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Opinión y Actualidad

El yo optimizado. La ilusión de una vida perfectamente ajustada

Hoy todo puede medirse, y vivir bien se parece demasiado a rendir, dormir, pensar, trabajar y sentir mejor, en un proceso de optimización sin fin.

Hoy 07:24

Por Flavia Tomaello, en el diario La Nación


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Thomas Lincoln y Nancy Hanks inculcaron a su prole los valores cristianos bautistas en Kentucky. Tal  vez de allí nació en su hijo Abraham la idea de abolir la esclavitud.  Décimo sexto presidente de los Estados Unidos, solía decir a su gente:  “Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida en esos  años”. 

En relación a ambas cosas,  durante siglos el asunto fue para los seres humanos un albur ante el que  poco se podía hacer y que se resolvía en el terreno inestable de la  experiencia, el deseo y la biografía. Hoy esa indeterminación empieza a  resultar incómoda. En su lugar, se empieza a imponer una promesa  tranquilizadora: la vida puede organizarse, corregirse, optimizarse.  No ya como una aspiración moral, sino de modo sistematizado, apelando a  un conjunto de variables que, bien gestionadas, conducirían a una  existencia más plena, más estable y más eficiente. 

El  bienestar, que durante décadas orbitó el lenguaje del equilibrio, del  sentido o incluso del conflicto, adopta ahora la gramática del  rendimiento. Vivir bien se redefine como una forma refinada de funcionar  mejor. El ideal contemporáneo es estar bien, pero además, estarlo en forma permanente.

Este desplazamiento no se presenta como mandato, sino como oferta razonable. Nadie obliga a optimizarse, pero todo invita a hacerlo. La cultura del mejoramiento continuo se filtra en discursos sobre  salud, trabajo, vínculos, emociones. El yo aparece como un proyecto  siempre inconcluso, susceptible de ser afinado con más información,  mejores hábitos, decisiones más inteligentes. Según datos del World  Economic Forum, más del 70 % de los adultos en grandes centros urbanos  consume regularmente contenidos vinculados a la mejora personal, la  productividad emocional o el rendimiento cognitivo. El bienestar se  vuelve un campo de intervención. 

Cinthia Ortiz,  psicóloga del equipo especializado en ansiedad de Fundación Aiglé,  observa que esta lógica modifica el modo en que las personas se  relacionan con su propia experiencia: “La época favorece una mirada  puesta en lo que falta -dice-, en lo que podría mejorarse, y eso  dificulta la posibilidad de habitar el presente sin evaluarlo”. Así, la  vida se vive bajo auditoría. Cada estado es provisorio. Cada sensación,  pasible de corrección. 

La  promesa del bienestar medible se apoya en una intuición poderosa: lo  que se puede registrar, se puede mejorar. El dato ofrece una ilusión de  control en un contexto atravesado por la incertidumbre. Frente a un  mundo inestable, la optimización promete orden. Frente al malestar  difuso, propone métricas. Frente a la angustia, ofrece método. La  pregunta ya no es cómo vivir, sino cómo hacerlo mejor, según parámetros  cada vez más precisos. 

Optimizarse  suena razonable, porque dialoga con valores profundamente instalados:  responsabilidad, autonomía, autoconocimiento. Nadie quiere vivir peor.  Nadie quiere descuidarse. El problema aparece cuando la vida empieza a pensarse exclusivamente en términos de desempeño.

“Cuando  la pregunta por el sentido se reemplaza por el interrogante de la  eficiencia. Cuando el bienestar deja de ser una experiencia y se  convierte en un indicador. Tal vez convenga detenerse allí -advierte uno  de los más interesantes filósofos contemporáneos, Byung Chul Han,  ensayista y profesor en Berlín-. No para rechazar las herramientas ni  idealizar el desorden, sino para reconocer que detrás de la fascinación  por la vida ajustada se esconde algo más que una moda tecnológica. Se  está configurando una nueva definición de bienestar. Una que ya no se  mide por cómo se vive, sino por qué tan bien se rinde”. 

El yo como tablero

La  vida contemporánea empezó a parecerse menos a un relato y más a un  sistema. Gráficos, alertas, promedios y objetivos se superponen a la  experiencia cotidiana con una naturalidad inquietante. “El pasaje del  consejo al control no ocurrió de manera abrupta, sino como una deriva  técnica y simbólica -dice Han-. Primero fue la recomendación, luego el  seguimiento, finalmente la evaluación continua. El yo, convertido en  proyecto permanente, se administra bajo una lógica que privilegia el  ajuste constante por sobre la pausa”. 

