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Opinión y Actualidad

La salud, en su laberinto

La salud quebrada impone un llamado a despertar y a reconstruir críticamente lo devastado, sabiendo que desgarro no es herida.

Hoy 04:41

Por Ignacio Katz, en diario Clarín
La fragmentación sanitaria hace tiempo dejó de ser un mero defecto de un sistema perfectible, para ser una forma de poder que invierte la finalidad de la atención sanitaria, convirtiéndose en un entramado de intereses, rutinas, incentivos y miedos que se alimenta del desorden y lo reproduce. En este laberinto sanitario el minotauro no es una persona, sino una lógica: la fragmentación convertida en poder. No devora cuerpos —al menos no de modo directo—, sino recursos, sentido y confianza social.

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El minotauro adopta varias máscaras: la lógica mercantil desregulada, cuando la rentabilidad sustituye al cuidado y la salud deja de ser bien común para volverse mercancía; la burocracia autorreferencial, que sobrevive a fuerza de trámites, compartimentos estancos y obediencias automáticas; la ignorancia organizada, cuando se decide sin comprender la complejidad del sistema que se gobierna; la irresponsabilidad distribuida, donde nadie es plenamente responsable porque todos lo son un poco; y la falsa idea de sistema, que hace creer que existe una unidad cuando sólo hay yuxtaposición. O, para ser más precisos, membra disiecta, término latino que significa «miembros dispersos», y que se utiliza para designar las partes de un todo arrancadas de su orden orgánico original.

El minotauro vive del laberinto: cuanto más opaco, fragmentado y caótico, más fuerte se vuelve. Por eso no le teme a las crisis; las necesita. También el minotauro se alimenta de nuestros aplausos acríticos, de la resignación técnica, del “no se puede”, del “siempre fue así”. El minotauro es el pensamiento simplificador intentando gobernar un sistema complejo; o la incapacidad estratégica para construir gobernabilidad donde sólo hay administración del conflicto.

¿Cómo salir de esta anestesia adaptativa que se ha vuelto paralizante? Una anestesia cuyos efectos —la insensibilidad, la anulación de la conciencia y el bloqueo de la responsabilidad— terminan por invertir los valores: se premia la mediocridad como modo de castigar el talento. La salud quebrada impone un llamado a despertar y a reconstruir críticamente lo devastado, sabiendo que desgarro no es herida: es disiecta membra, lo desmembrado. No se sale del caos con proclamas, sino con propuestas elaboradas a partir de criterios y dispositivos que el desarrollo científico-tecnológico hoy nos brinda. Del laberinto sanitario no se sale: se lo transforma. Y al minotauro no se lo mata: tenemos que dejar de alimentarlo.

Para avanzar en este camino, merece plantearse: ¿quiénes cumplen hoy con el rol de salubristas? Entendiendo que el salubrismo pretende la mejora de la salud colectiva mediante la puesta en marcha de intervenciones esencialmente colectivas y con la creación, desarrollo y ajuste de diversos sistemas sociales que interactúan para lograr la mejora de la salud y su distribución con valores de justicia y equidad.

En este punto, Estado y Mercado deben ser conjugados y complementados con una Comunidad activa, demandante y participativa, a la vez que solidaria y comprometida con un horizonte que exceda las individualidades. Se deben transformar conductas y culturas, más que leyes y organigramas. Revertir la democracia anestesiada donde la disciplina sustituye el debate y el miedo y la mediocridad impiden la reflexión y la autocrítica.

Debemos reconocer dicha distorsión y encarar un rumbo de transformación con determinación política, conocimiento científico, y gobernanza responsable. Sólo así se podrá elaborar el diagrama de una Genuina Salud Pública Argentina.