Si Instagram es la red de la dicha prefabricada, ellos venden productos detrás de la fachada del amigo con onda.
Por Horacio Convertini, en diario Clarín
Sí, ya se sabe: la vida de Instagram es mejor que la vida real. Todos somos más felices, más lindos, más afortunados, más exitosos, más jóvenes. Nuestros viajes son maravillosos; nuestras carreras, perfectas; nuestras familias, como la Ingalls; nuestros asados, como los de Don Julio y así hasta el infinito.
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Instagram es la red social de la dicha ultraprocesada y nada de lo que allí vemos es totalmente cierto, okey. Pero el tema son los instagramers, la extrañísima y alegre fauna que ha hecho de las sonrisas impostadas y los consejos falsamente desinteresados una forma de vida.
Hay algo que me llama la atención de los instagramers y es su modo de hablar. Pausado, con un entusiasmo controlado, como si fueran docentes de jardín de infantes. Cada palabra como dictada por la sonrisa estereotipada, casi siempre bobalicona. Cero espontaneidad. Y son capaces de decir la obviedad más grande del mundo como si hubieran resuelto la Conjetura de Poincaré.
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El otro día, me crucé con el reel de una instagramer turística que anunciaba que nos iba a enseñar qué maletas (es argentina, pero dijo maletas, impostura global) llevar en nuestros viajes de avión. Su información se limitó a avisar que las grandes se despachan y los carry on pueden ir en cabina: ¡eureka!
Todos prometen revelarte un secreto (las milanesas más ricas, la playa de arenas más blancas, la crema mágica que borrará tus arrugas) porque el yeite del instagramer es que muerdas el anzuelo. Una vez que hiciste click en el contenido, ellos ya ganaron y vos, quizás, ya hayas perdido, en principio, tu tiempo, quizás tu paciencia o incluso algo de dinero.
Lo bueno de todo esto es que si uno no es demasiado ingenuo, tarde o temprano descubrirá que no cuentan nada de onda y que detrás de toda recomendación hay un acuerdo comercial: la milanesa más rica la hace el que les pagó.
En la divertida serie española Machos Alfa (Netflix), hay un personaje que me encanta: es el de Daniela, la instagramer que interpreta María Hervás. Su vida consiste en “vender” una intimidad feliz. En las primeras temporadas, como influencer de belleza. En las últimas, ya que ha sido madre, como “instamami”, es decir, como influencer de maternidad y crianza.
Las curvas de su ánimo fluctúan al ritmo de los likes y de los haters. Y la vemos sufrir, capítulo tras capítulo, por la manera en cómo el afuera condiciona su adentro. Daniela hoy dice una cosa y mañana, otra. Y es al mejor postor. Por ejemplo: cuando se descubre que tiene una nodriza que le da el pecho a su bebé, afronta la ola de hate diciendo que la tiene en blanco y que es mejor eso que la porquería de las leches maternizadas. Hasta que le avisan que el sponsor de los pañales produce también leche maternizada y debe pegar el volantazo para no perder el auspicio.
Ese personaje transmite una idea posible de infierno: el de una persona obligada todo el tiempo a vender perfección, bienestar, alegría. El mito de Sísifo sin piedra, pero con un celular activado en modo selfie una y otra vez.