Diversos  estudios permiten dimensionar este giro. Un informe del Pew Research  Center señala que más del 62% de los adultos que utilizan tecnologías de  bienestar revisan sus métricas personales al menos una vez al día, aun  cuando no exista una indicación médica. El dato no describe solo una  práctica, sino una forma de relación con uno mismo. La vida se vuelve legible en números. Lo que no se mide, parece perder relevancia.

La  metáfora del tablero de control organiza esta nueva subjetividad. Cada  dimensión de la existencia se presenta como una variable susceptible de  optimización. El sistema compara, señala desvíos, sugiere recalibrar.  Han advierte que este modelo redefine la noción de libertad: “El sujeto  de rendimiento se cree libre porque se auto-optimiza, pero en realidad  se somete a una exigencia sin límite, sin exterioridad, sin pausa”. El control ya no proviene de una autoridad externa, sino de un circuito interno que se retroalimenta.

La  figura del gurú motivacional pierde centralidad frente a otra forma de  autoridad, más silenciosa y eficaz. Esa aparente neutralidad técnica  desplaza la pregunta por el sentido hacia una lógica de corrección  permanente. Según investigaciones publicadas en Nature Digital Medicine,  los dispositivos de auto-monitoreo incrementan la sensación de control  en el corto plazo, pero también elevan los niveles de autoexigencia y  frustración cuando los objetivos no se cumplen de manera sostenida. 

Nikolas Rose,  sociólogo, profesor emérito de la London School of Economics y  especialista en biopolítica y salud mental, describe este proceso como  una mutación profunda de la responsabilidad individual: “La vida se concibe como un sistema que debe ser gestionado de manera constante  -afirma-, y cualquier falla se interpreta como un error de  autogobierno. El cuidado se convierte en una auditoría permanente del  propio desempeño”. 

La autoridad ya no  reside en la experiencia acumulada ni en la palabra del especialista,  sino en la coherencia del sistema. El dato desplaza al consejo. El  algoritmo, al criterio. La vida bien vivida se confunde con la  correctamente gestionada. En ese contexto, la noción de suficiencia se  vuelve inalcanzable. Siempre existe una métrica más precisa, un ajuste  pendiente, una mejora posible. 

Investigaciones  de la American Psychological Association señalan que este imperativo de  ajuste continuo produce un efecto paradójico. “La percepción de control  aumenta -destaca una de ellas-, pero también lo hace la ansiedad  asociada a la posibilidad de fallar. El cuidado, pensado originalmente  como protección frente al malestar, se transforma en evaluación  iterativa. El yo se observa a sí mismo con una lupa que no cesa”. 

La  auto-vigilancia ya no se impone desde afuera. Se ejerce de manera  voluntaria, incluso entusiasta. “El problema no radica en la tecnología  -aporta Han-, sino en el modelo de subjetividad que la sostiene. Cuando  la vida se administra como un sistema que nunca debe fallar, el  bienestar deja de ser una experiencia y se convierte en un rendimiento  que siempre puede, y debe, mejorar”. 

No rendir, un error personal

El  pasaje del bienestar al rendimiento no se limita a una transformación  técnica, sino que deja marcas profundas en la experiencia subjetiva.  Cuando la vida se organiza bajo la lógica de la optimización, el ideal  ya no es estar bien, sino estar siempre mejor. “En ese desplazamiento  silencioso, la responsabilidad por el malestar se internaliza. Si todo puede ajustarse, entonces cualquier falla parece indicar una gestión deficiente del propio yo”, indica Han. 

Diversas  investigaciones dan cuenta de este fenómeno. Otro estudio de la  American Psychological Association mostró que las personas que adhieren  fuertemente a discursos de auto-mejora continua presentan mayores  niveles de auto culpabilización frente al cansancio, la tristeza o la  falta de motivación, aun cuando estos estados estén vinculados a  condiciones estructurales como la sobrecarga laboral o la incertidumbre  económica. 

Ortiz advierte que esta  lógica impacta de manera directa en la relación con uno mismo: “Muchas  personas llegan a consulta agotadas no solo por lo que hacen, sino por la sensación permanente de no estar haciendo lo suficiente.  El cansancio se vive como un desajuste personal”. La exigencia no se  detiene con el reposo, porque siempre queda algo por optimizar, incluso  eso mismo: el ocio. 

