Bryan Johnson, un empresario tecnológico de 48 años, convirtió su cuerpo en un laboratorio para intentar frenar el envejecimiento mediante ciencia, inteligencia artificial y experimentos médicos.
Desde hace años, Bryan Johnson busca desafiar los límites biológicos de la vida humana. Su objetivo no solo es vivir más tiempo, sino sentar las bases de una existencia prolongada mediante intervenciones y el uso sistemático de ciencia, tecnología e inteligencia artificial, según relató en una entrevista para el canal de YouTube de Theo Von.
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Johnson, de 48 años, sostiene que la clave para “burlar a la muerte” reside en convertir su propio cuerpo en un laboratorio: aplica ciencia de datos, monitoreo extremo de biomarcadores y protocolos experimentales de rejuvenecimiento. Junto a un equipo médico privado especializado, y apoyado por herramientas de inteligencia artificial, lleva un registro de millones de variables, con el fin de revertir el envejecimiento de sus órganos y optimizar cada función vital.
Entre sus pruebas figuraron transfusiones de plasma entre generaciones, reducción de microplásticos, ayuno, dieta vegetal, sesiones de sauna e investigaciones con psilocibina — una sustancia psicoactiva cuyo uso se encuentra bajo estricta regulación o prohibición en varios países —.
El punto de partida para Johnson fue el agotamiento físico y mental sufrido durante la etapa de crecimiento exponencial en Estados Unidos y Silicon Valley. “Pasé una década en depresión crónica; fue tan grave que pensé en acabar con mi vida. Solo mis hijos impidieron que lo hiciera”, confesó en la charla con Von.
Tras vender una compañía tecnológica por USD 100 millones, experimentó un colapso que lo llevó a replantearse el sentido de intercambiar vida por riqueza. Ese tránsito lo condujo a su proyecto actual: transformar su existencia en una apuesta por el “no morir”.
El proyecto “No morir” y los límites de la longevidad

El proyecto No morir permitió a Johnson presentar su visión ante el mundo: “Lo que propongo al mundo es que estamos por primera vez en la historia en condiciones de no morir”. Para él, la humanidad se encontraba ante una frontera tan transformadora como la del descubrimiento de las bacterias.
“A finales del siglo XIX, hablar de gérmenes invisibles parecía absurdo. Ahora, plantear vivir 150, 200 o 1.000 años suena a locura, pero la tecnología nos coloca ante esa posibilidad”, expuso durante la entrevista en el canal de Von.
Consideró que si la humanidad aceptaba dejar de considerar la muerte como destino inevitable, la conducta individual y colectiva debía modificarse de raíz. “Si aceptamos que podemos dejar de morir, la manera de vivir cambia por completo. Ya no tiene sentido destrozar el cuerpo por dinero o asumir que el sufrimiento es el precio del éxito”.
Enfatizó que la apuesta por el “no morir” no era un anhelo individual de inmortalidad, sino una ética colaborativa. “Se trata de cooperar para preservar nuestra existencia, aunque sea solo un día más”.
Ciencia de datos, biomarcadores y experimentación personal

