El artículo 14 de nuestra Constitución Nacional garantiza el derecho a “enseñar y aprender”. Sin embargo, el sistema educativo actual no cumple con esta promesa.
Por Dulcinea Etchebarne (*), en diario La Nación
Lejos de brindar igualdad de oportunidades y ser un medio de movilidad social, reproduce desigualdades profundas y no responde a las urgencias de una sociedad que cambia más rápido que sus escuelas. Los datos son elocuentes: según las evaluaciones Aprender más recientes, apenas el 14,2% de los estudiantes de secundaria alcanza un nivel satisfactorio en Matemática, y casi la mitad de los alumnos de tercer grado no comprende textos al nivel esperado.
HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE DIARIO PANORAMA Y ESTAR SIEMPRE INFORMADO
La evidencia es abrumadora: el sistema educativo argentino ya no desarrolla las capacidades básicas que los jóvenes necesitan para construir su futuro. En un mundo que cambia a una velocidad inédita, donde la tecnología redefine industrias y el mercado laboral exige creatividad, autonomía y capacidad de adaptación, mantener un diseño institucional rígido y uniforme, heredado de leyes de comienzos de siglo genera déficits graves de autonomía, libertad y rendición de cuentas es, directamente, condenar a nuestros chicos a quedarse atrás.
Un sistema que no se actualiza termina sofocando el desarrollo individual, desalentando la curiosidad y poniendo obstáculos al aprendizaje de las habilidades socioemocionales necesarias para innovar y prosperar en contextos inciertos. Cada niño nace con un potencial único, el sistema actual, en cambio, trata a todos por igual. Por eso la libertad educativa no es solo un principio institucional ni una consigna ideológica: es una política de desarrollo humano. Es habilitar que escuelas, docentes y familias puedan innovar, elegir y adaptar trayectorias de aprendizaje para que cada estudiante tenga la oportunidad real de desplegar su talento en un mundo cada vez más complejo.
La reforma educativa impulsada por el Gobierno nacional busca revertir este deterioro mediante un cambio estructural que reorganice las responsabilidades del sistema, devuelva autonomía a las escuelas, amplíe la libertad de las familias y establezca mecanismos reales de evaluación y transparencia. El objetivo es pasar de un modelo rígido, burocrático y homogéneo que asfixia la innovación a uno flexible, abierto y basado en resultados, donde el Estado cumpla su función esencial: garantizar información confiable, financiamiento eficiente y reglas claras, no imponer un único modo de enseñar.
La autonomía, uno de los ejes centrales de la reforma, busca empoderar a directores y docentes para que puedan definir sus propios proyectos pedagógicos, organizar el calendario escolar, elegir los métodos de enseñanza más adecuados y participar en la selección de su equipo docente y directivo. Esta autonomía abre la puerta a instituciones mucho más flexibles, capaces de adaptarse a la enorme diversidad de contextos que existen en un país federal como Argentina. Con más libertad para decidir, se promueven escuelas creativas, dinámicas y diversas, con currículos ajustados a las realidades locales y alineados con las necesidades de cada comunidad.
La participación de la comunidad es otro eje central de la reforma, que reconoce explícitamente a la familia como “agente natural y primario de la educación” y crea consejos de padres con voz en la gestión escolar. Al darle protagonismo a las familias, devolviéndoles un rol activo en la educación de sus hijos, se reconoce que la escuela no lo es todo: los hogares también educan, e involucrarlos puede mejorar la calidad y pertinencia de la enseñanza.
Finalmente, se busca establecer mejores métodos de evaluación y rendición de cuentas mediante la implementación de un nuevo examen de finalización de la secundaria (Examen Nacional de Educación Secundaria – ENES), evaluaciones periódicas del sistema, del desempeño docente y de los resultados escolares. Eso permitiría tener datos claros, comparables y transparentes sobre qué escuelas cumplen con los estándares mínimos, poniendo foco en calidad educativa. Contar con datos precisos es indispensable para asignar recursos de manera eficiente y identificar qué prácticas educativas realmente funcionan.
Estos son cambios de fondo para modernizar la escuela pública, devolver protagonismo a las familias y empoderar a las comunidades escolares. La reforma educativa no es un lujo ideológico: es una urgencia moral y económica. Sin libertad para aprender y enseñar, sin competencia y sin información pública, Argentina seguirá reproduciendo desigualdad y privando a millones de chicos de su derecho más básico: desplegar su potencial.
(*) Coordinadora del área de desarrollo humano en la Fundación Libertad y Progreso.