Hay sueños que no se construyen desde la ingenuidad, sino desde una esperanza probada en la adversidad extrema. No prometen atajos ni finales felices; anuncian un horizonte posible después de la tragedia.
Por Miguel A. Rey Nores, en diario La Nación
El que hoy emerge desde Venezuela pertenece a esa estirpe. No desconoce los riesgos ni las incertidumbres: afirma algo más exigente, que el camino iniciado -aun con desvíos y fases no deseadas- ya no admite retorno.
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Durante casi treinta años, Venezuela fue despojada de sus instituciones a la vista del mundo. Elecciones vaciadas de sentido, poderes capturados, tribunales sometidos, una Constitución convertida en escenografía legal. La tragedia no ocurrió en las sombras, sino a plena luz del día. Y, sin embargo, durante demasiado tiempo fue tolerada como si se tratara de un conflicto ajeno, incómodo, distante.
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En ese contexto adquiere una dimensión singular la voz de María Corina Machado. No como dirigente circunstancial, sino por su valiente y jugado liderazgo moral. Su reciente conferencia de prensa en Washington no transmitió euforia ni triunfalismo, sino convicción y esperanza. La certeza de que el camino iniciado será arduo, que puede atravesar fases no previstas o deseadas, pero que ya no admite retorno. Desmantelar el aparato represor. Reinstitucionalizar el país. Devolver la libertad a los venezolanos. Nada menos.
Machado no habla desde la comodidad ni desde la retórica. Habla desde el riesgo personal, desde la soledad, desde el haber agotado todas las instancias posibles. Por eso su testimonio interpela. Porque no pide indulgencia ni favores: pide acompañamiento. Y porque, al hacerlo, deja al descubierto una verdad incómoda: la neutralidad, en determinados contextos, no es prudencia; es abandono.
La intervención de Estados Unidos bajo la presidencia de Donald Trump introdujo una paradoja difícil de ignorar. Trump no es un referente ético ni un modelo político a seguir. Sus palabras y sus formas generan inquietud legítima en muchos escenarios. Pero su accionar en Venezuela reveló algo que el mundo prefería no ver: mientras el sistema internacional se refugiaba en límites legales -moralmente inaceptables en este caso-, alguien decidió actuar. No legitima todo, es cierto, pero deja en evidencia la magnitud de la inacción previa.
Nada de esto garantiza finales felices ni elimina riesgos. La historia no ofrece certezas. Avanza sin garantías. Pero también avanza cuando se rompe la indiferencia y se asume el costo de hacer lo correcto.
Desde la Argentina, este sueño no debería resultarnos ajeno. No solo por cercanía regional, sino porque habla de algo más profundo: del momento en que las naciones deben decidir si acompañan a los pueblos que luchan por su libertad o si prefieren refugiarse en una cobardía silenciosa.
El sueño que hoy llega desde Venezuela no pide aplausos. Pide que no miremos hacia otro lado. Si el mundo estará a la altura de ese llamado es una incógnita que la historia, más temprano que tarde, se encargará de despejar.