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Insomnio y medicación: los riesgos de usar pastillas para dormir por tiempo prolongado

Especialistas advierten que el consumo crónico de benzodiacepinas puede provocar efectos adversos y dependencia.

Hoy 09:26

Dormir mal es uno de los problemas de salud más extendidos en la vida moderna. El estrés, las preocupaciones diarias y el ritmo acelerado hacen que muchas personas lleguen a la noche con la mente hiperactiva. Frente a esa dificultad para conciliar el sueño, una solución frecuente es recurrir a medicación para dormir.

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Entre los fármacos más utilizados se encuentran las benzodiacepinas, un grupo de medicamentos que actúan sobre el sistema nervioso central y que fueron diseñados originalmente para tratar la ansiedad y el insomnio en situaciones puntuales.

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El problema aparece cuando ese recurso ocasional se transforma en un hábito. El uso prolongado de este tipo de medicación puede generar dependencia y, según diversas investigaciones, también se ha asociado con un mayor riesgo de deterioro cognitivo en el largo plazo.

Las benzodiacepinas pueden ser útiles en determinados contextos y bajo supervisión médica. Sin embargo, no fueron pensadas como una solución permanente para el sueño.

Con el tiempo, el organismo desarrolla tolerancia a sus efectos, lo que lleva a que muchas personas necesiten aumentar la dosis para lograr el mismo resultado. Este mecanismo puede favorecer una dependencia progresiva.

Además, el uso prolongado se ha relacionado en algunos estudios con alteraciones en la memoria, dificultades de concentración y mayor riesgo de deterioro cognitivo en la edad adulta y en la vejez.

Por eso, desde la psiquiatría se insiste en que el tratamiento del insomnio no debería centrarse exclusivamente en la medicación.

Uno de los factores más frecuentes detrás del insomnio no está en el cuerpo, sino en la mente: llevarse las preocupaciones a la cama.

Cuando una persona se acuesta pensando en problemas laborales, conflictos personales o tareas pendientes, el cerebro se mantiene en estado de alerta. Esto activa el sistema de estrés y eleva el cortisol, una hormona que dificulta la conciliación del sueño.

En ese contexto, la cama deja de ser un espacio asociado al descanso y se transforma en un lugar de rumiación mental. El resultado suele ser un círculo difícil de romper: cuanto más se intenta dormir, más difícil se vuelve.

El sueño cumple una función fundamental en el equilibrio del cerebro. Durante la noche se consolidan recuerdos, se regulan las emociones y se recupera el organismo.

Cuando el descanso es insuficiente o de mala calidad, pueden aparecer múltiples consecuencias:

  • mayor riesgo de ansiedad y depresión
  • alteraciones hormonales
  • aumento de peso y cambios en el metabolismo
  • mayor riesgo cardiovascular
  • deterioro cognitivo en el largo plazo

Por eso, cada vez más especialistas coinciden en que mejorar el sueño no depende solo de un fármaco, sino de un enfoque más amplio que incluya hábitos saludables, manejo del estrés y una adecuada higiene del sueño.

La medicación puede tener un lugar en determinados momentos, pero no debería convertirse en la única respuesta frente al insomnio. El verdadero desafío es recuperar una relación más saludable con el descanso y entender que dormir bien es uno de los pilares de la salud mental.

(*) La Dra. María Luciana Ojeda (M.P. 07.257) es médica especialista en Psiquiatría. Diplomada en Adicciones, con formación en Terapia Dialéctico-Comportamental y abordaje cognitivo integrativo. Fellow en Demencias y Enfermedad de Alzheimer.