El  sujeto optimizado internaliza el mandato de rendimiento hasta  convertirlo en criterio de valor personal. Cada día se evalúa en  términos de logro, foco, productividad emocional. Han describe este  proceso como una mutación del conflicto psíquico: “La violencia ya no se  ejerce contra el sujeto, sino a través de él. El fracaso no genera  rebelión, genera depresión. Este modelo produce una forma particular de  cansancio. No se trata solo de fatiga física o mental, sino de un  agotamiento existencial que no encuentra pausa legítima”.  Investigaciones del European Journal of Social Psychology  señalan que la cultura del rendimiento continuo reduce la capacidad de  experimentar el descanso como un derecho, y lo transforma en un recurso  funcional para rendir mejor después. Descansar deja de ser un fin y se convierte en medio.

En  este contexto, el fracaso pierde su dimensión colectiva o estructural.  No rendir se interpreta como una falla individual, una mala  administración del tiempo, de la energía, de las emociones. “Cuando la  vida se concibe como un proyecto de auto gestión, la responsabilidad por  el sufrimiento se privatiza y se separa de las condiciones sociales que  lo producen. El sujeto queda solo frente a su desempeño”, señala Rose. 

La consecuencia más inquietante de este proceso es la erosión del derecho a la improductividad. El error, la duda, el cansancio, incluso el malestar, pierden legitimidad. Todo estado debe justificar su utilidad o su potencial de mejora. La opacidad se vuelve sospechosa. La pausa, improductiva. 

La  paradoja se torna evidente. Cuanto más se promete bienestar, más se  intensifica la exigencia. “Sin horarios, sin feriados, sin instancia  clara de cierre -señala Han-. Vivir bien, en este marco, deja de ser una  experiencia deseable y se transforma en una tarea interminable”. 

El conflicto político del bienestar

La  expansión del ideal de la vida optimizada no constituye sólo un  fenómeno cultural o tecnológico. Plantea, en un nivel más profundo, un  conflicto político porque redefine, casi sin discusión, qué se entiende  hoy por una vida valiosa. 

Las  ciencias sociales advierten que este desplazamiento no es neutro. Investigaciones del Institute for Health Metrics and Evaluation muestran  que los indicadores de bienestar utilizados en políticas públicas y  entornos corporativos tienden a privilegiar variables medibles,  cuantificables y comparables, relegando dimensiones cualitativas como el  sentido, el vínculo o la experiencia subjetiva del tiempo. Aquello que  no entra en el gráfico queda fuera de la conversación porque resulta  difícil de traducir en datos. 

El  problema no reside en la tecnología, sino en su hegemonía como criterio  de vida buena. Han lo formula con claridad: “La sociedad del rendimiento  no tolera lo inútil, lo improductivo, lo que no conduce a un resultado. Pero justamente allí se juega una parte esencial de la experiencia humana. La optimización permanente achica el margen para aquello que no puede evaluarse sin traicionarse”. 

Rose  subraya que la pregunta por el bienestar siempre implica una disputa  por la autoridad: “Definir qué es vivir bien supone decidir quién tiene  derecho a establecer los criterios, con qué fines y bajo qué valores.  Cuando esos criterios quedan en manos de sistemas técnicos, el debate se  vuelve silencioso, pero no menos decisivo. El estándar se naturaliza.  La comparación se impone. La desviación se patologiza”. 

“Muchas  formas actuales de malestar están vinculadas a esta lógica excluyente  -observa Ortiz-. Cuando las personas sienten que no encajan en el ideal  de funcionamiento esperado, el sufrimiento se intensifica. El bienestar,  paradójicamente, se vuelve una fuente adicional de angustia”. 

Des-optimizar  la vida no implica rechazar la medición ni idealizar el desorden.  Supone recuperar la posibilidad de zonas no ajustables. Espacios  donde el error no sea déficit, el cansancio no sea culpa y el tiempo no  deba justificar su utilidad. Supone aceptar que hay dimensiones de la  existencia que se empobrecen cuando se las somete a evaluación  constante. 

Tal vez el desafío no  consista en vivir mejor según métricas cada vez más precisas, sino en  sostener la pregunta por el bienestar como un terreno abierto,  conflictivo, incluso incómodo. Un interrogante que no se resuelve en un  tablero de control. En un mundo que promete una vida perfectamente  medida, queda resonando una inquietud más profunda: qué estamos  sacrificando cuando confundimos vivir bien con funcionar sin fallas.