispararon en los mercados de apuestas a más de 60%. El secretario Bessent apuntó al pasar que el anuncio se podría hacer en Davos o inmediatamente después. Pero el remedio resultó peor que la enfermedad. Las tasas largas no solo no bajaron, sino que aumentaron a los niveles de fines de agosto. Así, la situación se complica. La Casa Blanca está cómoda con cualquiera de los dos Kevin. Los mercados parece que no. Y los otros candidatos que están en su propia lista corta – dos gobernadores actuales de la Fed, designados allí por Trump en su primera presidencia, Chris Waller y Michelle Bowman, y Rick Rieder de Blackrock – no son tan de fiar. Léase, manipulables a priori.

Trump conoce el paño. En 2017 el secretario del Tesoro de entonces, Stephen Mnuchin, lo convenció de que podía remover a Janet Yellen, una audacia que no estaba en el radar, pero debía colocar a alguien solvente en su lugar. Powell era gobernador desde 2012, allí designado por el presidente Obama, pero votante republicano de toda la vida y con una foja de servicios iniciada en el Tesoro en tiempos de George Bush padre. Trump hasta hoy maldice su decisión. Entiéndase bien: Powell no resultó manejable. La política monetaria en sí no produjo exabruptos. La Fed protagonizó la experiencia de aterrizaje suave más exitosa de toda su historia, bajo su comando en 2022. Tras la pandemia, disciplinó la inflación más alta de los últimos 40 años. Como lo hizo el legendario Paul Volcker, pero lo consiguió sin caer en una recesión (Volcker sufrió dos en 1980-1982).

A Trump no le interesa el historial profesional de la Fed. Podría elegir al gobernador Chris Waller, y asegurarse de paso que Powell se retira y no continúa en la Junta. Pero estaría repitiendo su “error”. Waller le da garantías de solvencia, no de fidelidad. Aunque fuera el primero, junto con Bowman, en abogar por la baja de tasas el año pasado (moción que sus colegas rechazaron).

Trump está atrapado y, diría James Carvillle, a merced del mercado de bonos como todos sus predecesores. No supo construir una sucesión potable. Si su obsesión es que bajen las tasas comprobó que Hassett es incendiario y se anoticia de que Warsh también es combustible. Todavía puede probar con Rieder, un recomendado de Bessent, ajeno a la casta de la Fed (cuyo mérito principal es ese precisamente). Ninguno le asegura que impongan su visión en el comité de mercado abierto, que tiene 12 miembros y toma las decisiones. Y si lo hicieran a sangre y fuego, una Fed así dividida puede recortar sus tasas y los bonos elevar las suyas e igual provocar zozobra. Sin un banco central creíble, con la tasa de inflación por encima de la meta de 2% (desde 2021), una economía que crece más rápido que el producto potencial y un boom de productividad en curso, el camino natural de las tasas de interés es hacia la suba y no el que exige Trump.

Bessent lo sabe. Está cercado como lo estuvo Mnuchin en 2017. Por eso el viernes dijo que la lista de candidatos se reduce solo a cuatro. Quitó sutilmente a Waller de ahí. Los mercados de apuestas, en cambio, hicieron crecer sus chances, todavía escuetas, a 14% (Rieder, 17%). No será él quien lo impulse. Que se ocupe la realidad. Trump ofuscado, ya se dijo, es un elefante en un bazar. Arremetió contra Powell y le salió mal. Powell no es el problema. Es su estrategia a contramano. Para conseguir el objetivo - que bajen las tasas; y que lo hagan a tiempo para la carrera electoral que finaliza en noviembre, y cuanto antes, mejor – no hay que ganar la batalla por hacer trizas la independencia del banco central sino perderla con nitidez. Caso contrario, se elevarán las tasas largas y se harán trizas tanto la bonanza de Wall Street como el sueño electoral.