La debilidad del mercado de capitales, la fuga de ahorros y la intervención estatal explican por qué la financiación a empresas y hogares sigue rezagada en el país.
Por Roberto Cachanosky, en Infobae
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En las economías modernas, el crédito privado constituye una condición necesaria para el crecimiento económico. Sin crédito, la inversión se ve limitada; sin inversión, la productividad no mejora y, en consecuencia, el crecimiento sostenido se vuelve inalcanzable.
América Latina, pese a sus limitaciones, logró conformar sistemas financieros con cierta profundidad. Argentina es la excepción: la financiación privada muestra el menor desarrollo de la región.
Antes de analizar las causas de la escasa profundidad del mercado de capitales argentino, resulta relevante aclarar que el crédito no surge por simple emisión monetaria, sino que se genera a partir del ahorro. El ahorro, entendido como ingreso no consumido, nutre el mercado de capitales. Las personas eligen postergar consumo presente para, a cambio de una tasa de interés, acceder a mayores recursos en el futuro. La tasa de interés representa, en definitiva, la compensación por diferir el consumo actual.
El ahorro, entendido como ingreso no consumido, nutre el mercado de capitales
A pesar de esta lógica, persiste la creencia de que expandir la emisión monetaria puede generar crédito. La realidad argentina desmiente esa visión.
Un buen indicador para dimensionar el sistema financiero es el crédito al sector privado como porcentaje del Producto Bruto Interno (PBI). Esta relación permite comparar la capacidad de los sistemas financieros para canalizar el ahorro hacia empresas y hogares. Los datos evidencian una brecha estructural entre Argentina y el resto de la región.

En el cuadro, Chile encabeza la relación crédito al sector privado/PBI, impulsado por la permanencia de las Administradoras de Fondos de Pensión (AFP), cuya versión local -las AFJP- fue eliminada tras la confiscación de ahorros por parte del kirchnerismo.
Las AFP hoy gestionan USD 220.000 millones en ahorro de largo plazo, cerca del 70% del PBI chileno, lo que permite financiar al sector privado con tasas bajas. México ocupa el último lugar entre sus pares, pero aun así triplica el nivel de financiamiento privado argentino.
Mientras la mayoría de los países latinoamericanos exhiben tasas de crédito al sector privado superiores al 30% del PBI, Argentina permanece en niveles propios de economías con sistemas financieros incipientes. No solo se encuentra por debajo del promedio regional, sino que ocupa el último puesto del ranking.
Mientras la mayoría de los países latinoamericanos exhiben tasas de crédito al sector privado superiores al 30% del PBI, Argentina permanece en niveles propios de economías con sistemas financieros incipientes
En la década de 1990, el crédito al sector privado en Argentina superó el 25% del PBI. Desde entonces, la tendencia se revirtió. Crisis recurrentes, alta inflación, defaults, confiscaciones de ahorros, controles cambiarios y cambios regulatorios frecuentes destruyeron la capacidad del sistema financiero de cumplir su función esencial.
A esto se suma el desplazamiento del sector privado en el mercado crediticio por parte del Estado, que financia su déficit fiscal a través de deuda interna y gasto cuasifiscal.

El cuadro previo ilustra el impacto de la estatización de los fondos de pensión. México administra la mayor cantidad de fondos en valores absolutos, pero Chile mantiene la mejor relación activos de largo plazo/PBI. Argentina muestra los peores resultados a raíz de la política adoptada por el kirchnerismo.
El análisis del balance bancario revela que una proporción creciente de los activos está compuesta por títulos públicos y herramientas para la regulación de la liquidez del Banco Central. Además, una porción sustancial del crédito se destina al sector público, aunque esta relación disminuyó en 2025 cuando los instrumentos de regulación monetaria del BCRA prácticamente desaparecieron.
En un contexto de alta inflación, volatilidad macroeconómica y elevado riesgo crediticio, los bancos prefieren prestar al Estado o al Banco Central, pues representa menos riesgo y, a menudo, mayor rentabilidad que otorgar créditos a empresas o familias. La morosidad de los hogares con el sistema financiero aumentó notoriamente en 2025, en especial en tarjetas de crédito y préstamos personales. Las empresas también registraron un alza en la mora, aunque en menor medida.
Una proporción creciente de los activos está compuesta por títulos públicos y herramientas para la regulación de la liquidez del Banco Central
Las consecuencias económicas resultan contundentes: sin crédito de largo plazo, la inversión productiva se reduce al mínimo y depende del autofinanciamiento, el crédito hipotecario es prácticamente inexistente, el consumo de bienes durables se estanca y la economía pierde capacidad de crecimiento. La fragilidad estructural se acentúa ante la falta de ahorro de largo plazo y el Estado absorbiendo el escaso ahorro interno.
En contraste, los sistemas financieros de otros países latinoamericanos canalizan el ahorro hacia el sector privado. En Argentina, el Estado es el principal demandante de fondos.
El problema argentino no radica en la existencia o cantidad de bancos, sino en el diseño del modelo financiero. El escaso ahorro disponible no llega a la economía real. Sin crédito privado, la acumulación de capital y el crecimiento sostenido se ven truncados. Además, la presión tributaria y las confiscaciones de ahorros impulsan a la población a ahorrar en el exterior, financiando inversión y consumo en países desarrollados, o a atesorar en cajas de seguridad.
La reconstrucción del crédito al sector privado demandará tiempo. Será necesario primero estabilizar la inflación, luego impedir que el Estado siga desplazando al sector privado del mercado crediticio, y crear condiciones para que la población recupere capacidad de ahorro, actualmente erosionada en la clase media. Finalmente, deberá restablecerse la confianza en que los ahorros no serán confiscados por el Estado.