Johnson describió su cuerpo como “el más estudiado de la historia”. Aseguró haber recolectado “1.000.000.000 de datos” sobre sí mismo gracias a la colaboración de su equipo médico especializado y mediante la medición cuantitativa de cada órgano y proceso biológico.
Entre los logros más señalados, Johnson obtuvo una reducción drástica de microplásticos en sangre y semen, logrando descender el indicador en 87%.
Alcanzó este resultado al eliminar casi todo plástico en su vida cotidiana, utilizando exclusivamente acero inoxidable — inclusive reemplazó todos los artículos de contacto habitual y ajustó pequeños detalles, como el material de las toallas en la sauna, para evitar contaminación por poliéster — y sometiéndose a sesiones de sauna seca con temperaturas controladas, acciones respaldadas por estudios técnicos recientes sobre mecanismos de excreción de microplásticos vía sudoración y alimentación.
Realizó transfusiones de plasma con su padre y su hijo en un experimento generacional. “Mi padre experimentó una ralentización biológica equivalente a 25 años menos, al evaluar la metilación de su ADN”, relató Johnson. Al recibir el plasma de su hijo, sin embargo, no detectó cambios destacados en sus propios biomarcadores.
El régimen cotidiano de Johnson incluyó ayuno y una alimentación basada en verduras, frutos secos, semillas, legumbres y aceite de oliva virgen extra (que representaba el 15 % de sus calorías diarias), junto a sesiones controladas con psilocibina.
“El sueño y la disciplina son claves. No consumo nada después del mediodía; apago el teléfono una hora antes de dormir y verifico mi frecuencia cardiaca en reposo como marcador principal de longevidad”. El objetivo fue dormir profundamente y permitir que los mecanismos de reparación corporal actuaran.
Incorporó marcadores poco habituales para el seguimiento de su salud: “El mejor indicador de salud masculina es la duración de las erecciones nocturnas. Incluso supero a mi hijo en este parámetro, lo que revela directamente el bienestar vascular y metabólico”.
Johnson integró inteligencia artificial para detectar tendencias, perfeccionar protocolos y analizar sus propios biomarcadores. Sostuvo que muchas prácticas podían replicarse sin inversión desmesurada: “Cualquiera puede mejorar su vida aplicando estas medidas, no hace falta gastar millones”.
Sociedad, adicción y el desafío del cuidado genuino

Johnson caracterizó la economía y la cultura de su país y del mundo contemporáneo como “una sociedad de morir”. En sus palabras: “la industria de comida rápida, las redes sociales, el vapeo, el alcohol y la pornografía son depredadores que extraen vitalidad para maximizar beneficios”.
Aclaró que no responsabilizaba al individuo: resultaba difícil salir del ciclo cuando todo el sistema estuvo configurado para crear dependencia. Como marco de solución, propuso una reorganización social enfocada en el “cuidado genuino”.
“Uno debería poder esperar un principio de cuidado mutuo. Pero ni las empresas, ni el Estado, ni la mayoría actúan realmente en tu interés. Hay que cambiar la cultura de la ganancia a cualquier precio por una de protección de la existencia”, agregó.
También denunció la escasa flexibilidad legal para quienes quisieran experimentar con terapias innovadoras. “Las leyes nos dejan consumir basura y matarnos lentamente, pero nos prohíben acceder a tratamientos pioneros”, exigió Johnson, quien reclamó mayor autonomía para asumir riesgos personales.
Su meta apuntó a impulsar empresas y comunidades donde el cuidado auténtico prevaleciera, aun si eso implicara pérdidas financieras. Consideró que “se requeriría una revolución ética para transformar el statu quo”.
Rutinas y vínculos: una vida transformada
La intervención sostenida sobre sí mismo impactó de lleno la vida social y existencial de Johnson. Admitió que la principal crítica que recibía era: “Tan ocupado en no morir, se olvida de vivir”. Definió su identidad así: “Me considero un atleta profesional de rejuvenecimiento; así como un deportista cuida su horario y su dieta, yo entreno para la longevidad”.
Reconoció que sus vínculos cambiaron a raíz de su disciplina extrema. Detalló: “ahora, mis amigos se acuestan temprano conmigo, comparten mi meta”. En caso de tener que asistir a un evento nocturno, ajustaba su rutina, aunque sus prioridades continuaban centradas en la salud, incluso si implicaba cierto nivel de aislamiento.
Su relación con la espiritualidad y la inteligencia artificial también marcó su visión. “No me considero ni religioso ni antirreligioso. El derecho a existir debería ser la nueva constitución de nuestra especie”, sostuvo Johnson.
Afirmó percibir la inteligencia artificial como una herramienta necesaria para la supervivencia colectiva. “La IA tiene que servir para maximizar nuestra supervivencia, no solo para lucrar. Mi proyecto es un experimento para integrar la IA en la protección de la vida”.
Sostuvo que, ante el nihilismo social, debía construirse un “nuevo sistema antientrópico”, donde cada avance y cada decisión tecnológica estuvieran al servicio de prolongar la vida.
Para Johnson, el núcleo de su propósito no fue la perpetuidad individual, sino una actitud cooperativa orientada a la existencia extendida: “Hoy nos corresponde prolongar la partida de la vida para que el juego continúe un día más y, quizás, abrir el camino hacia una humanidad en la que la existencia sea el mayor valor”.